La noche que intercambiamos esposas
5 minLa noche que intercambiamos esposas
No lo planeamos. Nunca hablamos de ello en serio. Solo bromeábamos, entre vinos y risas ahogadas, mientras mirábamos a los otros en las fiestas: “¿Y si lo hiciéramos?”, decía Mateo, con los ojos clavados en la cintura de Lucía, la mujer de su mejor amigo. Yo reía, fingiendo desdén, pero sentía cómo mi vulva se humedecía solo con la idea. Lucía, siempre tan serena, me miraba con esa mirada que decía: “Tú también lo piensas”.
Fue en el cumpleaños de Daniel, el amigo de Mateo. Su casa, grande, con ventanas al jardín, luces tenues, música lenta. Todo el mundo ya estaba borracho, pero no de esa manera grosera, sino de la que te hace perder los bordes, la que te permite soltar lo que llevas dentro. Lucía se acercó a mí con dos copas de vino tinto, sus dedos rozaron los míos, y me susurró: “¿Te acuerdas de lo que dijiste la otra noche?”. No respondí. Solo bebí. Ella sonrió, como si ya supiera la respuesta.
Mateo y Daniel se fueron al baño juntos. Nos quedamos solas en el salón, sentadas en el sofá de cuero, las piernas juntas, los pies descalzos. Lucía se quitó el vestido negro, el que le ajustaba como una segunda piel, y lo dejó caer al suelo. Sin decir nada, se puso de rodillas frente a mí. Sus manos subieron por mis muslos, lentas, seguras. Me abrió las piernas con un gesto casi imperceptible, y su lengua entró en mi vagina como si ya la conociera desde siempre. No grité. No me contuve. Solo empujé mi pelvis hacia ella, sintiendo cómo su boca chupaba mi clítoris con una precisión que me hizo ver estrellas. Su lengua me lamió hasta que me derrumbé, temblando, con la boca abierta y las uñas clavadas en el cuero del sofá.
Cuando me levanté, estaba mojada. Me miró, con los labios brillantes, y dijo: “Ahora es tu turno”. Me arrodillé frente a ella, sin dudar. Su vagina estaba húmeda, ya caliente, y el olor a ella me hizo perder la cabeza. La abrí con los dedos, y la besé. La lamí. La chupé. Le metí dos dedos hasta la segunda falange, y sentí cómo se contraía alrededor de ellos. Ella gimió, alto, sin miedo, y me dijo: “Más. Quiero que me metas la lengua hasta adentro”. Lo hice. La hice gemir hasta que se corrió en mi boca, y yo la tragué entera, como si fuera el vino más dulce que hubiera probado.
Fue entonces cuando Mateo y Daniel volvieron. Nos vieron: yo, con la cara llena de su jugo, y Lucía, con las piernas abiertas, el pecho subiendo y bajando, los pezones duros como guijarros. Mateo se acercó, sin decir nada, y se quitó los pantalones. Su pene, grueso, ya erecto, palpitaba. Daniel lo miró, luego a mí, luego a Lucía, y sonrió. “¿Y yo?”, preguntó. Lucía le tomó la mano y la llevó a su vulva. “Tú también”, dijo. Daniel se desabrochó los pantalones, y su pene, más delgado pero igual de duro, salió al aire.
Mateo se colocó detrás de mí, sin avisar. Me abrió las nalgas con las manos y me metió el pene en el coño sin más. No hubo preliminares. Solo el calor, la presión, el roce brutal. Grité. Él se hundió hasta la raíz, y empezó a moverse con fuerza, como si quisiera desgarrarme. Sentí su polla golpeando mi útero, y sus dedos apretando mis pechos, tirando de mis pezones. “Tú también”, dijo Daniel, y se puso detrás de Lucía, entrando en ella con un solo empujón. Ella gritó, y yo grité con ella.
Mateo me agarró del pelo y me obligó a mirar. Lucía tenía los ojos cerrados, la boca abierta, el cuerpo arqueado. Daniel la penetraba con una cadencia lenta, casi ritual, y cada vez que entraba, ella gemía como si estuviera muriendo. Mateo me jaloneó hacia atrás, y yo me dejé llevar. Me clavó su pene hasta el fondo, y luego me lo sacó, y volvió a meterlo, más fuerte. “Mira cómo se la chupa”, dijo, y yo miré. Daniel, con la boca abierta, chupaba el clítoris de Lucía mientras la penetraba. Ella se corrió de nuevo, con un grito ahogado, y Mateo me gritó: “¡Ahora, joder, ven aquí!”.
Me dio la vuelta, me levantó, y me puso sobre la mesa de centro, con las piernas abiertas. Se metió en mí de nuevo, pero esta vez, con una velocidad que me hizo perder la noción del tiempo. Yo me corrí con él, sin que él se corriera. Me agarró de las caderas, y me clavó su polla hasta que sentí que se desgarraba dentro de mí. Y entonces, con un gruñido, se corrió. Su semen salió en chorros calientes, llenándome, y yo sentí cómo me inundaba, cómo me llenaba hasta el fondo.
Daniel se corrió dentro de Lucía al mismo tiempo. Ella cayó sobre mí, exhausta, y yo la abracé. Mateo se retiró, con el pene aún goteando, y se sentó en el suelo, mirándonos. Daniel se acercó, se arrodilló frente a mí, y me chupó el coño, limpiándome con su lengua, lamiendo su propio semen que aún estaba dentro de mí. Yo no me moví. Dejé que lo hiciera. Que me limpiara. Que me devorara.
Cuando nos levantamos, no dijimos nada. Nos vestimos en silencio. Nos miramos, pero no nos sonreímos. No había necesidad. Esa noche no fue un juego. Fue una confesión. Una entrega. Un intercambio que no se podía deshacer.
A la mañana siguiente, Lucía me mandó un mensaje: “Gracias por no haberme detenido”. Yo le respondí: “Gracias por no haberme pedido perdón”.
No volvimos a hablar de eso. Pero cada vez que Mateo me toca, sé que él también lo recuerda. Y cada vez que me mete el pene en la vagina, siento que no es solo él. Es también Daniel. Es también Lucía. Es la noche en que dejamos de ser esposas, y nos convertimos en algo más peligroso: mujeres que saben lo que quieren, y lo toman.
¿Qué tanto te calentó?
Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.