La noche que el silencio se volvió susurrante

La noche que el silencio se volvió susurrante

@fernanda_luz ·30 de junio de 2026 · 🔥 4.7 (16) · 10 lecturas · 6 min de lectura

Marcela vivía sola en ese depto del tercer piso de un edificio viejo pero bien mantenido, con ventanas grandes que dejaban entrar la luz del atardecer como un regalo diario. A veces, cuando el sol se posaba sobre el piso de madera, se sentaba en el sofá con una taza de té y dejaba que la calma la envolviera como una manta suave. Eso hasta que llegó el nuevo vecino del depto del frente: Lucas.

Lucas era alto, de hombros anchos y mirada tranquila. Se mudó hace tres semanas, con una caja de libros y una guitarra que nunca tocaba en público —solo a veces, por las noches, cuando Marcela lo escuchaba desde su balcón, un arpegio tenue que se mezclaba con el ruido de fondo del barrio: autos lejanos, risas de chicos, el viento en los árboles del parquecito. Ella no lo había visto hasta el viernes pasado, cuando se encontraron ambos en el pasillo, atrapados por el ascensor roto.

—¿Te parece si bajamos juntos? —le dijo él, con una media sonrisa que le arrugaba el lado derecho de la cara—. Este viejo me tiene harto.

Marcela asintió, y caminaron hasta la puerta de salida, silencio cómodo entre ambos. Él la miró cuando el sol le acarició el pelo castaño claro, recogido en un nudo torcido.

—Sos la que siempre deja flores en el balcón, ¿no? —preguntó Lucas—. Las que parecen hechas de papel.

—Sí —rió ella—. Son de seda. Me encanta que hagan sombras cuando pasa el sol.

—Me gustan. Como si fueran susurros hechos visibles.

Ella no supo qué decir. Sólo sintió que el aire se volvía más denso, como si el tiempo hubiera decidido detenerse un segundo para permitirle notar lo que ya llevaba semanas notando: la forma en que él se inclinaba cuando pasaba frente a su depto, la forma en que sus ojos verdes se fijaban en ella cuando creía que ella no lo veía.

Esa noche, mientras preparaba una ensalada para cenar, escuchó un golpe suave en su puerta. No era el timbre. Algo más íntimo. Abrió y lo encontró ahí, con una botella de vino tinto y dos vasos en las manos, una sonrisa tímida en los labios.

—¿Te parece si nos sentamos en el balcón? —pidió—. Se viene una luna hermosa.

Ella no respondió con palabras. Lo dejó entrar, cerró la puerta con lentitud, y cuando él pasó frente a ella, sintió el olor de su colonia: madera oscura y algo dulce, como canela quemada.

El balcón estaba iluminado por una sola lámpara colgante, y el vino corrió entre los vasos como sangre tibia. Hablaron de todo y de nada: de cómo se llamaba la flor que ella plantó hace poco, de si Lucas realmente sabía tocar guitarra o si era solo un sueño guardado, de los días que parecían largos y los que se escurrían como arena entre los dedos.

—Hacía mucho que no me sentaba así —dijo él, con la cabeza inclinada, la mirada baja—. Sin pretensiones. Solo siendo.

Ella lo miró, y en ese instante supo que no estaba loca. Que él también sentía algo. No era urgencia, no era deseo ciego. Era algo más lento, más hondo. Como si ambos estuvieran recordando cómo respirar después de mucho tiempo bajo el agua.

—¿Y si nos vamos a la cama? —le preguntó ella, sin vergüenza, sin miedo. Solo claridad.

Lucas se detuvo. La miró a los ojos. Le tomó la mano, le rozó el pulgar con el suyo.

—Si vos querés.

—Yo ya lo quiero.

No hubo más palabras. Subieron juntos, sin prisas, sin mirarse con urgencia, pero con la certeza de que lo que iba a pasar era real, era intenso, era justo.

En la habitación, la luz estaba apagada, pero la luna entraba por la ventana y dibujaba una cinta plateada sobre el piso. Marcela se quitó la blusa con calma, dejó que el aire le acariciara la piel antes de que él la tocara. Él se deshizo de la camiseta, y cuando ella lo vio, sin pretensiones, sin vergüenza, sintió que su pecho se hinchaba de deseo.

—Sos hermosa —susurró Lucas, y le palmeó el culo con ternura antes de acercarse.

Ella no dijo nada. Solo se inclinó y le desabrochó el cinturón, bajó la cremallera con lentitud, y cuando sacó su pene, ya medio erguido, lo acarició con la palma de la mano, como si fuera algo sagrado.

—Decime qué querés —le dijo ella.

—Quiero verte. Quiero entrar. Quiero oírte cuando te vayas.

Marcela se quitó el pantalón, dejó las medias en el suelo, y se sentó sobre la cama, las piernas abiertas, la concha ya húmeda, ya palpitando. Él se arrodilló frente a ella, le separó los labios con los dedos, y cuando la lamó por primera vez, ella soltó un grito suave, como de gato acurrucado.

—Sí —dijo—, así, pija. Laméame bien.

Él no se apresuró. Le lamió el clítoris con suavidad, luego hundió la lengua en su interior, la frotó contra el paladar de su concha, y cuando ella empezó a mover las caderas, él le metió dos dedos, flexionándolos con suavidad, buscando su punto, ese que la hacía temblar.

—Voy a vení —le dijo ella, jadeando.

—Cógeme ya —pidió él, levantándose y quitándose el bajo de los shorts.

Ella se tumbó, abrió las piernas, y cuando él se posicionó entre ellas, lo miró a los ojos y le dijo:

—Entrá.

Él se metió con calma, profundamente, hasta el fondo, y ambos soltaron un suspiro al mismo tiempo. Luego empezó a moverse, lento, con los puños apretados, con la frente pegada a la suya, como si temiera que si se separaba, todo desaparecería.

Marcela lo abrazó por la cintura, le mordió el hombro para no gritar demasiado alto, y cuando él empezó a acelerar, cuando sus caderas chocaban con fuerza, cuando él le palmoteaba el culo con cada empuje, ella se dejó llevar, se dejó ir, hasta que el orgasmo la sacudió como una ola, como un terremoto interior.

—Lucas… —gimió.

—Te tengo —dijo él, y le tomó la mano, se la llevó a su pene, que ya estaba tierno y tembloroso—. Vení conmigo.

Él se salió, se dio vuelta sobre la espalda, y ella lo montó, con las manos apoyadas en su pecho, moviéndose con lentitud, con control, hasta que él le puso las manos en las caderas y le dio un empujón fuerte, hundiéndola hasta el fondo.

—No aguanto más —dijo él.

—Culo, garchame —le pidió ella, y él se lanzó, con fuerza, con ganas, hasta que se le escapó un gemido gutural, y su semen le calentó la concha desde adentro, mientras ella lo apretaba con sus músculos, lo retuvo, lo hizo suyo.

Se quedaron abrazados, sudados, sin respirar bien, con las piernas entrelazadas, como si el mundo ya no existiera. Él le besó la frente, le acarició el pelo, y cuando ella se giró hacia él, con los ojos cerrados, le dijo:

—Mañana volvemos a ser vecinos.

—Sí —dijo él, y le sonrió—. Pero esta vez, cuando te escuche, te tocaré la guitarra.

—No importa si no tocas bien —respondió ella—. Me gusta escucharte cantar en off.

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Lo erótico también vive en la intimidad de quienes ya se conocen. Escribo la complicidad, el deseo cómodo y profundo de las parejas.

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