La noche que el río se volvió caliente

La noche que el río se volvió caliente

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 4.5 (15) · 95 lecturas · 4 min de lectura

Yo nunca imaginé que aquella fiesta en la finca de mi cuñado, en el sur del Valle, iba a cambiar mi vida. Eran las once de la noche, el sol ya se había metido detrás de las montañas, pero el calor seguía pegado a la piel, como una segunda capa de sudor y deseo. El río, a veinte pasos de la terraza, brillaba con la luna llena y el eco de las risas y el vallenato se mezclaba con el goteo del ron con coca que me tomé al entrar.

Ella se llamaba Daniela, la prima de mi cuñada, de esas que te miran y te dejan sin aliento sin siquiera abrir la boca. Pantalón ajustado, camiseta negra, y esos ojos que parecían guardarse secretos hasta que se decidieron a soltarlos. Me ofreció un trago de su copa, los dedos rozando los míos, y me dijo con ese acento llanero mezclado con vallecaulino: —¿Otra vez te estás aguantando, pa’ cuando llegue la hora de verdad?

Me reí, pero sentí el pito empezar a crecer dentro del pantalón. Nos sentamos en el sofá de cuero, juntos, como si ya hubiéramos planeado eso. Ella se recostó, apoyando la cabeza en mi hombro, y empezó a acariciarme con la palma de la mano por el muslo, subiendo, bajando, subiendo… hasta que me encontró, ya duro, y me apretó con fuerza.

—Hermano, este pito ya te está llamando —susurró—. Y no es por broma.

En ese momento, entraron los demás. Cuatro personas más: dos parejas que ya iban un poco cargadas. Pero nada de vergüenza. Nada de miradas furtivas. Daniela se levantó, me tomó de la mano y me llevó hacia el fondo de la finca, donde había una hamaca gigante colgada entre dos árboles, con sábanas negras y velas encendidas. Ya estaban preparadas, como si supieran que eso iba a pasar.

—Tú primero —dijo, desabotonándome el pantalón con lentitud—. Quiero verte, querida.

Me despojé de todo y quedé allí, en la penumbra, con el pito tieso y la punta brillante por el preseminal. Ella se arrodilló, me agarró los testículos con una mano y me chupó el glande con una fuerza que me hizo temblar. Me llamó “mi rico”, “mi pito hermoso”, “mi perra buena”, y cada palabra la soltaba mientras me lamía la corona, me tragaba la punta, me mataba con la lengua.

Pero no se quedó ahí. Me levantó, me empujó hacia la hamaca y me dijo: —Acuéstate. Que ahora te van a comer como Dios manda.

Una de las mujeres, morena, de pechos anchos y caderas de verdad, ya estaba encima, con el bragas tirado a un lado y el culo pelado, mojado, listo. Me pidió que le metiera el pito hasta el fondo, y cuando lo hice, me soltó un grito que retumbó entre los árboles. Se movía con saña, subiendo y bajando, chupándose los pezones con los dedos mientras yo le agarraba los muslos y la empujaba más fuerte.

Entonces, Daniela se acercó con otra mujer, la pareja de la morena, y me dijo: —Ahora es tu turno de mamar.

Y sí, me agaché entre las piernas de la otra mujer y empecé a chuparle el clítoris, que ya estaba grande, dolido y hinchado. Le lamí toda la vulva, le metí la lengua dentro, le chupé los labios como si fueran los últimos dulces del mundo. Ella me empujó la cabeza contra sí, jadeando, gritando “¡sí, sí, así!”, mientras la morena me chupaba los pezones, y Daniela me masajeaba el pito con aceite de coco, moviéndose al ritmo de los gemidos.

Fue caos. Fue calor. Fue pito, culo, tetas, lenguas, sudor, gemidos y olor a sexo. Yo no sabía ya quién me tocaba, quién me chupaba, quién me metía o quién me comía. Solo sentía. Solo daba. Solo me dejaba llevar.

Hasta que Daniela me agarró del pito, lo alineó con su entrada, y se sentó sobre mí, lento, lento, lento… hasta que lo tuvo todo. Me abrazó fuerte y me besó en el cuello, mientras la morena me chupaba la oreja y la otra me metía dos dedos en el culo.

—¿Listo, mi perra? —me preguntó Daniela.

—Sí —susurré—. Sí, hermana. ¡Dámelo todo!

Y lo di. Con fuerza, con locura, con la boca abierta y los ojos cerrados, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba, cómo se agitaba, cómo se mecía sobre mí hasta que explotamos juntos, ella dentro, yo afuera, todos juntos, todos gritando, todos mojados, todos sudados, todos santos y todos diablos.

Y el río, que al lado nos escuchaba, se volvió caliente.

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