La noche que Lety me chingó en su cuarto

@paula_invierno ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La lluvia no paraba. Golpeaba el techo de lámina como si alguien arriba estuviera desesperado por entrar, y yo, sentada en el borde de mi cama con las piernas abiertas sin querer, sentía que también estaba a punto de ceder. Había estado pensando en Lety toda la tarde. En cómo se mordía el labio cuando pasaba por mi lado, en cómo su camisa siempre olía a vainilla barata y sudor limpio. En cómo, cada vez que se inclinaba, se le salía un pedazo de sostén color piel, como una invitación disfrazada de descuido.

Eran las once y media cuando escuché el ruido en la pared. Tres golpes suaves. Nuestro código. Desde que nos mudamos al cuartito contiguo en esta vecindad de Tláhuac, eso era todo lo que necesitábamos: tres golpes, y el mundo se nos caía a pedazos, pero en silencio, como debe ser. Me levanté sin pensarlo, descalza, con el camisón subido hasta la mitad de los muslos. No me puse nada más. Sabía que ella tampoco lo haría.

Su cuarto olía distinto. A cigarro, a cerveza derramada, a sudor de mujer que ha estado llorando o follando. No supe cuál. Pero su mirada, oscura y húmeda, me dijo que no importaba. Estaba sentada en la cama, con las piernas abiertas, sin bragas, y la mano derecha metida entre ellas, moviéndose lento, como si ya estuviera soñando conmigo.

—Llegaste tarde —dijo, sin mirarme.

—La lluvia —mentí.

Ella sacó los dedos. Estaban brillantes. Me los acercó a la boca sin pedir permiso. Yo abrí los labios. Sabía a sal, a sexo, a ella. Chupé con fuerza, como si quisiera borrar el rastro de otro nombre que nunca mencionamos. Su mano libre me agarró del cabello y me jaló hacia adelante. Caí de rodillas. Su olor me emborrachó. No era perfume, era puro coño, hinchado, húmedo, listo.

—Quítate el camisón —ordenó.

Lo hice. Me lo pasé por la cabeza y lo tiré al piso. Ella me miró los senos, los pezones duros, y sonrió. Luego me jaló del brazo, me subió a la cama, me acostó boca arriba. Su cuerpo sobre el mío era una promesa que ya no necesitaba cumplirse para ser verdad. Sentí sus nalgas duras contra mi pierna, su boca en mi cuello, sus dientes en mi oreja.

—Te voy a chingar lento —susurró—. Hasta que me digas mi nombre como cuando te duele.

Empezó con los senos. No fue dulce. Me mordió el pezón izquierdo con fuerza, casi hasta el fondo. Grité, pero ella me tapó la boca con la mano. Su otra mano bajó por mi vientre, lento, como si estuviera buscando algo que ya conocía. Cuando llegó a mi coño, no se detuvo. Metió dos dedos de golpe, sin avisar. Yo me arqueé. Estaba mojada, pero no por ella, sino por lo que sabía que iba a pasar.

—Estás lista, ¿verdad? —preguntó, moviendo los dedos en círculos, abriendo mi carne.

—Sí… —gemí.

—Dilo bien. Dilo como si lo necesitaras.

—Sí, Lety… por favor.

Sonrió. Sabía que ganó. Entonces sacó los dedos y me dio la vuelta. Me puso de cuatro, con el culo alto, como si fuera un animal que ya conoce su lugar. Sentí su lengua antes de verla. Me lamió entera, desde el agujero del culo hasta el clítoris, lento, como si estuviera leyendo un mapa. No fue tierno. Fue hambriento. Me abrió con las manos, me separó, y hundió la lengua hasta el fondo. Grité. No pude evitarlo. Era fuego. Era todo.

—¡No pares! —le pedí, aunque no tenía intención de hacerlo.

Siguió. Lamió como si fuera a comérmela entera. Sus manos agarraron mis nalgas, me separaron más, y sentí que su dedo se acercaba a mi culo. No dije nada. No quise. Cuando lo metió, fue con saliva, con fuerza, sin preguntar. Fue un dedo primero, luego dos. Me estiró. Me llenó. No dolió tanto como pensé. Dolió como debe doler: como placer que se confunde con castigo.

—¿Te gusta que te chingue así? —preguntó, sin dejar de lamer.

—Sí… —gemí—. Me gusta que me chingues así.

Se levantó. Oí el ruido del cajón. Cuando volvió, traía el consolador. Negro, grueso, con venas falsas. Lo conocía. Lo había visto en su bolso, envuelto en un calcetín. Lo lubricó con saliva, con sus dedos, y lo acercó a mi boca.

—Abre —ordenó.

Lo chupé. Sabía a plástico, a ella, a sexo viejo. Lo chupé como si fuera una verga que me salvara la vida. Ella gemía arriba de mí, se tocaba mientras me veía.

Luego me dio vuelta. Me abrió las piernas. Me miró los ojos. Y entró. De un solo empujón. El consolador me llenó. Fue profundo. Demasiado. Grité. Me agarré de las sábanas. Ella no se detuvo. Empezó a moverlo, a meterlo y sacarlo, con fuerza, con ritmo, como si estuviera follando con un hombre que no existe. Yo gemía, sudaba, sentía que me partía en dos.

—Mírame —dijo.

Y la miré. Sus ojos eran fuego. Su boca, entreabierta. Sus manos, agarrando mis tetas, apretando mis pezones. Seguía follando con el consolador, pero ahora más rápido, más profundo. Sentí que algo se rompía dentro. No fue dolor. Fue alivio. Empecé a correrme sin aviso, sin control, con espasmos que me sacudieron todo el cuerpo. Ella no paró. Siguió follando, hasta que mi orgasmo terminó y empezó otro.

—No termines —le pedí—. No pares.

Y no paró. Me dio la vuelta otra vez. Me puso de espaldas, me abrió las piernas, y se subió encima de mí. Su coño, hinchado, mojado, cayó sobre mi boca. No tuve que preguntar. Empecé a lamer. A chupar. A meter mi lengua hasta donde cabía. Ella gritaba, se movía, se restregaba. Sentí su clítoris hinchado entre mis labios, su sabor salado, su calor. La chupé como si fuera a morirme si no lo hacía.

—¡Sí! ¡Así! —gritó—. ¡Más fuerte, pinche perra!

Y le hice caso. Le mordí el clítoris, suave, luego fuerte. Ella se corrió sobre mi boca, con fuerza, con espasmos, con gritos que tuvo que ahogar en la almohada. Se quedó encima de mí, temblando, sudando, respirando como si hubiera corrido kilómetros.

Nos quedamos así, sudadas, pegajosas, enredadas. La lluvia seguía. El cuarto olía a sexo, a sudor, a verdad. Ella se acostó a mi lado, me abrazó, me besó en la frente.

—Mañana no hablamos de esto —dijo.

—Claro —respondí.

Pero ambos sabíamos que volvería a pasar. Porque entre mujeres como nosotras, el deseo no se apaga con un “adiós”. Se queda. Como la lluvia. Como el recuerdo de un orgasmo que duele de tan bueno. Como el sabor de un coño que no olvidas.

También en: DominaciónAnalBDSM

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Lésbico