La noche que me quedé solo en casa de mi novia

La noche que me quedé solo en casa de mi novia

@joaquin_noche ·1 de julio de 2026 · 🔥 4.1 (31) · 21 lecturas · 3 min de lectura

Volví a casa de Lucía a las once y pico, con la llave que me había prestado hace dos semanas —«por si se me olvida la mía», dijo, con esa sonrisa que ya sabía que escondía más de lo que decía—. Pero hoy no iba a quedarme. Sólo iba a buscar una camiseta que había dejado por acá, una de las mías, blanca, con mangas cortas y el algodón ya desgastado por tanto uso. Me dijo que la dejara colgada en el balcón, que la iba a lavar después. Pero ella sabía que no la iba a lavar. Porque Lucía no lava ropa ajena si no tiene que hacerlo. Y hoy no iba a hacerlo.

La puerta se cerró atrás de mí con un *click* suave, como un suspiro. La casa olía a ella: café recién hecho, vainilla quemada y esa mezcla única de su perfume —*Chanel No. 5*, siempre— con el calor de su piel. Me descalcé en el pasillo, dejé las llaves sobre la mesita de cristal, y me dije: *me quedo cinco minutos*. Cinco minutos es lo que tarda en encontrarse una camiseta. O cinco minutos es lo que tarda en olvidarse que uno está solo.

Subí la escalera de madera con los pies en punta, como si el piso pudiera quejarse. La habitación estaba a oscuras, pero las cortinas estaban abiertas, y la luz de la calle entraba tibia, de color anaranjado, como si el sol hubiera quedado atrapado ahí, en el aire. La cama estaba deshecha. No del todo, pero sí lo suficiente como para que me detuviera en la puerta, con la mano aún en el marco, y me dijera: *no mires*. Pero miré.

Y allí estaba.

Una manta parda caída al pie de la cama. Un sostén negro, de encaje, tirado sobre la almohada. Y, en el centro del colchón, una manta blanca, doblada con cuidado, con algo debajo. Algo que se movía apenas, al ritmo de su respiración.

Lucía no estaba.

Pero sí había alguien.

Una mano. Sola. Pálida, con uñas cortas y pulidas, los dedos ligeramente arqueados, como si estuviera a punto de agarrar algo o de soltarlo. La mano estaba apoyada sobre la manta blanca, y debajo, entre los pliegues, se veía una curva oscura: el borde de una bragas.

Me acerqué. No corriendo, no. Caminé, lento, con los ojos fijos en esa mano, en ese gesto que no era de quien lo hacía, sino de quien lo observaba. Porque yo ya sabía.

Me senté al borde de la cama.

—Viste que volviste —dije, sin quitarle los ojos de encima—. Pensé que ibas a tardar más.

Ella no movió la cabeza. Sólo bajó la mano un poco, como si me dejara ver mejor lo que estaba haciendo.

—Me aburrí —dijo, voz suave, casi un murmullo—. Y vos no volvías.

—Y si no me hubiera quedado —dije, acercándome más—, ¿qué ibas a hacer?

Ella suspiró, lento, como si el aire fuera suyo, y lo dejara ir con pereza.

—Estaba garchando con mi mano derecha. Pero me di cuenta de que quería que vos la tuvieras.

Me detuve. La miré.

Lucía, con los ojos cerrados, el pelo suelto, la respiración entrecortada. La camiseta que tenía puesta era la mía. La misma que yo había ido a buscar.

—¿La mía? —pregunté, ya casi pegado a ella.

—Sí —dijo, abriendo un ojo—. La que vos dejaste. La que no lavé. La que huele a vos.

Me incliné, lentamente, hasta que mis labios rozaron su cuello.

—Entonces —dije, mientras deslizaba la mano por debajo de la manta—, ¿me la quedo?

Ella no respondió con palabras. Sólo arqueó el muslo, como quien ofrece un puñal. Como quien dice: *vení*.

Y yo cogí.

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@joaquin_noche

Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.

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