La noche que la vecina del quinto se le quedó sin agua
La primera vez que notó el olor fue un miércoles a las ocho y pico, cuando bajaba el basurero. Ella estaba en el rellano del quinto, frente a su puerta, con una bolsa de plástico en una mano y una botella de plástico vacía en la otra. Llevaba una camiseta blanca algo transparente por el sudor, pantalón corto de mezclilla y el cabello suelto, humedecido por la humedad del verano mexicano. Se le veía cansada, pero con una energía que él no le había visto antes: no era la mujer silenciosa que siempre saludaba con una sonrisa tímida y un "buenos días" casi susurrado. Hoy, entre la basura y el calor, se le notaba otra cosa: urgencia.
—¿Sabe si hay agua en la cisterna de mi depto? —le preguntó, sin siquiera mirarlo a los ojos, pero con la voz un poco ronca, como si hubiera estado gritando o llorando—. Se acabó hace rato y ni siquiera pude bañarme.
Él, que vivía en el cuarto desde hacía dos años y apenas había intercambiado dos frases con ella, sintió un cosquilleo en la nuca. No era solo la pregunta. Era la forma en que se mordía el labio inferior mientras hablaba, el modo en que se pasó la mano por la frente y le quedó pegada la camiseta al pecho, marcando la curva de los pezones duros por el calor. O por otra cosa.
—La cisterna está ahí arriba —dijo él, señalando el techo—. Pero si se acabó el agua, es porque el tanque del techo está seco. Tarda un rato en llenar.
Ella asintió, sin despegar la vista del suelo. Entonces él notó que tenía los pies descalzos, las uñas de los dedos pintadas de negro, y un tatuaje pequeño en el tobillo: una estrella desdibujada.
—¿Y si la dejo entrar a usar su grifo? —preguntó, finalmente, como si le costara admitirlo—. Solo para lavarme la cara y darme un chorro rápido. Mi regadera gotea y no aguanto más.
Él no pensó. Solo asintió.
Ella entró sin pedir permiso, con la naturalidad de quien conoce el lugar desde siempre. Cerró la puerta tras de sí, y él se quedó parado frente al sofá, con las manos en los bolsillos y el corazón a mil. Ella se quitó la camiseta antes de llegar a la cocina. No fue una provocación. Fue un acto de supervivencia. La sudadera que llevaba debajo era pequeña, ajustada, y el sudor le pegaba el tejido a la piel, dejando ver la sombra oscura de los pezones. Se secó la cara con una toalla, luego se mojó el cuello y los brazos con agua fría del grifo. Él no dijo nada. Solo la miraba, sin disimulo, sin disimular su respiración entrecortada.
—¿Me prestas una toalla grande? —preguntó, sin levantar la vista—. La que tengo está mojada y no me alcanza.
Él le alcanzó una blanca, de algodón grueso. Ella la envolvió alrededor del cuerpo, pero no se cubrió del todo: la tela le quedó cruzada en el pecho, dejando al descubierto una mitad de un hombro, y el borde le llegaba apenas a la mitad de los muslos. Él notó que sus piernas estaban rozadas, como si se hubiera arrodillado mucho, o caminado descalza en el piso frío.
—¿Te duele algo? —le preguntó él, casi sin querer.
Ella se giró. Esta vez lo miró de frente. Sus ojos eran marrones, claros, con una luz que no había visto antes: una mezcla de cansancio y deseo, de agotamiento y fuego.
—Sí —dijo, y se mordió el labio otra vez—. Me duele todo. El calor, el agua que no llega, el silencio de este edificio… y que tú me hayas abierto la puerta.
Él no supo qué decir. Solo dio un paso hacia ella. Ella no retrocedió.
Se besaron como si no hubiera otro modo de respirar. Su boca estaba seca, salada, con sabor a sudor y a jabón de limón. Ella lo agarró del cuello y lo tiró hacia adelante, y él sintió el peso de su cuerpo contra el suyo: caderas estrechas, muslos apretados, pechos blandos pero firmes que se hundieron contra su pecho. Ella no lo besó con ternura. Lo besó como quien se aferra a una tabla en medio del mar.
—Necesito algo frío —susurró ella, rompiendo el beso—. Algo que me dé alivio.
Él la tomó de la mano y la llevó al cuarto. No hubo preguntas, ni promesas, ni explicaciones. Ella se sentó en la cama, con las piernas abiertas, y se quitó el pantalón corto sin mirarlo. Debajo llevaba un slipping negro, casi invisible, pero húmedo en la entrepierna. Él se arrodilló frente a ella, sin quitarse la camisa, y rozó con los dedos el borde de la tela. Ella jadeó. No era un sonido exagerado. Era un grito contenido, un eco de lo que llevaba horas callando.
—No me digas que no quieres —le dijo ella, con la voz rota—. Que ya no me importa.
Él le separó las piernas con las palmas, y ella se inclinó hacia atrás, apoyándose en los codos, con el pecho hacia afuera, los pezones duros como canicas. Él tiró del elástico del slipping y lo bajó hasta las rodillas. Ella se lo quitó del todo y lo lanzó a un rincón, como si fuera un recuerdo incómodo.
No fue lento. Fue inevitable. Él se puso de pie, se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones. Su verga salió dura, pegajosa de preseminal, con la punta roja y brillante. Ella la miró sin vergüenza, con los ojos semicerrados, y le pidió con un gesto: más.
Él se sentó frente a ella, la tomó por las caderas y la levantó como si fuera de plástico. Ella se subió, con la verga en la entrada, y bajó poco a poco, hasta que la sintió toda dentro. Él soltó un gruñido. Ella no dijo nada. Solo cerró los ojos, se inclinó hacia adelante, y apoyó las manos en sus hombros. Subía y bajaba con lentitud, como si no pudiera creer que aquello fuera real. Él le acarició la espalda, notó que tenía las vértebras marcadas, como si hubiera estado cargando algo pesado por años.
—Más fuerte —le pidió ella, por fin—. Que me la metas hondo.
Él la tomó por las nalgas y la empujó hacia abajo, con fuerza. Ella gritó. No un grito de dolor, sino de alivio, de satisfacción, de algo que llevaba mucho tiempo esperando. Él se puso de pie con ella, la apretó contra la pared, y la cogió con ritmo, con ganas, con desesperación. Ella le mordió el hombro para no gritar demasiado, y él sintió el calor de su boca, el sudor en su cuello, el olor a sal y a jabón que ahora se mezclaba con el olor del sexo.
Cuando ella vino, fue de golpe. Se le tensaron los músculos, se le arqueó la espalda, y soltó un gemido bajo, gutural, como un perro cuando se le acaricia el vientre. Él la apretó más fuerte, le clavó los dedos en las nalgas y se corrió dentro de ella, con la verga palpitando como una alma en pena. No se retiró enseguida. Se quedó ahí, pegado a su cuerpo, con el corazón a mil, con la boca seca, con el mundo fuera de la habitación pareciendo otro planeta.
Ella se deslizó hacia abajo hasta sentarse en la cama, con la verga aún dentro. Él se dejó caer a su lado, sin fuerzas. Ella se volteó hacia él, lo miró con una sonrisa cansada, y le pasó la mano por el rostro.
—Gracias —dijo—. Me sentí viva.
Él no supo qué responder. Solo la besó otra vez, suave, sin prisa. Y mientras el sol se ponía afuera, y el agua seguía sin llegar al quinto, los dos se quedaron ahí, tumbados, con la piel sudorosa y los corazones latiendo al mismo ritmo, como si por primera vez en mucho tiempo, alguien los hubiera escuchado.
¿Te ha gustado? Valóralo