La noche del collar
4 minLa noche del collar
La habitación estaba a oscuras, salvo por la tenue luz anaranjada de una vela sobre la cómoda, que dibujaba sombras danzantes en las paredes de cemento visto. El aire olía a madera quemada, a sudor y a cuero. Lylia entró con los pies descalzos, la piel morena brillante bajo la luz tenue, el cabello negro recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto su cuello, largo y elegante. Llevaba puesto un vestido negro ceñido que apenas cubría sus muslos, pero no lo usaba por estética: lo había elegido para que fuera fácil de quitar. Sabía lo que esperaba de ella esa noche.
—Te veo nerviosa —dijo Elias, sentado en el borde de la cama, sin moverse. Su voz era baja, pausada, como un susurro que no se atrevía a ser grito.
—No lo estoy —respondió Lylia, con la mandíbula firme, los ojos fijos en los suyos—. Solo espero que cumplas.
Elias se puso de pie lentamente, como un gato que se estira antes de atacar. Caminó hacia ella sin prisa, hasta detenerse a un centímetro de su cuerpo. Le alzó la barbilla con un dedo, con una fuerza que no era agresiva, sino segura. Ella no parpadeó.
—Dime una cosa —susurró él—. ¿Qué es lo que quieres?
—Tu poder sobre mí —dijo sin titubear—. Tu control. Tu dominio. Quiero que me tomes como si yo no existiera, como si fuera solo tu cosa, tu objeto de placer.
Elias sonrió, una sonrisa pequeña, casi invisible, pero sí. Le soltó la barbilla y bajó la mano hasta su cintura. Con un solo movimiento, tiró del bajo del vestido y lo desgarró por el centro, desde el cuello hasta la cadera. La tela se abrió con un ruido seco, y Lylia no hizo ademán de cubrirse. Su pecho, firme y redondo, se elevó con la respiración; los pezones, ya endurecidos, brillaban con humedad en la penumbra. Elias le pasó una mano por el costado, hasta apretar su muslo con la palma. Luego, con la otra, sacó del bolsillo trasero un collar de cuero negro con un anillo de plata en el centro.
—Aceptas el collar —dijo—. Aceptas que soy el dueño de lo que haces, lo que sientes, lo que dices. Mientras lo llevas puesto, no eres Lylia. Eres mía. ¿Lo entiendes?
—Sí —respondió ella, con la voz entrecortada, pero firme—. Soy tuya. Cuerpo, mente, respiración. Todo.
Elias le colocó el collar con cuidado, ajustándolo justo debajo de su mandíbula, como si lo hiciera con un collar de perro, pero sin humillación. Con la punta del dedo, rozó el anillo y tiró suavemente. Lylia inclinó la cabeza, obediencia instintiva.
—Abre la boca.
Ella lo hizo, y Elias le introdujo los dedos, húmedos ya con su propia saliva, hasta el fondo. Se los retiró lentamente, observando cómo la luz de la vela reflejaba el brillo en su piel. Luego, bajó la mano, la deslizó por su estómago, hasta rozar la entrepierna del vestido. Con dos dedos, abrió el elástico del slip, deslizándolo hacia abajo, y tiró. Lylia se quitó el resto del vestido y los restos del calzado, quedando completamente desnuda.
—Arrodíllate —ordenó Elias.
Ella lo hizo, sin vacilar, con las rodillas sobre la manta gruesa, la espalda recta, las manos sobre los muslos. Elias le pasó una mano por el pelo, tirando suavemente hacia atrás para que alzara la cabeza y lo mirara a los ojos.
—Ahora —dijo, desabrochándose el pantalón—, demuéstrame que sabes usar la boca.
Elias se sacó la polla, dura, gruesa, con la punta ya húmeda de presemilla. La sostuvo frente a ella, con la mano derecha. Ella se inclinó, abrió la boca, y lo tomó de golpe, hasta la base. Elias soltó un gemido bajo, con los dedos tensos en su cabello. No la detuvo, no la guió: solo la dejó trabajar. Ella lo chupó con lentitud, primero con la lengua, lamiendo el glande, rozando la corona, hasta que él la empujó con más fuerza, hundiéndose en su garganta. Sus ojos se humedecieron, pero no se retiró. Con la mano libre, Elias le acarició un pecho, apretó su pezón, y siguió empujando, con ritmo constante, hasta que Lylia empezó a temblar, no de asco, sino de excitación.
—Levántate —dijo él, sacándose de golpe.
Lylia se puso de pie. Elias la giró, la empujó contra la pared, le apartó la pierna izquierda con la rodilla y se colocó detrás. Sin previo aviso, empujó su polla en su coño, una sola vez, hasta la base. Ella gritó, un grito ahogado, pero no de dolor: de placer puro, crudo, animal. Elias no la dejó moverse. La sujetó por las caderas, con fuerza, y empezó a sacudirla, con golpes largos, profundos, que le hacían temblar todo el cuerpo. Cada empujón la hacía chocar contra la pared, cada retirada era un suspiro, cada nuevo ingreso, una promesa de placer inminente.
—Tuya —murmuró él, mientras le mordía el hombro—. Toda tuya. Solo mía.
Lylia se dejó llevar, con la frente apoyada en la pared, las
¿Te ha gustado? Valóralo