La noche que le di mi llave
4 minLa noche que le di mi llave
Yo soy suya. No en el sentido de posesión torpe, ni de dominio bruto: soy suya porque ella me lo pidió con una sonrisa suave, una mirada que me desarmó desde el primer día. Me llamo Fernanda, y él es Adrián: 38 años, ingeniero, manos grandes, voz grave que me hace estremecer cuando baja el volumen como para contarme algo privado. Hace dos años que estamos juntos, y desde hace seis meses empezamos a jugar con lo que nunca habíamos probado: el rol, el poder, el juego entre dominar y ceder.
Esa noche, después de cenar en casa —pasta con salsa de hongos, vino tinto en copas pequeñas—, él me tomó de la muñeca y me condujo al cuarto. No dijo nada hasta que cerró la puerta. Me miró, largo, con esa mirada que ya conozco: no es de deseo simple, es de intención clara, de planning. Me soltó la muñeca, se acercó, y con dos dedos me levantó la barbilla.
—Quiero que me sirvas hoy —dijo, sin presión, sin gruñido, como si fuera lo más natural del mundo—. Tú decides cómo, pero yo decido cuándo y por qué.
Asentí. Ya había firmado el papel, hablamos de límites, palabras de seguridad, gestos para detener todo. Pero en ese instante, con su respiración en mi cuello y el olor a café y madera de su piel, todo lo demás se disolvió.
Me quitó la blusa con lentitud, desabotonando cada botón como si fuera un ritual. Cuando quedé en sostén y pantalón, me hizo arrodillar frente a él, no con brusquedad, sino con firmeza, como si ya supiera que yo no me movería. Me puso una mano en la nuca, no para apretar, sino para sostener. Me miró a los ojos y me dijo:
—Abre la boca.
Lo hice. Me metió la lengua dentro, profundo, lento, saboreándome como si no hubiera mañana. Sus dedos se enredaron en mi pelo, no tirando, pero sí controlando, guiándome. Me separó la pierna con la suya y empujó su pene ya duro contra mi muslo. Sentí su calor, su textura, la humedad que ya se acumulaba en mi entrepierna. Me dejé llevar, sin pedir permiso porque ya me lo había dado antes, con palabras, con tiempo, con confianza.
—Me gustas así, sumisa pero viva —susurró, y me soltó la nuca para deslizarme la mano por la cintura, bajarla hasta la entrepierna y deslizar los dedos bajo el elástico de mis calzones—. Tú decides cómo te toco, pero yo decido cuánto tiempo.
Deslicé los calzones hacia abajo, y él me puso la mano entre los labios, masajeando suavemente, rozando el clítoris con la yema de los dedos, luego presionando con dos dedos húmedos de mi propia humedad, metiéndolos dentro de mí con un ritmo constante, sin apuro. Me mordí el labio, cerré los ojos, y dejé que su voz me arrastrara:
—Mueve las caderas. Sí. Más. No pares.
Cuando me sentí a punto de explotar, me detuvo. Me levantó con una sola mano en la cintura, me dio la espalda, me hizo sentar en la cama y se quitó la camisa. Me mostró su cuerpo: los hombros anchos, el pecho cubierto de vello oscuro, el pene erguido, la punta húmeda. Se colocó frente a mí, me tomó la cara entre sus manos y me dijo:
—Ahora tú me tomas. Con la boca. Con cuidado, pero sin miedo.
Me incliné, lo toqué primero con la punta de la lengua, lamí su glande, sentí su gasp, su mano en mi pelo que me señalaba: más. Abrí la boca, lo tomé todo, hondo, hasta sentir que mis ojos lagrimeaban un poco. Lo succioné lento, con presión controlada, moviendo la cabeza mientras mis manos acariciaban sus testículos, su muslo. Se estremeció, sus dedos se apretaron, pero no me detuvo. Me miró con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, y cuando lo sentí temblar, me separé, me puse de rodillas otra vez, y lo dejé entrar en mí.
No hubo prisa. Me tomó con lentitud, empujando hasta el fondo, hasta sentir que se llenaba por completo. Me agarró de las caderas, las suyas se elevaron ligeramente, y comenzó a moverse: fuerte, profundo, con un ritmo que me hacía gemir sin poder evitarlo. Me besó, me mordió el labio, me susurró al oído lo que quería que hiciera: “más fuerte”, “sí, así”, “tú eres mía ahora”. Y yo lo sentí: no como una pérdida de control, sino como un regalo. Un regalo que le daba y que él me devolvía en cada embestida, en cada vez que sus dedos se hundían en mi piel, dejando marcas suaves pero reales.
Cuando me corrió, lo sentí todo: el calor, el peso, el temblor de su cuerpo sobre el mío, el sonido de su respiración entrecortada. Me besó la frente, me abrazó, y susurró:
—Gracias por ser mía.
Y yo, aún con él dentro de mí, con la humedad corriendo por mis muslos y el corazón latiendo como un tambor, le dije: —Siempre.
¿Te ha gustado? Valóralo