La noche que invité a la hermana de mi novia
7 minLa noche que invité a la hermana de mi novia
María estaba sentada en el sofá, con los pies descalzos sobre el cojín de terciopelo rojo, la falda subida hasta la mitad de los muslos mientras hojeaba una revista de decoración. El aire de la casa olía a café recién hecho y a jabón de manzanilla, y por la ventana entraba la luz dorada del atardecer bogotano, suave y tibia como una caricia. A su lado, Daniel le acariciaba la rodilla con el pulgar, en círculos lentos, mientras hablaban de lo que harían esa noche.
—¿Te parece si invitamos a Camila? —preguntó María, sin quitarle los ojos de encima.
Daniel levantó la vista, sonrió y asintió con la cabeza. Sabía que Camila no era solo “la hermana de mi novia”, sino una mujer que siempre le había causado esa chispa de curiosidad, de complicidad silenciosa. Alta, de piel morena clara, ojos oscuros como el café con leche, y una risa que sonaba a trueno lejano: fuerte, cálida, inevitable.
—Claro que sí —dijo él, y le dio un beso en la frente—. Pero solo si prometes que no vas a burlarte de mí cuando me pase los tres segundos intentando abrir el vino.
—¡Ay, Danielito! ¿Todavía no te ha salido el botellín con el abridor? —se burló María, guiñándole un ojo—. Pa’ hoy, la invito con promesa de que te ayudaré yo.
Camila llegó una hora después, con una botella de aguardiente artesanal que olía a anís y a verano. Llevaba un vestido ceñido, de color vino, que dejaba ver la curva de sus caderas y la suavidad de sus brazos. Se besaron los dos en las mejillas, y Daniel sintió el leve frío de sus pulgares cuando le acarició la mano para saludarla.
—¿Qué vamos a hacer, si ya se acabó la tele? —preguntó María, levantándose del sofá y estirando los brazos—. ¿Jugar cartas? ¿Contar historias vergonzosas? ¿O…?
—O qué sé yo, mija —dijo Camila, sentándose en el borde del sofá y cruzando las piernas con naturalidad—. A veces lo mejor es no hacer nada, solo sentir.
Fue entonces cuando Daniel notó cómo la luz del atardecer le dibujaba la silueta: la curva de sus pechos, la suavidad de su cintura, la forma en que el vestido se pegaba a su culo sin esfuerzo. Y, de pronto, supo que esa noche no iba a ser solo una reunión cualquiera.
—¿Y si abrimos el vino y nos sentamos en el balcón? —propuso él—. Hace fresco, pero no frío. Y hay una luna que parece de cuento.
Camila asintió, y María le pasó un brazo por los hombros mientras caminaban hacia la cocina. Las dos reían algo que Daniel no alcanzó a entender, pero que lo hizo sonreír: esa complicidad femenina, tan fácil, tan rica.
En el balcón, con los pies descalzos apoyados en el suelo de madera, los tres se sentaron en el sofá pequeño, con las piernas entrelazadas sin intención de esconder nada. Daniel abrió el aguardiente, sirvió en tres vasos pequeños y los pasó uno por uno. María tomó el suyo y lo alzó hacia Camila:
—Pa’ que no te olvides de mí, hermanita.
—Ni yo de ti —respondió Camila—. Y pa’ que no se me olvide lo que hice la última vez que estuvimos los tres.
Daniel tragó saliva. No sabía de qué hablaba. O quizás sí.
El aguardiente quemó su garganta, pero no con desagrado. Se sintió bien, como cuando el frío de un vaso de agua con hielo se derrite en la lengua. Camila se recostó un poco, apoyando la cabeza en el hombro de María, mientras Daniel les acariciaba las piernas con suavidad, primero la de María, luego la de Camila, como si estuviera aprendiendo el contorno de algo nuevo.
—¿Te acuerdas de cuando fuimos al club de natación? —preguntó María, entre risas—. Cuando Camila se cayó al agua y tú le tiraste la toalla como si fuera una capa de superhéroe.
—Claro que me acuerdo —dijo Daniel—. Y me acuerdo de cómo se le pegó la camiseta al pellejo cuando se secó.
Camila soltó una carcajada y le dio una palmada en la rodilla a María.
—¡Ay, hermana! ¿Y eso lo dices en público?
—Aquí no hay público —respondió María—. Solo estamos nosotros.
Y así, entre risas y recuerdos, fue como comenzó todo.
María se incorporó, se quitó los zapatos y se acercó hasta el centro del sofá. Se sentó de frente a Camila, con las rodillas entre sus muslos, y le acarició el rostro con ternura.
—¿Te acuerdas de cómo me hacías esto cuando éramos pequeñas? —preguntó, pasando el dedo por su labio inferior.
—Claro que me acuerdo —dijo Camila—. Pero entonces lo hacías pa’ que no llorara. Y ahora… ahora lo haces pa’ que me encienda.
María sonrió, y lo hizo. Bajó la mano, le acarició el cuello, el pecho, hasta que alcanzó el botón del vestido. Lo desabrochó con lentitud, dejando al descubierto la copa del sostén, suave y rosa.
Daniel, sin decir nada, se acercó por detrás de Camila. Le pasó los brazos por la cintura, le hundió los pulgares en el ombligo y le besó el cuello, con suavidad, como si temiera que se esfumara. Ella respiró hondo, cerró los ojos, y le susurró al oído:
—Danielito, ¿me vas a mamar? Porque si no lo haces, te juro que me pongo brava.
Él no lo pensó dos veces. Se puso de pie, le tomó la mano a María y la condujo hasta el suelo, frente al sofá. María se sentó con las piernas abiertas, y Daniel se arrodilló entre ellas. Le apartó la falda, le subió la braga lateralmente, y se inclinó hacia su centro.
—¡Ay, carajo! —exclamó María, arqueando la espalda.
Y mientras él le lamía el clítoris con delicadeza, Camila le quitó la camisa y le acarició el pene a través del pantalón. Lo sostuvo con las dos manos, lo acarició con movimientos lentos, y le susurró:
—¿Quieres que te mame ahora? Porque si dices que sí, te juro que te hago ver las estrellas.
Daniel asintió, sin dejar de lamer a María, que ya jadeaba con los ojos cerrados. Camila se puso de pie, desabrochó su vestido y lo dejó caer al suelo, sin ropa interior. Se sentó en el borde del sofá, separó las piernas, y le hizo señas a Daniel con la mano.
—Vente, mijo. Que ya me tiene ganas.
Él se quitó el pantalón con prisa, y cuando se puso frente a ella, con el pene tieso y brillante, Camila lo tomó con una mano, lo frotó contra su entrada, y lo empujó dentro con un movimiento suave.
—¡Ay, rico! —gimió María, cuando sintió que Daniel la besaba en el cuello mientras Camila lo sujetaba por las caderas.
Y así estuvieron los tres: María con los ojos cerrados, las manos agarrando el brazo del sofá, los pechos saliendo de su camiseta, y Daniel moviéndose con lentitud dentro de Camila, que lo miraba con una mezcla de deseo y complicidad.
—Más fuerte, Danielito —susurró Camila—. Pa’ que ella sepa lo bien que te hago sentir.
Él aceleró el ritmo, y cuando María sintió que se acercaba, Camila se inclinó hacia adelante, le tomó la mano y se la llevó entre sus piernas.
—Aquí —dijo—. Tú también quieres.
María se puso en movimiento, frotándose contra su propio clítoris, mientras Daniel empujaba con fuerza, con profundidad, con ganas. Y cuando ambos llegaron al borde, Camila los tomó a los dos: con una mano agarró el pene de Daniel, con la otra tomó la mano de María, y los juntó contra su pecho.
—Vengan —dijo—. Vengan juntos.
Y así lo hicieron. María se corrió primero, con un grito ahogado en el hombro de Camila, y Daniel la siguió segundos después, empujando hasta lo más profundo, sintiendo cómo Camila lo apretaba, lo absorbía, lo hacía suyo.
Se quedaron así un buen rato: María recostada en el sofá, Camila con Daniel dentro de ella, y los tres respirando como si el aire fuera un tesoro compartido.
—¿Otra vez? —preguntó Camila, con una sonrisa pícara.
—Pa’ eso nos queda la noche —respondió María—. Y yo ya sé que no me voy a ir a dormir contenta.
—Ni yo —dijo Daniel, y le dio un beso en la frente—. Porque hoy aprendí algo: cuando María te invita a su casa, no solo te invita a
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Lo erótico también vive en la intimidad de quienes ya se conocen. Escribo la complicidad, el deseo cómodo y profundo de las parejas.