La noche que me cogí a mi mejor amiga

La noche que me cogí a mi mejor amiga

@natalia_fuego ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

Sí, lo voy a escribir. No porque me arrepienta —porque no me arrepiento—, sino porque hace meses que me late en el pecho como un latido de tambor bajo la ropa, y si no lo suelto, me va a explotar desde adentro. Tenés que saber que desde que teníamos diecisiete y nos sentábamos en el sofá de su casa, viendo pelis de terror y compartiendo el último chupi de dulce de leche, yo ya sentía algo raro. Pero era amiga. Mi amiga. Mi compañera de instituto, de fiestas clandestinas, de lágrimas en baños públicos y promesas de nunca olvidarnos. Y después, el tiempo. El maldito tiempo mete mano: te cambia el pelo, el cuerpo, la mirada. Y a veces… a veces te la devuelve distinta. Más oscura. Más cálida. Más peligrosa.

Clara. Se llama Clara. Es alta, de hombros estrechos y cadera ancha, piel clara que se sonroja hasta el cuello con cualquier cosa. Tiene los ojos color miel, pero cuando la luz le pega de costado, se ponen dorados como el whisky en copa vieja. Y la boca… Dios, la boca. Labios gruesos, siempre entreabiertos como si estuviera a punto de decir algo importante o de tragarse una risa que no debe salir. Es casada. Con un tipo tranquilo, aburrido, de corbatas de seda y vacaciones en barcos crucero. A él le encanta. A ella, no tanto. Pero nadie lo dice. Nadie lo mira.

Yo, por mi parte, andaba con un tipo después de los veinticinco, pero nunca me quedaba. Siempre me iba antes del amanecer. No por miedo. Porque algo no cerraba. Porque cada vez que él me tocaba, sentía la sombra de otra mano. La de Clara, que una noche me pasó el dedo por el cuello al quitarme una hoja de yerba de la mejilla, y nos quedamos quietas los dos, como si el aire se hubiera vuelto espeso de golpe.

La historia empieza en una noche de lluvia torrencial. La del viernes pasado. La ciudad entera parecía ahogarse. Yo estaba en su casa porque su marido tenía que viajar a último momento por trabajo —una excusa que hasta ella misma parecía creer— y me dijo: “Vení, cocinemos algo y miramos esa peli que te presté. La de la chica que se enamora de la bailarina”. Yo ya sabía a qué peli se refería. La había buscado yo misma, a escondidas, dos veces. Y la tenía guardada en el celular, oculta detrás de una app de notas, como si fuera un secreto sagrado.

Cuando llegué, ella me abrió la puerta con una camiseta blanca pegada al cuerpo, mojada por la humedad del pasillo. Se frotó el pelo con la manga, se rió, y dijo: “Esto es un desastre, pero al menos tenés pinta de no estar arrepentida de venir”.

—Y vos tenés pinta de querer que yo venga —le dije, y lo dije sin rodeos. Sin miedo.

Ella se congeló. Solo un segundo. Pero lo vi. Los ojos le brillaron, la respiración se aceleró, y su mano, sin querer, rozó mi antebrazo. Un roce tan leve que podría haber sido casual. Pero no lo era.

Cocinamos. Una pasta sencilla. Ella cortó ajo, yo encendí el fuego. El silencio no era incómodo. Era denso. Cargado. Cada movimiento que hacía —cuando se inclinaba para agarrar una olla, cuando pasaba la cuchara por el sarten— me iba grabando en la piel como un tatuaje invisible. Me fijaba en las venas de sus muñecas, en el brillo del sudor en su clavícula, en cómo se mordía el labio inferior cuando pensaba. Me fijaba en todo. Y quería tocar todo.

Cuando la pasta estuvo lista, nos sentamos en el piso, con las piernas cruzadas y los platos sobre una manta. Bebimos vino tinto, el que nos traía su hermana cada Navidad. El que decía que era “demasiado fuerte para mujeres”, y que a nosotras nos quemaba la garganta como fuego lento. Y hablamos. No de nada importante. De películas. De recuerdos. De ese chico del secundario que ahora era gay y le daba miedo caminar por la plaza de noche. Pero entre cada frase, había otra cosa. Una tensión que crecía. Como si el tiempo se estuviera acumulando, preparándose para saltar.

—¿Te acordás de cuando nos besamos en el baile de graduación? —me preguntó, sin mirarme. Sólo bajó la vista a su vaso, como si allí estuviera la respuesta.

—Sí —dije, y mi voz salió más aguda de lo que quería—. Pero fue una locura. No sabíamos qué hacer.

—No, no sabíamos —asintió. Y entonces me miró. Directo. Sin escapatoria—. Pero ahora sí.

No hubo pregunta. No hubo duda. Sólo una mano que se acercó a mi cara, lenta, como si temiera que me levantara y me fuera. Me acarició la mejilla. La piel de su pulgar era suave, pero firme. Me dio ganas de apretar los dientes. De no soltar un solo gemido. Pero no pude. Me incliné hacia adelante, sin pensar, y mis labios rozaron los suyos.

Fue un beso tímido al principio. Como si estuviera probando un nuevo sabor. Pero cuando sentí su aliento en mi cuello, cuando escuché su suspiro, corto y entrecortado, todo se desbordó. La besé con más fuerza. Con más hambre. Mis manos le agarraron el pelo, tiré suavemente para inclinarle la cabeza, y ella gimió. Un gemido bajo, gutural, que salió de lo más hondo. Me respondió con una mano en la nuca, la otra deslizándose por mi espalda hasta el borde de la camiseta, y me arrancó la tela con un solo movimiento.

—Dios, Natalia… —murmuró, mientras me besaba el cuello, la oreja, la línea de los hombros—. Estoy loca por vos. Desde siempre.

La ropa que nos quedaba poca a poco fue desapareciendo. Nos miramos desnudas frente al espejo del baño. Ella, con sus pechos redondos y firmes, los pezones oscuros y hinchados. Yo, con mis curvas marcadas por el ejercicio y el deseo. Y entonces… entonces me pidió que la tocase.

—Decime dónde —le dije, con la voz ronca, con las manos temblorosas.

—Atrás. En la cuna del cuello. Y después… quería que me cogieras. Quiero que me garchés. Quiero sentir tu mano, tu boca, tu maldita puta lengua.

No dudé. Me puse frente a ella, la tomé de las caderas y la acerqué al espejo. Le besé la nuca, le lamió la columna, y cuando pasé la lengua por sus glúteos, ella soltó un grito ahogado. Le abrí la concha con dos dedos, la sentí humedecida, caliente, vibrante. Me incliné, y la comí con una intensidad que ni yo misma me esperaba. Le lamí el clítoris hasta que se estremecía, le metí tres dedos hasta que gritó mi nombre como una plegaria, y cuando por fin me pidió que la cogiera, me subí sobre ella, la tomé de las piernas, y la empujé contra el espejo.

—Mirame —le dije—. Mirame mientras te maldigo.

Y la cogí. Lento al principio. Con una pausa entre cada empujón, para ver su cara. Luego, más fuerte. Más rápido. Sus uñas me arañaban la espalda, sus gemidos se volvían más agudos, más desesperados. Y cuando por fin se vino, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, sus dedos aferrados a mis hombros, yo la seguí hasta allí. Hasta ese borde infinito. Me dejé llevar. Me dejé ir. Y cuando sentí sus entrañas apretándome, cuando sus latidos se fundieron con los míos, supe que no volvería atrás.

Después, nos quedamos abrazadas sobre el suelo frío, con la manta puesta a medias, la respiración entrecortada, y un silencio que era más fuerte que cualquier palabra. Ella me acarició el pelo. Me besó la frente. Y me dijo, con una voz que nunca antes había escuchado: “Si esto es un pecado… que me condenen por él”.

Y yo le sonreí. Porque no me importaba. Porque por primera vez, no sentí culpa. Sólo calor. Sólo verdad.

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