La noche que el vecino tocó la puerta

La noche que el vecino tocó la puerta

@tomas_leon ·27 de junio de 2026 · 🔥 3.9 (35) · 230 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia golpeaba con fuerza los cristales del departamento 3B, como si el cielo también sintiera el calor que se estaba armando adentro. Daniel, de 34 años, alto, musculoso y con la piel morena por el sol de Veracruz donde creció, se secó las manos en la toalla mientras caminaba hacia la puerta principal. Había oído el timbre, después un segundo golpe, más insistente. No era su novia, que ya iba con su propia llave. Tampoco era el watero que venía a arreglar la llave del tinaco.

Abrió.

Y ahí estaba ella: Lucía, la vecina del 3A. El cabello negro, suelto y mojado por la lluvia, le pegaba a los hombros. Llevaba una playera blanca, ajustada, empapada en la parte inferior por la humedad y que dejaba entrever la curva de sus pechos, redondos y firmes, bajo la tela clara. Los jeans, también mojados, marcaban las curvas de sus caderas y las nalgas, redondas y bien definidas, como si las hubiera forjado el mismo dios del calor. Tenía los labios entreabiertos, el pecho subiendo y bajando con rapidez, no solo por la carrera que debió dar bajo la lluvia, sino por algo más.

—Daniel… —dijo ella, con la voz un poco ronca, con un temblor que no era solo del frío—. Se me apagó la luz en todo el departamento. El interruptor se quemó y ahora ni la nevera funciona.

Él la miró sin disimulo. No había miedo en sus ojos, ni vergüenza. Solo deseo, agudo, palpable, como un cable desnudo que chisporroteaba entre ambos.

—¿Y qué se te ocurre hacer ahora, hermana? —le preguntó, sin apartar la vista de sus ojos verdes, que se humedecieron apenas él soltó las palabras.

Ella no respondió de inmediato. Solo se mordió el labio inferior, lentamente, como si probara la idea antes de decirlo en voz alta.

—No tengo dónde dormir esta noche. Y tú… —hizo una pausa, tragó saliva—. Tú tienes cama.

Daniel se apartó un paso, abriendo la puerta de par en par.

—Pásate.

Lucía entró. El olor a lluvia, jabón de vainilla y sudor ligero la precedió. Él cerró tras de ella, sin darle tiempo a pensar. Ella se quitó la playera con un movimiento rápido, dejando al descubierto un sujetador negro de encaje que apenas contenía sus pechos, que parecían hechos para ser chupados, para ser apretados entre las manos.

—Me encanta cómo te miras cuando me quieres —dijo ella, con una sonrisa pequeña, pero intensa.

—¿Y cómo me miras cuando me quieres? —preguntó él, acercándose.

Ella no contestó con palabras. Solo se giró, lentamente, y le mostró la espalda desnuda. Las espinas de su columna bajaban en línea recta hasta el centro de sus nalgas, que se marcaban bajo la tela del sujetador. Se llevó las manos detrás del cuello y, con un movimiento suave pero seguro, desabrochó el sujetador. Los pechos saltaron, libres y pesados, redondeados por la gravedad y el deseo.

Daniel se detuvo. La respiración se le atoró.

—Estás hermosa —murmuró, y se acercó, lentamente, hasta rozar su nuca con la punta de la nariz. Inhaló su olor. Nada químico. Solo piel, sal y vainilla.

—¿Quieres tocarlas? —le preguntó ella, sin moverse, como si supiera que la respuesta ya estaba escrita en su cuerpo, en la erecta punta de sus pezones que se marcaban bajo la tela.

—Sí —dijo él, y puso las manos sobre sus pechos, grandes, calientes, llenos. Les dio un ligero apretón, con las palmas abiertas, y sintió cómo se endurecieron más aún bajo su tacto. Se inclinó, lamió uno con la lengua, pasándola despacio sobre el pezón, que ahora era una piedrecita entre sus labios.

Lucia gimió, bajo y aguda.

—Ahora no me jodas, Daniel… que me estoy derritiendo.

Él se rió, pero no dejó de mamar. Con la otra mano, bajó la cremallera de sus jeans, que ya estaban medio abiertos por la humedad. La tiró suavemente hacia abajo, juntamente con la bragas de encaje. Se arrodilló, sin soltar sus pechos, y metió la cabeza entre sus muslos.

—¿Limpia? —le preguntó, con la voz entrecortada.

—Sí… sí, Daniel —susurró ella, agarrando un puñado de su cabello—. Me lamió como si me estuviera bebiendo.

Y así lo hizo. Lamió su vulva, esa que se abría entre sus labios húmedos, como si nunca hubiera tenido comida. La pasó con la lengua de abajo hacia arriba, desde su entrada hasta el clítoris, hinchado y sensible. Lo rozó, lo apretó con la punta de la lengua, y escuchó cómo ella jadeaba, cómo sus piernas temblaban.

—Daniel… por favor… no me dejes así —rogó ella, empujando su rostro más adentro.

Él se levantó de golpe, se quitó la camisa, los jeans y los calzoncillos en un movimiento fluido. Su verga, gruesa y larga, se erigió entre ambos, dura y lista para entrar. Se acercó a ella, la tomó de la cintura y la sentó sobre la mesa de madera del comedor.

—¿Estás segura? —le preguntó, con las manos ya en sus muslos.

Ella le agarró la cara, lo miró a los ojos y le dijo:

—Si no metes esa verga en mí en los próximos diez segundos, te juro que te chingó el diablo.

Él sonrió. Se colocó frente a su entrada, la rozó con la punta de su pene, sintiendo su humedad, su calor. La empujó.

Lucía gritó.

—¡Ay, dios! —exclamó, con los ojos cerrados y la boca entreabierta.

Él la clavó toda, hasta la raíz. La sintió apretada, caliente, como un puño vivo que lo aferraba. Se quedó quieto, con la frente apoyada en su hombro, sintiendo su respiración descontrolada sobre su cuello.

—¿Estás bien? —le preguntó, con la voz ronca.

—Sí… sí —dijo ella, y lo empujó con las piernas—. Mueve esa verga, Daniel. Me la vas a chingar hasta que no me acuerde de mi nombre.

Él empezó a moverse. Lento, al principio. Golpeando su entraña con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo se abría y cerraba alrededor de él. Ella se aferró a los bordes de la mesa, y él le agarró una mano, entrelazó sus dedos, y la besó en el cuello mientras la follaba.

—Eres una puta hermosa —le murmuró—. Una puta muy buena.

Ella se rió, jadeando.

—Y tú eres el vecino más chingón de la colonia.

Él la volvió a golpear con más fuerza, y ella soltó otro grito, esta vez más agudo, más desesperado. Le mordió el hombro para no gritar demasiado, y él le apretó las nalgas, tirando de ellas hacia adentro, mientras la clavaba hasta la madre.

—Te voy a dar un hijo con esta verga —le dijo, con la voz rota por el placer.

Ella gimió, y se le corrió, fuerte, sin aviso. Sus músculos la apretaron, la atrajeron hacia adentro, y él la sintió temblar con él, sintió cómo su cuerpo se estremecía con cada latido de su corazón.

Daniel la siguió segundos después, empujándola con fuerza contra la mesa, y lanzando su esperma dentro de su útero, con una fuerza que lo dejó sin respiración.

Se quedaron quietos, pegados, sudados, con el corazón a mil.

Lucía le besó el cuello.

—Mañana… no te olvides de apagar el interruptor del tinaco.

Él se rió, y la besó.

—Te lo prometo. Pero esta noche, tú eres la dueña de mi cama. Y de esta verga.

—Me gusta cómo suena eso —dijo ella, mientras bajaban la mesa, aún dentro de él—. Ahora, llevame a la cama, que me falta dormir un rato… antes de que amanezca y me arrepienta de haber entrado.

Él la tomó en brazos, la llevó al cuarto, y la acostó suavemente sobre la cama, con el cuerpo aún mojado de lluvia y deseo.

—Nunca te arrepientas, Lucía. Porque esto… esto no se olvida.

Y con eso, volvió a meterse entre sus piernas, listo para volver a hacerla gritar su nombre.

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Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.

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