La noche que mi jefe blanco me garchó en su escritorio con el aire acondicionado a full
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El aire acondicionado chillaba como un gato esterilizado, pero a Renata no le importaba el frío: tenía el cuerpo ardiendo desde que entró al edificio con ese olor a café quemado y jabón de manos de hombre rico. Su jefe —Liam, irlandés de treinta y tantos, ojos azules tan claros que parecían vidrio roto, piel blanca como harina y una barba bien cuidada que le marcaba el mentón como un delineado de lápiz— la había llamado a su oficina con esa sonrisa que decía *algo se viene* pero que Renata, por costumbre, siempre interpretaba como *nada va a pasar*.
—Sentate acá, Renata —le dijo, señalando la silla frente al escritorio, pero con la mirada fija en sus labios, en sus pezones duros ya bajo la camiseta fina.
Renata se sentó, con las piernas juntas, las manos sobre las rodillas, fingiendo seriedad. Pero sabía. Todo el mes habían estado follando con la mirada: cuando pasaba a entregarle informes, cuando se acercaba a preguntarle por el proyecto, cuando le ayudaba a ajustar el micrófono de su notebook. Él le tocaba el hombro con la palma abierta, larga, cálida; ella le rozaba el antebrazo con los dedos al tomarle el café. Y cada vez, un pulso más fuerte, un suspiro contenido, un *cogéme ya pero con un poco de paja en la boca*.
—Tenés los labios bien pintados —dijo Liam, acercándose un poco más, bajando la voz como si alguien más pudiera escucharlos aunque estuviera solo el edificio entero.
—Sí, para vos, pija —respondió Renata, sin vacilar, con esa seguridad que solo da saber que el otro también la quiere.
Él soltó una risa corta, se pasó la mano por el pelo rubio y corto, y de un movimiento fluido la tiró hacia atrás, sobre la silla de cuero negro. Ella cayó con un *uff*, las piernas abiertas, la falda subiéndole hasta la base del culo. Liam se arrodilló entre ellas, sin perder el tiempo, sin pedir permiso porque no lo necesitaba: Renata ya se lo había dado con la mirada, con la postura, con el hecho de no haberse puesto bragas hoy.
—Dame un beso —ordenó, y cuando ella abrió la boca, él le metió la lengua de golpe, húmeda, con sabor a menta y tabaco barato.
Renata le agarró la nuca, lo jaló hacia sí, mordiéndole el labio inferior hasta que sintió el sabor a metal. Él gruñó, bajó la mano por su muslo, se la subió hasta la ingle, y allí, entre su ropa interior de encaje negro y la tela del pantalón, sintió el calor húmedo de su concha, ya abierta, ya pidiendo más.
—Che, vení —le susurró, desabrochándole el cinturón con un solo movimiento, bajando la cremallera del jeans.
Renata lo ayudó, sacó su pene, tieso, grueso, la punta brillante con su pre-cum. Era más grande de lo que parecía, más negro en la base, más pálido arriba, con venas que se le elevaban como raíces bajo la piel. Lo sostuvo con ambas manos, lo frotó contra su clítoris, ya hinchado y sensible como una cereza madura.
—Me lo querés meter todo, ¿no? —le preguntó Liam, mirándola a los ojos mientras con la otra mano le separaba los labios de la concha.
—Todo, pija —dijo Renata, y se llevó el dedo índice a la boca, lo lamió, y se lo metió dentro.
Él se inclinó, le mordió el cuello, le chupó el pulso, y con la otra mano le apretó el pecho, frotando el pezón con el pulgar hasta que ella soltó un quejido agudo, un *carajo* que resonó en el silencio de la oficina.
—Ahora —murmuró Liam, y se posicionó, la punta de su polla rozando su entrada.
Renata arqueó la espalda, abrió las piernas más, y lo sintió entrar: lento, profundo, como si le estuviera rompiendo el cuerpo. Se sintió llena, estirada, llena hasta el fondo, con cada centímetro de su pene metiéndose en su vagina, en su concha, en su hueco que ya lo pedía desde hace rato.
—Mierda, Renata… —gimió Liam, deteniéndose a medio impulso, con la frente pegada a su cuello.
—Cogéme, imbécil —le espetó ella, agarrándole las nalgas y apretando—. Que no te pagué por mirar.
Él reanudó el ritmo, primero lento, luego más fuerte, cada golpe haciendo que su culo rebotara contra el borde del escritorio, con los papeles saltando, con el teclado temblando. Renata le agarraba los glúteos, lo jalaba hacia sí, buscando el punto exacto, el punto donde él le daba en el fondo y le hacía ver estrellas.
—Aí, aí, aí —iba gritando, sin vergüenza, sin cuidado, con la boca abierta, la lengua fuera, el pelo pegado a la frente.
Liam se inclinó, le chupó un pezón, lo mordió, lo succionó, mientras con la otra mano le masajeaba el clítoris en círculos rápidos, con fuerza, con precisión de cirujano. Renata sintió el orgasmo subirle por la columna como una ola negra, como una descarga eléctrica, y explotó con un grito ahogado en su hombro, temblando, con los dedos clavados en la piel de Liam.
—¡Ya! ¡Ya! ¡Me voy! —gritó, y él la sostuvo con fuerza, la miró a los ojos, y se le salió todo adentro, con tres fuertes embestidas finales, soltando un gruñido gutural que sonó como un perro de presa.
Se quedaron así, pegados, sudados, con las respiraciones entrecortadas, con el aire acondicionado haciendo su trabajo de mierda mientras el pene de Liam aún estaba metido dentro de ella, palpitando, cargado de semillas.
—¿Te gustó? —le preguntó Liam, besándole el cuello.
—Te juro que me dolió un poco… pero me encantó —respondió Renata, sonriendo con los ojos cerrados, con la boca aún entreabierta—. Mañana volvés a hacerme esto, ¿sí?
—Sí —dijo Liam, y le volvió a dar un beso, lento, con sabor a sudor y a sexo.
Renata se levantó, se arregló la falda, se puso las medias, y se miró en el espejo del closet: los labios hinchados, los pechos rojos, los ojos brillantes. Sabía que Liam la estaba mirando desde atrás, que tenía el pene medio blando pero aún tieso, que la quería otra vez.
—Oye —le dijo ella, sin voltear—. ¿Me dejás usar tu baño para limpiarme?
—Claro —respondió Liam, y le tiró un pañuelo de papel con la mano—. Y después, si querés… te lo vuelvo a meter.
—Ya te creés el dueño del mundo, ¿no?
—Soy el dueño de tu concha,Renata —dijo él, con una sonrisa pícara—. Y vos sos la dueña de mi polla.
—Entonces vamos a tener que seguir trabajando juntos.
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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.