La primera vez con la nueva vecina
Lucas tenía veinticuatro años, pellejo de pibe recién salido de casa de sus padres, un sueldo de auxiliar de farmacia y una vergüenza que le pesaba más que el peso del cuerpo. Había tenido relaciones —unas cuantas, sí— pero siempre en la oscuridad, con luces apagadas, con la ropa bien puesta, con un ritmo rápido y un final precipitado. Nunca había sentido el cuerpo de una mujer como algo real, como algo que se podía tocar, oler, saborear. Hasta que se mudó la nueva vecina.
Se llamaba Valeria. Treinta y dos. Divorciada. Dos hijos pequeños que Lucas veía pocas veces, siempre con sus abuelos. Valeria tenía una risa que se le escapaba por los codos y una forma de caminar que le hacía mover las caderas como si estuviera garchando todo el tiempo sin darse cuenta. Lucas la vio por primera vez cuando la ayudó a cargar dos cajas de ropa vieja hasta el segundo piso. Ella, con una camiseta blanca pegada al sudor y un short negro que le marcaba el culo como si lo hubiera pintado con un pincel grueso, le dijo: —Mirá, gracias, pibe. No te acostumbrés a hacerme el caballero, que después me cuesta pagarte con algo más que mate cocido.
Él se sonrojó como una piba de quince años. Pero le gustó. Le gustó mucho.
Pasaron los días. Valeria lo invitó a tomar un vino en su terraza, una noche en la que el calor no daba tregua. El sol se había ido, pero el concreto aún sudaba calor residual, y el aire olía a cloro y a jazmín. Ella llevaba una minivestido verde oscuro, sin sujetador, y Lucas notó cómo se le ponía duro solo por mirarla sentada frente a él, con las piernas cruzadas pero no demasiado, dejando entrever la curva de su muslo, la suavidad de su piel.
—Decime, Lucas —le dijo ella, tomando un trago de vino y clavándole la mirada—. ¿No me sentís rara?
—¿Rara? —musitó él, nervioso—. No. Es solo que… vos sos muy…
—¿Sí? ¿Muy qué?
—Muy viva.
Ella se rió, una risa baja, gutural, que le hizo estremecer la tripa. —Bueno. Y vos sos muy callado, ¿no? Como si estuvieras esperando que te caiga un rayo o algo.
—Tal vez esté esperando eso.
—¿Un rayo? —se inclinó hacia adelante, y Lucas sintió un zumbido en los oídos—. Un rayo no es tan suave como lo que puedo hacer con vos si me lo dejás.
Lucas tragó saliva. Le costó, pero le salió un sí. Fue apenas un sonido, casi un susurro, pero Valeria lo oyó. Y sonrió.
Bajaron las escaleras de su departamento, se sentaron en el auto de ella —un viejo Renault Mégane color arena— y se fueron a su casa. No dijeron nada hasta que cruzaron la puerta. Entonces ella se giró, lo miró con los ojos medio cerrados, y le dijo: —Después de todo, el vino te cayó bien.
—No es el vino —respondió él, con la voz ronca.
Ella se acercó. Tanto que su pecho rozó el de Lucas, y sintió el calor de sus senos a través de la tela del vestido. Le acarició la barbilla con los dedos, lentamente, como si estuviera acariciando una promesa. —Vamos a ver si sos tan valiente como parecés, ¿sí?
Lo empujó suavemente contra la puerta. Con la otra mano, le desabrochó la camisa, botón a botón, con lentitud, como si cada uno fuera un beso. Cuando la camisa cayó al suelo, Valeria le pasó las palmas por el pecho, sintió los pezones duros, los latidos acelerados. —Sos hermoso así —murmuró—. Todo tenso, todo vivo.
Lo besó. No con timidez, sino con hambre. Con la boca abierta, la lengua entrando, explorando, dominando. Lucas le puso las manos en la cintura, deslizó los pulgares por debajo del vestido, rozó el borde de su slip de algodón. Ella gimió, apenas, pero suficiente para que él sintiera un calor en la entrepierna que lo hizo temblar.
—Quiero verte —dijo Valeria, apartándose un poco—. Quiero verte sin ropa.
Él la ayudó a quitarse el vestido. Lo deslizó por sus hombros, por sus brazos, hasta que quedó tirado en el piso. Y ahí la tuvo frente a él, desnuda bajo la luz tenue del pasillo: senos redondos, pezones oscuros, abdomen plano, y entre las piernas, la concha pelada, húmeda ya, con los labios ligeramente abiertos como si la estuviera esperando.
Lucas se arrodilló. No dudó. Se quitó la camisa, los pantalones, la ropa interior, y se puso de rodillas frente a ella, entre sus muslos. La miró. Le separó los labios con los dedos, descubrió el capuchón del clítoris, ya hinchado, ya listo.
—Decime si te gusta —le dijo ella, con la voz ya temblorosa.
—Me encanta —respondió él, y le metió la lengua.
Valeria gritó. Un grito corto, agudo, de pura sorpresa. Lucas sonrió contra su piel y volvió a hacerlo, más fuerte, más hondo. Lamió su concha con devoción, pasó la punta de la lengua por el clítoris, lo chupó suavemente, lo apretó con los dedos. Ella se agitó, se arqueó, le metió los dedos en el pelo, lo llamó por su nombre como si estuviera rezando.
—Sí, sí, pibe… así… no pare… garchame bien…
Él le abrió más las piernas, se metió dos dedos en la entraña, moviéndolos con ritmo, estirando su tersura, sintiendo cómo se apretaba alrededor, cómo la humedad lo inundaba. Ella jadeaba, se mordía el labio, y cuando Lucas volvió a chuparle el clítoris, con fuerza, con la boca sellada contra su piel, Valeria se vino.
Un segundo de silencio. Un grito sofocado. Y luego su cuerpo temblando, sus musculos apretándose, su concha palpitando alrededor de sus dedos.
—Ahora… ahora querés vos… —le dijo, agitada, jadeante.
Lucas se levantó. Se quitó el under, que ya estaba húmedo de su propia verga dura, y la tomó de la mano. La llevó a la cama, la dejó acostada, y se puso entre sus piernas. Le separó los labios con una mano, con la otra se frotó el pene contra su vientre, humedeciéndolo con su propia pre-cum, y luego lo alineó con su entrada.
—¿Estás segura? —le preguntó, con la voz rota.
—Estoy más que segura —respondió ella—. Pero si no metés bien la pija, te pego una patada en los huevos.
Él se rió. Y se metió.
La punta la rozó, la empujó, y luego, con un movimiento suave, la entró todo. Valeria soltó un grito. No de dolor, sino de sorpresa, de placer. Lucas sintió su cuerpo cerrarse alrededor de su verga, apretándola, calentándola, húmeda, viva.
—Dios, cómo me la garchás… —susurró ella, con los ojos cerrados, con las uñas clavadas en sus espaldas.
Lucas empezó a moverse. Poco a poco. Con calma. Hasta que ella le pidió más. Le pidió que la cogiera fuerte, que la empujara hasta el fondo, que la hiciera gritar otra vez. Él obedeció. Le clavó las manos en las caderas, la levantó un poco, y comenzó a follarla con ritmo, con fuerza, con hambre. Su concha chupaba su verga, su cuerpo se movía con él, sus pechos rebotaban con cada embestida.
—Sí, sí, así… vos sabés lo que me gusta… —decía ella, con la voz rota por el placer—. Me tenés loca, pibe…
Lucas sintió que se venía. Que no iba a aguantar más. Se inclinó sobre ella, le atrapó un pezón entre los dedos, y se metió hasta el fondo. Valeria lo sintió temblar, lo sintió latir dentro de ella, y cuando él se vino, con un grito ahogado contra su cuello, Valeria lo volvió a hacer.
La siguiente orgía vino con un segundo impulso, más lento, más profundo. Lucas la cogió de pie, con ella apoyada en la pared, una pierna levantada sobre su hombro, y la follaron hasta que sus voces se mezclaron con el sonido del aire, del sudor, del cuerpo que se entrega.
Después, con los cuerpos sudados, los labios hinchados, las manos tem
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