La niña de la lavandería
En Medellín, donde el calor pega como una segunda piel y el aire huele a ropa recién planchada y jazmín, doña Luz tenía su lavandería en el bajo de un edificio de ladrillo visto, allá por el barrio Manrique. Era un local pequeño, con las paredes amarillas desteñidas y una rejilla de metal que traqueteaba con cada ráfaga de viento. Y en medio de ese desorden ordenado de canastas, detergentes y tendederos, estaba ella: Yurema, la sobrina de Luz, que llegó de Rionegro a finales del verano con una maleta de ropa liviana y una mirada que encendía sin querer.
Yurema no era de esas mujeres que se alardean. Era menuda, de caderas anchas y culo prieto como guayaba verde, con unas tetas que no se le escapaban del blusón, pero que se insinuaban bajo la tela cada vez que se agachaba a levantar una canasta. Tenía el pelo crespo, amarrado en un moño flojo que siempre dejaba escapar algún bucle rebelde. Y los ojos… Dios, los ojos eran de un café oscuro que brillaba cuando reía, cosa que hacía poco, pero que, cuando pasaba, valía la pena.
Sebastián, el de la ferretería de enfrente, pasaba todas las semanas con su camisa manchada de grasa y una sonrisa torcida. Siempre pedía hablar con doña Luz, pero sus ojos se iban detrás de Yurema como si no pudieran evitarlo. Ella, al principio, ni lo miraba. Hasta que un día, con el cielo encapotado y la lluvia anunciándose en el aire, él entró sin la camisa, solo con una franela ajustada que dejaba ver los surcos de sus pectorales y el vello que bajaba hasta el cinto del pantalón.
—Doña Luz, no está —dijo Yurema, sin levantar la vista de la tabla de planchar.
—Ya veo —respondió Sebastián, apoyado en el marco de la puerta—. Y usted, ¿no se aburre aquí sola?
—No estoy sola. Estoy trabajando.
Él se acercó despacio, como si temiera espantarla. El olor a plancha caliente y a jabón de coco flotaba entre ellos.
—Usted no es de acá, ¿verdad?
—De Rionegro. Y usted, ¿de dónde es?
—De aquí mismo. Nací en este barrio. Pero nunca lo había visto pasar por esta calle, ¿eh?
Ella sonrió apenas, sin mirarlo, pero el calor le subió por el cuello. Él lo notó. Siempre notaba todo.
Pasaron días. Largas tardes de silencio roto solo por el zumbido de la lavadora y el repiqueteo de la lluvia en el techo de zinc. Hasta que un viernes, con el cielo gris y el calor pegajoso, doña Luz tuvo que salir a visitar a una hermana enferma. Y Yurema se quedó sola, cerrando el local.
Sebastián entró sin tocar. Llevaba una bolsa de plástico con dos empanadas y una botella de agua fría.
—Para usted —dijo, dejándolo sobre la mesa de madera—. No quiero que se desmaye con este calor.
Ella lo miró, dudosa. Pero el hambre y el calor la traicionaron. Se sentaron en los dos únicos sillas que había, separadas por menos de medio metro. Hablaron de cosas simples: del tiempo, de la ciudad, de la gente que pasaba. Pero el aire se fue espesando, como si algo más pesado que la humedad los envolviera.
Cuando ella se llevó la empanada a la boca, un poco de salsa le cayó en la comisura. Él, sin pensarlo, sacó un pañuelo y se lo limpió con el pulgar. Ella no se movió. Solo tragó, lento, sin dejar de mirarlo.
—Usted es peligrosa —dijo él, bajito.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Porque ni siquiera se da cuenta de lo que hace conmigo.
Ella bajó los ojos. Pero no negó.
La lluvia empezó a caer fuerte, golpeando el techo como si quisiera tapar cualquier sonido. Él se acercó más. Solo un poco. Lo suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo.
—¿Y si yo quisiera besarla ahora? —preguntó.
—Entonces debería hacerlo —respondió ella, sin alzar la vista—. Antes de que se le pase el coraje.
Él no lo pensó dos veces. La tomó del mentón, suave, y le dio un beso lento, profundo, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sus labios eran firmes, cálidos. Ella respondió con una mezcla de timidez y deseo que lo encendió por completo.
Cuando se separaron, él le pasó las manos por la cintura, despacio, como si temiera romperla. Ella cerró los ojos. Y entonces, sin decir nada, se paró, tomó su mano y lo llevó al fondo del local, donde estaba la oficina, un cuarto pequeño con una cama de descanso para doña Luz.
Se sentó en la cama, con las piernas abiertas, y lo miró. Él se arrodilló frente a ella, le subió el vestido hasta las caderas. Llevaba unas bragas de algodón blanco, simples, pero para él, eran el paraíso.
—Qué rico te veo —murmuró, besándole el muslo—. Qué culo más prieto.
Ella se mordió el labio, sintiendo que el deseo le subía desde el vientre. Él le bajó las bragas con los dientes, despacio, y luego hundió la boca entre sus piernas. Ella soltó un gemido bajo, agarrándose de la frazada.
—Ay, Dios… Sebastián…
Él no paró. Chupaba, lamía, mordía suave. Ella se movía al ritmo de su lengua, abriendo más las piernas, entregándose. Hasta que no aguantó más y se corrió con un jadeo que se perdió en el sonido de la lluvia.
Él se levantó, con el rostro brillante, los ojos encendidos. Ella, todavía temblando, le desabrochó el pantalón y sacó su pito, ya duro, grueso, palpitante.
—Qué rico —dijo ella, acariciándolo—. Qué gonorrea de verga.
Él rio, pero no dijo nada. Solo se dejó hacer mientras ella lo mamaba con devoción, con hambre. Le pasó la lengua por la punta, le besó los huevos, lo tomó entero hasta que sintió que le daba arcadas. Pero no paró. Hasta que él la detuvo, sudado, respirando fuerte.
—Si no paras, me voy a correr en tu boca —dijo.
—Y qué —respondió ella, sonriendo—. ¿No es eso lo que quiere?
Él la tomó de las manos, la levantó y la acostó en la cama. Le quitó el vestido, le desabrochó el sostén. Sus tetas eran firmes, con unos pezones oscuros que se endurecieron al aire. Le besó cada centímetro de piel, le mordió un hombro, le pasó la lengua por el ombligo.
—¿Quieres que te folle? —preguntó.
—Sí —dijo ella—. Por detrás. Quiero sentirte bien adentro.
Él la puso de cuatro, le separó las nalgas y la penetró de una sola embestida. Ella gritó, pero no de dolor, sino de placer. Él empezó a moverse lento, profundo, agarrándole las caderas.
—Qué rico… qué rico… —gemía ella, con la frente en la cama.
Él no aguantó mucho. El calor, el deseo, el olor de su sexo lo llevaron al límite. Se corrió adentro, con un gruñido bajo, llenándola.
Se dejó caer a su lado, sudado, respirando con dificultad. Ella se dio vuelta, lo miró, y sonrió.
—Qué chimba —dijo.
Él rio, le besó la frente.
—Esto no fue nada —dijo—. Aún no sabes lo que puedo hacerte.
Y afuera, la lluvia seguía cayendo, como si el cielo también se hubiera corrido con ellos.
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