La mulata del vecino

@natalia_fuego ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La casa de al lado llevaba años vacía hasta que llegó él: un tipo alto, moreno como si hubiera nacido bajo el sol de África, con una piel oscura que brillaba como si la hubieran barnizado. Se llamaba Malik, y desde que se mudó con su mujer —una mulata de Senegal con un cuerpo que parecía esculpido por un dios del cariño—, el aire del barrio se espesó. No era solo el calor de agosto, era otra cosa más espesa, más cruda, que flotaba entre los muros de block y las rejas de hierro forjado.

Lupita, de treinta y dos años, curtida en la cama de un marido que ya ni le rozaba el clítoris, lo vio la primera vez desde su ventana, mientras regaba las macetas. Malik cargaba bolsas del supermercado, caminando descalzo sobre el concreto caliente, con una camiseta ajustada que marcaba cada músculo. Pero no fue su cuerpo lo que le prendió el fuego entre las piernas —aunque también—, fue su mirada. Cuando levantó el rostro y la vio, no bajó los ojos como todos los vecinos hipócritas. No. Él la miró fijo, con una intensidad que le bajó como un rayo por la espalda hasta clavársele en el coño.

Esa noche, Lupita se masturbó pensando en sus manos. Grandes, con dedos largos, morenas como la noche. Se imaginó esas manos abriéndole las nalgas, separándole el culo con fuerza mientras le metía la verga por detrás. Se corrió con dos dedos dentro, gimiendo como una perra, con las piernas temblando.

Al tercer día, la mulata, Amina, tocó a su puerta. Alta, esbelta, con un vestido corto que dejaba ver unas piernas torneadas y un culo redondo que parecía de goma. Sonrió con dulzura, ofreciendo un pastel de plátano. Lupita, incómodamente mojada, intentó no mirarle el escote profundo que dejaba entrever dos tetas prietas, morenas, con pezones oscuros que parecían pedirle a gritos que los chupara.

—Gracias, pero no sé si podré con todo —dijo Lupita, fingiendo timidez.

—No seas tonta, vecina —respondió Amina en un español con acento dulce y ronco—. Yo sé que tú también me miras. Como Malik te mira.

Lupita sintió que el piso se hundía. No supo qué decir. Amina solo sonrió, le puso una mano en el hombro y le susurró al oído:

—Mañana a las siete. Él no llega hasta las nueve. Ven con ropa cómoda. O mejor, sin ropa.

Y se fue, contoneándose como si cada paso fuera una promesa.

Lupita no durmió en paz. Soñó con ellos dos: Malik agarrándola por el pelo, azotándole las nalgas con la palma de la mano antes de meterle la verga hasta el fondo, mientras Amina le chupaba los pezones y le metía un dedo por el culo. Se despertó con los muslos pegajosos, el coño hinchado, los pezones duros como piedras.

A las siete menos diez, tocó a la puerta de los vecinos. Iba con una falda corta, sin brasier, y unas bragas de encaje que ya estaban empapadas. Amina abrió desnuda. Solo llevaba puestos unos tacones altos y un collar de oro.

—Pasa, nena. Él ya está listo.

En el cuarto, Malik estaba sentado en la cama, también desnudo. Su verga, larga, gruesa, con una cabeza ancha y venosa, apuntaba al techo como un arma. Lupita tragó saliva. Nunca había visto una polla así, tan negra, tan viva.

—Ven —dijo Malik con voz grave—. Déjame verte.

Ella se quitó la ropa con manos temblorosas. Cuando quedó desnuda, él se levantó y se acercó. Le puso las manos en las caderas, le apretó las nalgas, le separó el culo con los dedos.

—Chingona —murmuró—. Bien prieta, bien jugosa.

Amina se acercó por atrás, le lamió el cuello, le mordió el hombro mientras le metía una mano entre las piernas. Lupita gimió. Sentía dos bocas, cuatro manos, seis dedos tocándola. Amina le chupó un pezón mientras Malik le metía dos dedos al coño, hundiéndolos hasta el fondo, sacándolos llenos de jugo.

—Quiero verte chingarla —dijo Amina, acostándose en la cama—. Pero primero, quiero probarla.

Se paró frente a Lupita, le separó las piernas y se arrodilló. Le lamió el coño con ansia, como si llevara años sin probar uno. Le chupó el clítoris, le metió la lengua hasta el fondo, le mordió los labios menores. Lupita gritó, agarró la cabeza de Amina y se la clavó más adentro.

—¡Sí, así, como una perra! —gritó.

Malik se acercó con la verga en la mano, masturbándose lento, viendo cómo su mujer chupaba a la vecina. Luego, le ordenó:

—Acuéstate. Ahora te voy a dar lo que tu marido no te da.

Lupita se acostó boca arriba. Malik se subió encima, le separó las piernas y le puso la punta de la verga en la entrada del coño. Ella contuvo el aliento.

—¿Lista, güerita?

—Chíngame —dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas de deseo—. Chíngame duro.

Y él entró. De un solo empujón, toda la verga se hundió en su coño apretado. Lupita gritó, arqueó la espalda, sintió que se partía por dentro. Malik no se detuvo. Empezó a cogerla con fuerza, con ritmo de tambor, azotándole las nalgas con sus pelvis, haciendo que el culo le retumbara con cada embestida.

—¡Sí, sí, así! —gritaba Lupita—. ¡Más fuerte, negro de mierda, más fuerte!

Amina, excitada, se masturbaba con un consolador negro, grueso como la verga de Malik. Se acercó y se lo metió a Lupita en el culo mientras Malik seguía cogiéndola por delante.

—¡No pares! —gritó Lupita—. ¡Lléname los dos agujeros!

Y así fue. La verga negra entrando y saliendo del coño mojado, el consolador hundiéndose en su culo prieto, las manos de Amina pellizcándole los pezones, la voz grave de Malik diciéndole que era su puta, su perra blanca, su nalgona de alquiler.

Cuando Malik sintió que iba a correrse, se salió de un tirón y le azotó la verga en la cara. Le corrió encima, le bañó el pelo, la frente, los pechos, con un chorro espeso y caliente.

—Tómalo todo —dijo.

Amina se acercó, le lamió el semen de la cara, luego se lo pasó a Lupita con un beso profundo, con lengua, con ansia.

—Mañana —dijo Malik—, tú me chingas a mí. Desde atrás. Con todo.

Y Lupita, con el coño abierto, el culo hinchado, el cuerpo lleno de sudor y semen, sonrió.

—Con gusto, negro. Pero no me llames mañana. Llámame esta noche.

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