La noche que el vecino se sumó

La noche que el vecino se sumó

@fernanda_luz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La casa de la esquina, la que con el tiempo se volvió su refugio, tenía puertas de madera oscura y ventanas que dejaban entrar el sol de la tarde sin invadir demasiado. Martín y Sofía vivían ahí desde hacía seis años, con su rutina de cafés, perritos calientes en la esquina y películas en pijama los viernes. Todo iba bien, incluso demasiado bien —como si la costumbre les hubiera quitado un poco el fuego que al principio los quemaba hasta los huesos. Hasta que apareció Lucas.

Lucas era el nuevo vecino del segundo piso, un tipo alto, callado, que llegaba con retrasos y silencios, pero con una sonrisa que no mentía. Tenía treinta y tantos, barba recortada, manos grandes y una forma de mirar que no era invasiva, sí, pero sí lo suficiente como para que Sofía le avisara a Martín: “Ojo, el de arriba es el tipo del corte de pelo que le gusta que lo miren bien”.

No era que quisieran algo así, ni que lo busquen —pero la curiosidad, esa vieja amante de los deseos no dichos, les susurraba en la oscuridad algunas noches, mientras se acurrucaban con el aire acondicionado encendido y el ventilador zumbando como un insecto cansado.

Fue en una cena improvisada cuando todo cambió. Sofía había preparado empanadas de spinaca y queso, vino tinto barato y una tarta de manzana que no logró subir del fondo del molde. Martín, con la camiseta manchada de salsa y los pies descalzos en el piso frío, abrió la ventana cuando escuchó el timbre. Y ahí estaba Lucas, con una botella de gin artesanal y una sonrisa de disculpa por molestar.

—Tengo más vino que ginebra, pero me pareció que necesitaban esto último —dijo Lucas, entrando sin pedir permiso, como si ya perteneciera ahí.

Se sentaron en el sofá, con las piernas cruzadas y el silencio cómodo de los que ya saben lo que se cuentan con la mirada. Lucas contó historias de viajes por el norte, de cuando trabajaba en una posada en Salta y aprendió a hacer mate cocido con leche y vainilla. Sofía se reía con una mano sobre la boca y los ojos chicos de tanto disfrutar. Martín lo observaba todo: cómo Lucas le tocaba el brazo cuando le contaba algo importante, cómo Lucas miraba a Sofía sin disimulo, pero tampoco con atrevimiento. Era como ver un cuadro que, de pronto, adquiere color donde antes había grises.

—¿Vamos a hacer algo con esto? —preguntó Lucas, señalando la botella vacía y el vaso medio lleno de Sofía.

—Sí, vamos a hacer algo —respondió Martín, y se puso de pie—. Pero primero, un bailecito. ¿No?

No era una invitación. Era una orden dulce, un deseo que ya no quería esperar.

Sofía se levantó con lentitud, dejando el vaso en la mesa de vidrio, y se acercó a Martín. Le quitó la camiseta con un movimiento suave, como si le estuviera quitando una venda de los ojos. Lucas los observaba, sentado, con las rodillas separadas y las manos en los muslos, respirando hondo.

—Vení, Lucas —dijo Sofía, sin mirarlo, pero con voz que no dejaba lugar a dudas—. Acá atrás no hay nadie, y la puerta del fondo no cierra del todo. Si alguien sube, lo escuchamos.

Lucas se levantó. Caminó hasta ellos, y esta vez sí los tocó: primero a Martín, con la palma en el pecho, como para sentir el latido, y luego a Sofía, con los dedos rozándole el cuello, como si ya conociera ese lugar.

Se besaron allí mismo, en medio de la sala, con las luces tenues y el viento entrando por la ventana abierta, que traía el olor a tierra mojada de la lluvia que había pasado antes. Martín se metió la mano dentro de la camisa de Lucas y le acarició la espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la tela. Lucas le devolvió el gesto, agarrándole la cadera con fuerza, y Sofía, entre risas bajas y palabras sin sentido, les desató los cinturones con los dientes.

Se movieron hacia la habitación, sin prisa, como si el tiempo se hubiera vuelto viscoso y cada segundo fuera un beso más. Lucas se sentó en el borde de la cama mientras Martín y Sofía se desvestían juntos: primero los calcetines, luego los pantalones, y finalmente las bragas y el bóxer, que quedaron tirados en el suelo como banderas de rendición.

—Vos tenés los ojos más lindos cuando estás así —dijo Lucas, mirando a Sofía, que ya estaba sentada frente a él, con las piernas abiertas y las manos en los muslos.

Martín los miraba, con el pene ya medio duro, y se acercó por detrás de Sofía. Le puso las manos en las caderas, las uñas apenas rozándole la piel, y bajó la cabeza para besarle el cuello, luego la oreja, luego el hombro. Lucas, al mismo tiempo, le acariciaba la concha con la palma abierta, sin apuro, como si la conociera desde siempre.

—Garchá, Sofía —susurró Lucas—. Garchá que te quiero escuchar.

Ella se inclinó hacia adelante, con las manos apoyadas en el colchón, y dejó que Lucas le separara los labios con los dedos. Martín, con la lengua ya dentro de su boca, sintió cómo su propio cuerpo reaccionaba: la humedad de su propio sexo, el calor que le subía por la espalda. Lucas le besó el clítoris con cuidado, primero de lado, luego con suavidad, y Sofía soltó un gemido que no intentó esconder.

—Ahora —dijo ella, con la voz rota—. Ahora meté la lengua.

Lucas obedeció. Y Martín, sin perder el contacto con su boca, le rozó el pene con la mano de Lucas, que no dudó: lo tomó con fuerza, lo acarició con el pulgar por el glande, y le dio un pequeño apretón antes de soltarlo.

—Vos querés que yo lo meta —dijo Lucas, sin mirar a Martín, sino a Sofía—. ¿No es así?

—Sí —respondió ella, sin dudar—. Quiero que vos lo metas. Y después que yo lo haga.

Lucas se movió, y se sentó frente a ella, con las piernas separadas, y Martín se puso detrás, con las rodillas en el colchón. Lucas tomó el pene de Martín, lo alineó con la entrada de Sofía, y la empujó suavemente contra su cuerpo. Ella se arqueó, con las uñas clavadas en el colchón, y soltó un “dáme” que sonó como una promesa.

Lucas la empujó hacia atrás, contra Martín, y Martín, sin romper el contacto, la agarró por las caderas y la jalonó hacia adelante. Así entró: poco a poco, con los tres tensos, con los tres respirando al unísono. Lucas lo metió todo, hasta que el cuerpo de Martín quedó pegado al de Sofía, y los tres formaron una sola figura en la cama.

—Sí —gimió Sofía—. Sí, garchenme así. Que me sientan los dos.

Y así fue: Lucas empezó a moverse, lento, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, mientras Martín le daba pequeños mordiscos en el cuello y le acariciaba el clítoris con el pulgar. Sofía se dejaba llevar, con los ojos cerrados, con los labios entreabiertos, con las caderas moviéndose al ritmo de los dos hombres que la tenían.

—Estoy por llegar —dijo Lucas, jadeando—. No puedo más.

—Yo tampoco —respondió Martín—. Cogéla, Lucas. Cogéla como quieras.

Y Lucas lo hizo: le clavó las uñas en las caderas, le levantó una pierna y la metió más adentro, hasta que sintió cómo Sofía se estremecía, cómo su cuerpo se cerraba alrededor de Martín, cómo su gemido se volvía agudo, casi un lamento. Y Lucas, sin detenerse, lo siguió: se corrió dentro de ella, con un gruñido bajo, y Martín, al sentirlo, lo siguió al instante, con el líquido caliente saliendo de él como si el cuerpo no pudiera más.

Se quedaron así, aún unidos, con las manos entrelazadas y el sudor pegándolos unos a otros. Lucas se desplomó sobre ella, con la frente apoyada en su hombro, y Martín le besó la nuca con ternura, como si nunca antes hubiera besado a nadie así.

—¿Otra vez? —preguntó Lucas, sin aliento.

—Si vos querés —respondió Sofía, y le sonrió—. Pero primero, un poco de agua.

Y así fue: después de la ducha rápida, después de los besos en el espejo, después de que Lucas se pusiera una camiseta que le quedaba grande y Martín le pasara una botella de cerveza fría, se sentaron de nuevo en el sofá, con las piernas entrelazadas y el silencio que ahora sí era de los que saben que el fuego no

También en: ParejaInfidelidad

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Tríos