La nena del edificio de enfrente

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo, que siempre me he considerado un hombre tranquilo, de rutinas claras y mirada baja, jamás imaginé que un par de ojos color miel y un culo que parecía esculpido por Dios mismo me iban a sacar de quicio. Pero ahí estaba yo, sentado en mi sillón de cuero gastado, con el pito tieso como un poste y el corazón desbocado, mirando por el binoculares como si fuera un delincuente. No era por malicia, no. Era por necesidad. Ella, la nena del edificio de enfrente, me tenía hechizado.

Se llamaba Camila, aunque yo no lo supe hasta que la escuché responder al portero un día. Vivía en el piso quince, ventana al frente, cortinas siempre entreabiertas. Como si supiera que alguien la miraba. Como si lo quisiera. Era negra, no de piel oscura, sino de ese tono cobrizo, cálido, que parece brillar bajo el sol de la tarde. Tenía el pelo crespo, suelto, cayéndole como una nube rebelde por los hombros. Y el cuerpo… chimba, el cuerpo era una promesa de pecado: caderas anchas, senos firmes, culo alto y redondo, como dos mitades de melón maduro. Caminaba lento, como si cada paso fuera un aviso. Y yo, como un idiota, me ponía a mirar con los binoculares cada que podía.

Hasta que un día, ella volteó. Directo a mi ventana. Y sonrió.

No fue una sonrisa casual. Fue una sonrisa de esas que te dicen: *yo sé que me miras, y me gusta*. Sentí el calor subirme desde el cogote hasta las orejas. Bajé los binoculares como si me hubieran pillado en algo grave. Pero al día siguiente, ella dejó la cortina abierta. Y se cambió la blusa frente al espejo. Lento. Con una mano en la cadera, la otra desabrochando el botón con parsimonia. Me miró de reojo. Yo, sin aliento, me bajé el pantalón y saqué el pito. No me masturbé. Solo lo sostuve, caliente, palpitante, mirando cómo ella se desvestía como si fuera para mí.

Pasaron días así. Juego de miradas. Señales. Yo, más caliente que una olla de frijoles al fuego. Hasta que un viernes, el portero me entregó un sobre. No llevaba remitente. Solo mi nombre, escrito con letra cursiva: *Para el del cuarto piso*. Adentro, una nota: *Sube a las ocho. Puerta 1503. Ven solo. —C.*

No lo pensé dos veces. A las siete y cincuenta y cinco ya estaba frente al ascensor, con el corazón en la garganta y el pito medio parado por los nervios. Llamé. Ella abrió con una bata de seda roja, abierta hasta más arriba de lo decente. Olía a vainilla y sudor dulce. Me miró de arriba abajo y dijo: —Sabía que eras tú. Siempre supe que me mirabas. —Perdón —dije, aunque no me sentía culpable—. No pude evitarlo. —No te disculpes —sonrió—. Me encantó.

Me tomó de la mano y me llevó al sillón. La bata se le cayó al suelo sin que ella hiciera nada. Estaba desnuda. Piel cobriza, senos redondos, pezones oscuros y tiesos. El vello del pubis rizado, corto, como una sombra suave. Me quedé mudo. —¿Te gusta lo que ves? —preguntó. —Chimba —dije—. Eres más rica de cerca. —Entonces ven. No te quedes ahí como un pasmarote.

Me acerqué. Le toqué el pecho con cuidado, como si fuera a romperlo. Ella cerró los ojos y suspiró. Su piel era seda caliente. Bajé la mano por su costado, por la cadera, hasta el culo. Lo apreté. Firme. Lo separé con los dedos. Y ella, sin abrir los ojos, dijo: —Si me pones ese pito adentro, mejor que sea ahora. —¿Ahora? —Sí, ahora. No me hagas esperar más. Llevo semanas deseando esto.

No lo dudé. Me bajé el pantalón, me saqué los calzoncillos. El pito salió libre, grueso, con la cabeza roja de deseo. Ella lo miró, lo tomó con una mano, lo acarició lento. —Este sí es un pito de hombre —dijo—. No como esos palitos que andan por ahí. —¿Y tú? —le pregunté—. ¿Estás lista? —Más que lista —dijo—. Solo necesito que no me hagas daño. —Nunca —le prometí.

Me acostó en el sillón, se subió encima. Me miró fijo, con esos ojos que parecían arder. —Quiero sentirte todo —dijo—. Desde el primer segundo.

Bajó despacio. Yo, con las manos en sus caderas, ayudándola. Entré lento, como si fuera un sueño. Ella se detuvo a mitad, respiró profundo, me miró. —Dios… —susurró—. Qué rico se siente. —¿Te gusta? —Me encanta —dijo—. Eres grande, pero entra bien.

Comenzó a moverse. Lento al principio, como probando. Luego más rápido, con ganas. Yo no podía creer lo que pasaba. Estaba dentro de la mujer que había mirado durante semanas, follando como si el mundo se fuera a acabar. Sus tetas rebotaban, su pelo volaba. Yo le agarré los senos, se los apreté, ella gritó. —¡Sí, así! —gritó—. ¡Más fuerte! —¿Así? —le pregunté, apretando más. —¡Sí, chimba, así!

Sentí que no aguantaría más. El calor subía desde el cogote, el pito palpitaba. —Camila… —dije—. Voy a correrme. —No te detengas —dijo—. Correte adentro. Quiero sentirlo todo.

Y así fue. Me vine con un gemido largo, profundo, como si me sacudiera el alma. Ella se quedó quieta, dejando que el último espasmo pasara. Luego, se dejó caer sobre mí, sudorosa, respirando agitada. —Eso… —dijo—… fue mejor de lo que imaginé. —Para mí también —le dije—. Eres… única.

Nos quedamos abrazados un rato. Luego, me miró. —¿Vas a seguir mirando desde tu ventana? —No —le dije—. Ahora ya no necesito mirar. —Entonces ven más seguido —dijo—. Yo no me voy a negar.

Y no me negué. Subí a verla tres veces esa semana. Cada vez más intensa, más íntima. Una vez me pidió que le mamará el culo. Otra, que le diera con fuerza mientras me decía obscenidades al oído. Descubrí que le gustaba que le dijera “negra rica” mientras la penetraba. Y yo, que nunca había dicho eso, lo dije con devoción. Porque era verdad: era rica. En piel, en alma, en deseo.

Hoy, sigo viviendo en el cuarto piso. Pero ya no necesito binoculares. A veces, cuando bajo a comprar pan, la veo en su ventana. Me saluda con la mano. Y yo, con una sonrisa, le devuelvo el gesto. Porque sé que, en cualquier momento, puedo subir. Porque sé que ella me espera. Y porque entre nosotros, ya no hay secretos. Solo el recuerdo de un deseo cumplido, lento, profundo, como debe ser.

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