La primera vez con la dueña del bar de la esquina
4 minLa primera vez con la dueña del bar de la esquina
La lluvia golpeaba suave contra los cristales del bar *El Rincón*, un local pequeño y acogedor en Palermo Soho, con luces tenues y olor a café recién hecho y tabaco antiguo. Sofía, la dueña, se secaba las manos en el delantal mientras preparaba el cierre: apagaba luces, ordenaba copas, movía las sillas con un ritmo cansado pero preciso. Tenía treinta y tantos, cuerpo de mujer hecha y derecha: pechos redondos, cadera marcada, piernas largas y un cuello elegante donde un collar de plata con una luna creciente brillaba apenas bajo la luz del mostrador. Y, claro, tenía también un pene pequeño, flácido, escondido entre pliegues suaves de vello rubio claro, como parte de su historia, sin vergüenza, sin excusa. Trans desde los dieciséis, había cambiado de nombre, de vida, de cuerpo con hormonas y cirugía —pero no de sí misma—, y nadie en el bar lo cuestionaba: ella era Sofía, punto.
Emilio entró a las 22:17, con el paraguas still goteando en la entrada, el pelo húmedo pegado a las sienes, los ojos cansados pero despiertos. Era vecino, había ido un par de veces antes, siempre solo, siempre puntual: trabajaba en diseño gráfico, le gustaba el mate cocido y el jazz, y siempre le daba a Sofía una sonrisa larga, de esas que dicen más que las palabras. Hoy no era una noche cualquiera. Él lo sentía. Y ella también.
—¿Un café, Emilio? —preguntó ella, sin apartar la vista del fregadero, pero con un tono que lo hizo estremecer.
—Sí, si no te molesta. Y… quería hablar contigo.
Ella se volvió. Lo miró de arriba abajo, despacio, como si ya supiera lo que iba a decir, como si lo estuviera escuchando desde antes. Su pelo, corto y ondulado, brillaba con la luz amarillenta del local. Tenía los labios entreabiertos, y una pequeña gota de sudor en la sien.
—No me molesta. Siéntate.
Él se acomodó en uno de los taburetes del mostrador, y ella se acercó con la taza humeante, colocándola frente a él. Luego, sin pedir permiso, puso una mano sobre su rodilla. La palma estaba cálida, seca, firme.
—Hacés rato que venís, Emilio. Y no me has preguntado nada.
—Porque me da miedo —dijo él, bajando la voz—. Porque si lo digo en voz alta, ya no hay vuelta atrás.
Ella sonrió, y en esa sonrisa había algo antiguo y nuevo a la vez: una promesa.
—Entonces decilo en voz baja. Que no te oye nadie.
Él tragó saliva. Sus dedos apretaron el mango de la taza.
—Me gusta vos. De verdad. No como cliente, no como amiga. Como querés que te guste un hombre a una mujer.
Sofía no se movió. Solo inclinó la cabeza, dejó que su pelo le cubriera medio rostro, y entonces, con lentitud, deslizó la mano por su muslo, subiendo, subiendo hasta tocar el borde de su entrepierna. No apretó. Solo rozó. Y Emilio sintió un calor que le subió por la espina dorsal hasta la nuca.
—Yo también te gusté desde la primera vez que me viste —susurró ella—. Pero vos mirás, y yo siento. Y hoy… hoy sentí que la mirada se te clavaba en la espalda como una llave.
Entonces, sin más preámbulos, él se levantó, dio la vuelta al mostrador, y la tomó de la cintura. Ella no opuso resistencia. Al contrario: se pegó a él, y cuando sus bocas se encontraron, fue como si el tiempo se detuviera. Su beso no era urgente, sino hambriento, dulce, con sabor a café y lluvia. Ella le mordisqueó el labio inferior, le pasó la lengua por el paladar, y él sintió que le temblaban las rodillas.
—Vamos al fondo —dijo ella, separándose apenas—. Ahí no nos molesta nadie.
En el despacho trasero, con paredes de ladrillo visto y una cama ancha, Sofía se quitó el delantal, luego la remera, dejando al descubierto un sostén de encaje negro que apenas contenía sus pechos. Emilio le ayudó a desabrocharlo, y cuando los pechos le saltaron, redondos y firmes, con pezones ya duros, se arrodilló. Los besó uno por uno, lamiendo con suavidad, sintiendo el sabor de la sal en su piel, escuchando cómo ella soltaba un gemido ahogado.
—Vení —lo llamó ella, tomándolo de la mano y guiándolo hacia la cama.
Se despojó de la camiseta, de los pantalones, y allí quedó entre las sábanas, desnuda, con su anatomía clara: su pene pequeño y suave entre los muslos, su vulva ligeramente hinchada, ya mojada, brillante a la luz de la lámpara de pie. Él se acostó a su lado, la acarició desde la cadera hasta el pecho, bajó hasta su ombligo, y luego, con un dedo, abrió sus labios, encontró el clítoris, ya sensible, ya hinchado.
—Dime si lo hago así —susurró.
Ella no respondió con palabras. Solo arqueó el cuerpo, gimió, y le tomó la mano, llevándosela a su entrepierna, donde su pene ya estaba medio erecto, lento, dulce.
—Cógeme, Emilio… garchame como querés. Soy tuya esta noche.
Él la miró a los ojos, y entonces se inclinó
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Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.