La noche que le ganó al marido de su amiga

La noche que le ganó al marido de su amiga

@fernanda_luz ·5 de junio de 2026 · ★ 3.8 (29) · 110 lecturas · 6 min de lectura

Eran las once y pico de la noche, y el aire en el barrio La Candelaria olía a jazmín y lluvia cerca de venir. Fernanda, sentada en el banco del parquecito de su edificio, se mordisqueaba el labio mientras observaba cómo el auto del vecino del cuarto 405 —el del médico— se alejaba lentamente por la carrera 7. Era jueves, y siempre salía a cenar con su esposa, y siempre la dejaba sola con su hermana pequeña, que esa noche había decidido quedarse a dormir. Ella había insistido: “Vete tranquila, Fernanda, yo la cuido”. Pero lo que nadie sabía —ni siquiera su hermana— era que Fernanda no estaba sola. Porque a las once y media, cuando el timbre sonó con un ritmo lento, una llamada que no era casualidad, ella ya sabía quién estaba del otro lado.

—Anda, abre, perra —dijo la voz de Diego, el mejor amigo del médico, ese que siempre había mirado a Fernanda con los ojos entreabiertos, con esa sonrisa que decía más de lo que decía.

Ella sonrió, pero no abrió enseguida. Se levantó con calma, se ajustó la túnica de seda que había puesto especialmente para hoy: una pieza negra, corta, con una rendija por la espalda baja que dejaba ver la curva de su columna y el nacimiento de su culo, redondo y terso, como fruta madura recién arrancada del árbol. Se miró en el espejo del pasillo: cabello suelto, labios pintados de rojo oscuro, ojos brillantes. Se pasó la lengua por el diente canino, como si lo estuviera marcando. Luego abrió.

Diego estaba en la puerta, con una botella de ron Don Q y dos vasos en la mano. Llevaba una camiseta oscura que le quedaba estrecha en los hombros y los bíceps, y el cuello del pantalón ceñido, como si hubiera salido corriendo de un entrenamiento. Pero su mirada no era de urgencia: era de paciencia. De posesión. De juego.

—¿Te atreviste? —le preguntó, entrando sin esperar respuesta.

Fernanda cerró la puerta con un clic suave, y se apoyó en ella, cruzando los brazos. Señaló la botella.

—¿Y eso? ¿Viniste a emborracharme?

—No, nena —dijo él acercándose, hasta que el aire entre ellos se volvió espeso—. Vine a ver si te acuerdas de cómo se bebe bien.

Y entonces sí se abrazaron. No como amigos. No como vecinos. Como dos que se han guardado un secreto por mucho tiempo y ahora lo están compartiendo con la lentitud de quien sabe que es demasiado valioso para apresurarlo. Él la tomó por la cintura, tiró delástico de su túnica, y bajó la mano hasta el hueco de su espalda, donde la seda se abría. Le acarició la piel con la palma grande, con los dedos que habían estado años imaginando esa textura.

—Culo rico —susurró, apretándole suave, como si estuviera probando un postre recién sacado del horno.

Fernanda soltó un gemido corto, casi inaudible, pero su cuerpo respondió: las puntas de sus pechos se endurecieron contra la tela fina, y su cabeza se inclinó hacia atrás, dejando su cuello expuesto. Diego lo notó. Y lo mordió. No con fuerza, pero sí con intención. Una mordida breve, dulce, que le hizo estremecerse de pies a cabeza.

—¿Tú crees que él sabe lo que le hago a su esposa cuando se va a trabajar? —le preguntó él, mientras le desabrochaba el sostén con un solo movimiento, rápido, profesional.

Fernanda no respondió con palabras. Solo se quitó la túnica, dejándola caer al suelo, y se acercó a él, con las manos ya en su pantalón. Lo desabrochó, bajó la cremallera, y sacó su pito, que ya estaba tieso, grueso, con la punta brillante de presemilla. Diego soltó un resoplido, una risita baja, orgullosa.

—Mira quién se animó a pedirlo —dijo, agarrándole el pelo y tirando suavemente para que ella mirara sus ojos—. ¿Sabes qué pasa si me pides algo? Que se te cumple. Pero si me lo pides bien… que se te cumple *de más*.

Fernanda se arrodilló.

No con sumisión. Con poder. Con decisión.

Lo tomó con las dos manos, lo acarició de abajo hacia arriba, lento, con el pulgar pasando por el glande, y luego lo llevó a la boca. Lo chupó sin prisa, con la lengua rozándole la parte de abajo, donde más sensible estaba. Diego cerró los ojos, apretó los dientes, y le dijo:

—Más. Mámelo como si fuera la última vez que vas a verlo. Como si no volvieras a tenerlo.

Ella sonrió contra su piel, y lo chupó con más fuerza, con más hambre. Lo tomó hasta la raíz, lo soltó con un *pop* húmedo, y le pasó la lengua por todo el largo, saboreándolo. Diez minutos, quince, una eternidad. Diego no la interrumpió. Dejó que ella lo gobernara. Porque él no quería dominarla como dueño. Quería dominarla como dueño de un secreto. Como alguien que sabía que ella lo quería, que lo deseaba, que lo *necesitaba*.

—Levántate —dijo al fin.

Ella obedeció, pero no rápido. Se puso de pie con calma, y él la tomó por la cintura, la levantó como si fuera una pluma y la llevó al sofá, donde la dejó sentada, con las piernas abiertas. Ella no lo cubrió. Se dejó ver: su vulva, húmeda ya, entreabierta, con los labios hinchados, como dos pétalos de rosa mojados por la lluvia.

—¿Viste cómo me miraste esta tarde en el ascensor? —le preguntó Diego, metiéndose a ella sin tregua.

Fernanda gritó. No por dolor. Por sorpresa. Por placer.

—No me mires así si no vas a hacer nada —le había dicho ella, y él había sonreído. Porque ella sabía. Y él también.

Ahora estaba dentro, lento, profundo, hasta el fondo. Ella le agarró los hombros, lo tiró hacia ella, y lo besó. Con hambre. Con rabia. Con deseo de romper algo, de quebrar algo, de que él le dijera algo que no era permitido oír.

—¿Te gusta ser la que manda? —le preguntó Diego, empezando a moverse.

—No. Me gusta que tú me digas qué hacer —respondió ella, jadeando—. Pero solo si tú me dejas decidir cuándo parar.

Él soltó una risita, y la tomó del pelo, tirando suavemente, obligándola a mirarlo a los ojos.

—Entonces escucha bien: no vas a pedir nada. Yo te lo doy. Cuando yo quiera. Y tú solo vas a sentir. ¿Entendiste?

Ella asintió. Y le clavó las uñas en la espalda, porque ya no era una invitación. Ya era una orden.

Diego la tomó por las caderas y empezó a embestirla con fuerza, con un ritmo que no era casual, que no era amable. Era un ritmo de posesión. De castigo. De celebración. Fernanda gritó varias veces. No por dolor, sino porque él la hacía sentirse viva. Que era la dueña de su propio placer, pero que lo entregaba con gusto, con miedo, con deseo. Y cuando él sintió que se venía, que iba a explotar, la tomó de la cara, le separó los labios con el pulgar y se corrió dentro de ella con un gemido bajo, gutural, que parecía salir de lo más hondo de su ser.

—Tuya —le dijo, entre jadeos—. Todo esto… es tuyo.

Fernanda lo abrazó, lo besó en la frente, y lo dejó descansar sobre ella, sin moverse. Afuera, la lluvia empezó a caer, suave, como si el cielo también supiera que algo había cambiado esa noche.

—Mañana —dijo ella, casi como un susurro—… vuelves.

Diego sonrió contra su cuello.

—Claro que sí, perra. Y esta vez… te gano.

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