La noche que chingamos los dos
5 minLa noche que chingamos los dos
Recuerdo el olor a humo de leña que flotaba en el aire cuando entré a la terraza de mi casa. Lucía me había llamado esa tarde con una risita juguetona: “Oye, ¿te parece si traigo a mi primo Carlos? Dice que ya te conoce de la universidad, pero que nunca te ha visto en persona”. Yo la había mirado fijamente, con una ceja alzada, y le había respondido: “Si tú quieres, claro. Pero no me digas que es de esos que se ponen nerviosos con las mujeres más viejas que ellos”.
Lucía tenía veinticuatro años, piel aceitunada, ojos café oscuros como el café que tomo por las mañanas, y una cintura que parecía hecha a propósito para que alguien la rodeara con las manos. Su primo Carlos, que en ese entonces tenía veintiséis, era alto, delgado, con manos grandes y una sonrisa que le abría la cara de punta a punta. Se acercó a darme la mano, pero en vez de apretar, me rozó la muñeca con los dedos y me dijo: “Oye, sí me dijo ella que eras el tipo de esos que saben escuchar. Y hoy vine con ganas de que me escuchen”。
La cena fue ligera: ceviche, tostadas de pescado, un par de cervezas bien frías. La conversación fluyó como el río en verano: sin prisa, pero sin pausas. Lucía jugueteaba con la servilleta entre los dedos, y cada vez que Carlos le devolvía la mirada, ella sonreía como si le hubieran contado un chiste que solo ellos entendían. Yo me sentía cómodo, como cuando te sientas en tu silla favorita, la que ya conoce tus huesos.
Cuando la luna se asomó por los árboles, Lucía se levantó, se sacó los zapatos y se puso a caminar descalza sobre el piso de terracota, con los ojos cerrados y los brazos abiertos, como si la tierra la estuviera llamando. Carlos la siguió, y yo los vi desde la sombra, sin moverme. Ella tomó una de sus manos, y él la atrajo hacia sí con suavidad, como si temiera que se desvaneciera. Se besaron lentamente, con los cuerpos pegados, y yo sentí un calor en la entrepierna que no pude ignorar.
—¿Quieres un licor? —le pregunté a Carlos, mientras Lucía se alejaba un momento hacia el baño.
—Sí —dijo él, sin quitar la vista de ella.
Le serví dos vasos de tequila reposado, los más suaves, los que se toman con sal y limón, pero sin pasarse. Nos sentamos en el sofá de la terraza, con las piernas cruzadas y las espaldas apoyadas en el respaldo. Carlos tenía los hombros relajados, pero los ojos vivos. Le pregunté qué le había parecido Lucía cuando la conoció.
—Me gustó desde el primer momento —dijo, tragando un trago—. Pero no por cómo es. Por cómo te mira cuando hablas. Como si fueras el único que importa en el mundo. Y hoy… hoy me di cuenta de que tú también la miras así.
No supe qué responder. Me miró, y en ese instante, Lucía regresó, con el cabello suelto, el top de encaje que le quedaba estrecho en los hombros y una sonrisa que ya sabía que era para nosotros.
—¿Les gusto así? —preguntó, sentándose entre nosotros, con las rodillas entre las nuestras.
Carlos le acarició la nuca, y yo puse mi mano sobre su muslo, con la palma hacia arriba, esperando. Ella inclinó su cabeza hacia atrás, apoyó la frente en el hombro de Carlos y me miró, con los ojos entrecerrados y los labios entreabiertos.
—¿Tú qué dices, yo? —le preguntó ella, en voz baja—. ¿Quieres chingarnos los dos?
Carlos no respondió con palabras. Se inclinó y besó su cuello, mientras yo bajaba la mano hasta su nalga izquierda, la apreté con suavidad, y luego la froté con el pulgar sobre la tela del short. Ella suspiró, cerró los ojos y dijo: “Más fuerte”.
Nos levantamos a la vez. Carlos tomó su mano, yo tomé la cintura, y juntos la guié hacia la cama. La luz de la luna entraba por la ventana, y la piel de Lucía brillaba como aceite en verano. Carlos se quitó la camisa, y yo la pantalona. Ella se desabotonó el top, y cuando se lo sacó, nos dejó ver los pezones duros, oscuros, y la curva de sus senos que se movía con cada respiración.
Carlos se puso de rodillas frente a ella y le abrió los shorts. La besó entre las piernas con una lentitud que daba ganas de gritar. Yo me acerqué, le pasé las manos por los muslos, y cuando ella arqueó la espalda, le metí dos dedos dentro. Ella gimió, y Carlos levantó la vista para mirarme: “Sí, así… dale más”.
Cuando por fin se metió dentro de ella, lo hizo despacio, como si temiera romper algo. Yo me puse detrás, con las manos en sus caderas, y le dije al oído: “No te muevas. Déjate llevar”. Carlos empezó a moverse, y yo empecé a rhythmar con él, con suavidad, como si fuera un vals lento. Lucía se agarró a las sábanas, con los dientes apretados, y cada vez que Carlos se hundía hasta el fondo, ella gritaba mi nombre y el de él, alternadamente.
Al final, cuando ella vino con la boca abierta y los ojos en blanco, Carlos la besó en la nuca y yo le metí la mano entre las piernas y le apreté el clítoris con el pulgar hasta que se convulsionó entre mis brazos. Nos quedamos así, los
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