La noche que mi vecina me pidió que le cogiera en el baño
10 minLa noche que mi vecina me pidió que le cogiera en el baño
La primera vez que noté que algo había cambiado entre nosotros fue un miércoles a las 7:13 de la mañana, cuando abrió su puerta con una taza de café humeante en la mano y una sonrisa que no era del todo amable, ni del todo inocente. Llevaba el cabello suelto, largo y oscuro, con mechas rubias que el sol de junio ya empezaba a aclarar. El camisón que llevaba —uno de algodón blanco, sin mangas— le quedaba justo por encima de las caderas, dejando al descubierto la curva suave de su espalda baja y la línea oscura que marcaba el inicio de su bikini. No dijo nada al principio, solo me miró mientras yo ajustaba la correa de mi mochila. Yo había estado viéndola desde hacía meses, claro: era mi vecina del piso de arriba, Elena, divorciada, psicóloga, madre soltera de una niña de ocho años que siempre iba con mochila de dinosaurios. Pero aquella mañana fue distinta. Fue la primera vez que no bajó la mirada cuando la cruzamos en el pasillo.
Elena y yo no habíamos tenido nunca una conversación que durara más de tres frases. “Buenos días”, “¿Ha visto a mi perro?”, “La basura hoy es jueves”, “¡Qué lindo día!”, “Sí, sí, hasta luego”. Todo muy cortés, muy distante, como si el solo hecho de vivir en el mismo edificio nos obligara a una cordialidad forzada, pero sin más. Sin embargo, esa mañana, mientras yo me disponía a subir las escaleras hacia mi departamento, ella me detuvo con una voz suave, casi tímida:
—¿Te importa si te pido un favor?
Me detuve. El aire del pasillo, tibio ya por la luz del sol que entraba por el hueco de la escalera, pareció hacerse más espeso. Ella apretó la taza entre las manos, como si necesitara calor, aunque el café ya debía estar tibio.
—Es solo que… —dijo, y se mordió el labio inferior un instante—. ¿Podrías ayudarme a bajar un mueble esta noche? Mi ex… no va a venir a ayudarme. Y no tengo nadie más.
—Claro —dije, sin dudar—. A qué hora.
—¿Las ocho? —preguntó, como si temiera que la respuesta fuera un no—. Puedo preparar algo de comer.
Y sin esperar otra respuesta, me sonrió —esa sonrisa distinta— y desapareció detrás de su puerta, dejando en el aire un rastro de perfume que no conocía: algo a vainilla, a madera oscura y a algo más, algo que no sabía nombrar pero que me hizo sentir una punzada en el estómago.
***
La noche llegó rápido. A las 7:55 ya estaba en el piso de arriba, con una botella de vino en la mano, un tanto nervioso. La puerta se abrió antes de que pudiera tocar. Elena me esperaba con una toalla en el hombro, el cabello aún húmedo, suelto, y una bata blanca que apenas llegaba a la mitad de sus muslos. Llevaba los pies descalzos, las uñas de los pies pintadas de un rojo oscuro, casi bermellón.
—Entra —dijo—. El mueble está ahí afuera, pero primero, sentémonos un rato.
El departamento era minimalista, claro, como su estilo: madera clara, muebles bajos, una biblioteca baja pero profunda, y en el centro, un sofá grande, gris, con cojines que parecían hechos para hundirse. En el suelo, junto a la ventana, una lámpara de pie proyectaba una luz cálida que se extendía como miel derretida por el suelo.
—Vino blanco —dijo, sirviendo dos copas—. De la región de Rueda. ¿Te parece bien?
—Me parece perfecto —respondí, tomando la copa con ambas manos, como si necesitara ese gesto para no temblar.
Estuvimos hablando de todo y de nada. De su hija, que quería aprender a tocar el piano. De un perro que había muerto el año anterior, un golden retriever que se llamaba Max. De la ciudad, de cómo había cambiado en los últimos años, de cómo ya no había nadie en las calles a las diez de la noche. No hablamos de su ex. No hablamos de mí. Pero cada vez que sus ojos se encontraban con los míos —ocho veces, diez veces, no conté—, el silencio entre frases se volvía más denso, más cargado. Y yo sentía, cada vez más claro, que no estaba allí por el mueble.
A las 9:30, dejamos las copas vacías sobre la mesa baja y nos levantamos al unísono. Elena caminó hacia la puerta del balcón, la abrió, y la luz de la ciudad entró como un río de plata. El aire fresco entró con ella, con el perfume de la noche y con algo más: la promesa de algo que aún no había empezado.
—Ahora vamos con el mueble —dijo, y por primera vez, su voz sonó firme, decidida.
Y entonces, antes de que pudiera seguir, se giró, me miró directamente, y con una lentitud que me heló la sangre, se quitó la bata.
No fue una muestra de audacia, ni una provocación calculada. Fue un movimiento suave, natural, casi mecánico, como si se estuviera quitando una capa de ropa innecesaria. La bata resbaló por sus hombros, bajó por sus brazos, y cayó al suelo, sin ruido. Detrás, llevaba un bikini de encaje negro, con la parte de arriba en forma de copa suave que dejaba entrever la curvatura de sus pechos, sin apretar, sin forzar. Su vientre era plano, con una línea suave que bajaba hacia el triángulo oscuro de su pubis. Sus piernas, largas, tensas, con una suavidad que solo la edad y la vida bien vivida pueden dar: ni demasiado delgadas, ni demasiado carnosas. Solo perfectas.
—No es un mueble —dijo, y por primera vez, su voz tembló un poco—. Es solo una excusa.
Me acerqué a ella lentamente, como si temiera que un movimiento brusco hiciera desaparecer el momento. Mis manos se elevaron solas, sin pensar, y se posaron sobre sus caderas. La tela del bikini estaba tibia, húmeda de su piel. Su respiración se aceleró. Yo la sentí estremecerse, aunque no la había tocado aún.
—Elena —dije, y su nombre sonó como una plegaria.
Ella no respondió con palabras. Se acercó, puso sus manos sobre mis hombros, y con los pulgares, trazó un círculo lento en la base de mi cuello. Su dedo izquierdo se deslizó hacia atrás, rozando la curva de mi oreja, y luego bajó por mi mandíbula, hasta detenerse en la base de mi cuello. Su respiración se mezclaba con la mía, cálida, húmeda, intensa.
—Tú sabes por qué estoy aquí —susurró.
No respondí. Me incliné y besé su cuello, justo donde su pulso latía más fuerte. Ella gimió —un sonido bajo, gutural—, y apretó sus dedos contra mi piel. Entonces, con una suavidad que me hizo temblar, me empujó hacia atrás, hacia el sofá.
—No aquí —dijo—. Vamos al baño.
***
El baño era amplio, de mármol blanco con vetas grises, con una ducha grande de cristal esmerilado y una bañera profunda, redonda, con grifería dorada. La luz era tenue, apenas una lámpara de pared que proyectaba una sombra suave sobre el espejo. Elena se quitó el bikini sin mirarme, con una calma que me hipnotizaba. Se detuvo frente al espejo, y por un instante, se miró a sí misma: sus pechos, su vientre, sus muslos. Luego, se volvió hacia mí.
—Quiero que me veas —dijo—. No como una vecina. No como una desconocida. Como una mujer que quiere ser vista.
Me desabroché la camisa lentamente, con la intención de prolongar el momento. Ella me observaba, sin apartar la mirada, mientras deshacía cada botón, como si cada uno fuera una promesa. Cuando ya no llevaba nada encima, me acerqué a ella, y esta vez, fui yo quien besó su cuello, su hombro, la curva de su seno. Ella me tomó de la mano y me llevó hacia la bañera.
—Siéntate —dijo.
Lo hice. Ella se arrodilló frente a mí, y con una lentitud que me hacía sudar, me desabrochó el cinturón, bajó la cremallera de mis pantalones, y me sacó el pene con una mano suave, como si fuera algo valioso, algo que no debía romperse. Me miró, y por primera vez, sus ojos no eran tímidos ni titubeantes. Eran claros, directos, húmedos. Me tomó con ambas manos, y me acarició lentamente, desde la base hasta la cabeza, con una presión justa, con una ternura que me hizo cerrar los ojos y apretar los puños.
—Eres grande —susurró—. Pero no tienes miedo.
No respondí. Solo la miré, y vi cómo se inclinaba, cómo su boca se abría, cómo su lengua rozaba mi glande, cálida y húmeda. Su mano subía y bajaba al ritmo de su boca, y yo sentí que me deshacía, que me desmoronaba, que no era más que un hilo tenso que se iba estirando hasta el límite. Entonces, se levantó, y me dijo:
—Dame la mano.
Me levanté. Me tomó de la mano y me condujo hasta la ducha. El agua estaba templada, cálida. Ella se quitó la última prenda: una pequeña tanga de encaje negro, que se deslizó por sus muslos como una hoja de seda. Bajo el agua, su piel brillaba, y el vapor subía en espirales lentas hacia el techo. Ella se giró, puso sus manos sobre el vidrio esmerilado, y se inclinó un poco, mostrándome su espalda, sus nalgas redondeadas, la curva de su cadera, y entre ellas, su vagina, cerrada, oscura, perfecta.
—Quiero que entres —dijo, sin girarse—. Quiero que me cogas como no he dejado que nadie lo haga en años.
No necesité más. Me acerqué, puse mis manos sobre sus caderas, y con la punta de mi pene, busqué su entrada. Ella jadeó, apretó los muslos un instante, y luego, con un movimiento suave, bajó su cuerpo, permitiéndome entrar. La sensación fue intensa, inmediata: su calor, su tight, su humedad que me envolvía como una manta. Me detuve. Ella se giró entonces, me miró a los ojos, y me dijo:
—Sigue.
Y yo comencé a moverme. Lento, al principio, como si temiera romper algo. Pero ella me pedía más, con las manos en mis hombros, con sus caderas que buscaban el ritmo, con su cabeza ligeramente hacia atrás, la boca entreabierta, los ojos cerrados. Sus pechos se movían con cada embestida, suavemente, como hojas al viento. Yo la sentía todo: su respiración entrecortada, sus gemidos bajos, su piel sudada, su cuerpo que se estremecía con cada golpe. Y luego, sin previo aviso, ella se desplomó hacia adelante, apoyando sus brazos en el vidrio, y me dijo, entre jadeos:
—Más fuerte.
Lo hice. Y entonces, ella se giró, me tomó de la barba, me besó en la boca, y me susurró al oído:
—Quiero que me llenes. Quiero sentir tu semen dentro de mí. Quiero que me hagas olvidar quién soy.
Y entonces, sin más, se arrodilló ante mí, me tomó la cabeza entre sus manos, y me besó con una intensidad que me hizo temblar. Su lengua entró en mi boca, cálida, húmeda, sabrosa. Y mientras nos besábamos, yo la cogí más fuerte, con las manos en sus caderas, con las uñas hundidas en su piel, y ella me pidió:
—Más.
Y yo le di todo.
La sentí temblar, y entonces, con un grito ahogado, ella se estremeció, y su vagina se contrajo alrededor de mí, apretándome, masajeándome, como si quisiera retenerme para siempre. Y entonces, yo me rendí. Sentí el calor de mi semen subir por mi cuerpo, y lo dejé salir, hundiéndome en ella hasta el fondo, con un gemido que no pude contener.
Elena se desplomó sobre mis rodillas, con la cabeza apoyada en mi pecho, respirando con dificultad. Yo la abracé, la sentí tibia, húmeda, viva.
—Gracias —susurró.
—Por qué —pregunté.
Ella se giró, me miró con esos ojos claros, y me sonrió.
—Porque hoy, por primera vez en mucho tiempo, me sentí deseada.
***
A la mañana siguiente, cuando salí a comprar pan, la vi en el balcón de su departamento, con una taza en la mano, mirando la ciudad. Me vio, me sonrió, y levantó la mano en un gesto cortés. Yo le devolví el saludo.
No hablamos de lo ocurrido. No necesitábamos hacerlo.
Pero esa noche, cuando volví a subir con una botella de vino y una caja de chocolates, ella me abrió la puerta con el pelo mojado y una sonrisa que ya no era tímida.
—Volviste —dijo.
—Sí —respondí.
—¿Por qué?
—Porque quiero volver a cogerte.
Y entonces, sin más, me tomó de la mano y me arrastró hacia dentro, cerrando la puerta tras de nosotros.
La noche seguía joven, y nosotros, aún más.
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Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.