La mulata del cuarto piso

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca fui de los que se fijan mucho en las mujeres. O al menos eso creía, hasta que ella se mudó al edificio. Yo vivo en un apartamento modesto del barrio El Poblado, no tan lujoso como dicen por ahí, pero con vista a la calle y un balcón donde suelo tomar mi tinto en las mañanas. Desde ahí vi cuando llegó, con un vestido corto color vino, cargando cajas como si no pesaran na’. Y sí, pesaban, pero ella los movía con esa gracia de las mujeres que saben que tienen un cuerpo que vale la pena mirar.

Ella era alta, prieta, con un culo que parecía esculpido por Dios con ganas de pecar. Pelo crespo, largo hasta la cintura, y unos ojos grandes, negros como el café de olla. Se presentó al día siguiente: “Soy Valeria, del cuarto piso”. Me dio la mano como si fuera algo serio, formal, pero su sonrisa decía otra cosa. Como si ya supiera que yo la había estado mirando desde el balcón.

Pasaron días. Nada. Solo saludos, sonrisas, un “buenas” por el ascensor. Hasta que una noche, como a las diez, sonó mi puerta. Abrí y allí estaba, con una camiseta de tirantes blanca, un short que no tapaba na’ y los pies descalzos.

—Perdona que te moleste, pero se me fue la luz y no tengo velas. ¿Tienes alguna?

Le dije que sí, que espere. Fui a buscar una, pero cuando volví, ella ya estaba adentro, cerrando la puerta despacito.

—Gracias —me dijo, pero no se movió.

Y ahí, en medio de mi sala, con la luz de una vela encendida, algo cambió. El aire se espesó. Ella me miró fijo, sin miedo, como si me estuviera midiendo. Yo, que soy blanco, más bien llanero, con mi pelo lacio y mi cuerpo de oficina, me sentí pequeño. Pero no asustado. Algo en su mirada me decía que no tenía que huir.

—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó, con una voz grave, lenta, como si cada palabra tuviera peso.

No le respondí con palabras. Me acerqué. Le puse una mano en la cintura. Ella cerró los ojos. Sentí su piel caliente, como si tuviera fiebre. Le toqué el pelo, lo tenía suave, crespo, con ese olor a coco y sol que solo tienen las negras bien cuidadas.

—Eres fuerte —le dije.

Ella soltó una risa bajita.

—Tú también podrías serlo —dijo—. Pero estás muy tenso.

Y tenía razón. Estaba tenso. No por miedo, sino por deseo. Porque ese cuerpo prieto, con esas tetas redondas que se marcaban debajo de la camiseta, me tenía el pito tieso desde hacía días.

Me acercó a ella. Me quitó la camisa con calma, como si estuviera desempacando algo preciado. Me miró el pecho, los hombros, y dijo:

—Nunca he estado con un blanco. Quiero ver cómo es.

No me ofendió. Al contrario, me excitó más. Sentí que era un privilegio, como si me estuviera eligiendo a mí, entre todos.

Me empujó suave hacia el sofá. Me senté. Ella se arrodilló frente a mí, me desabrochó el pantalón con una lentitud que me volvía loco. Sacó mi pito despacio, como si lo estuviera descubriendo. Lo miró un segundo, con curiosidad, con hambre.

—Es bonito —dijo—. Grande, blanco… me gusta.

Y entonces lo tomó en la boca.

No fue rápido. No fue desesperado. Fue como si estuviera adorando algo sagrado. Me chupó con la boca caliente, con los labios prietos, con una lengua que parecía saber exactamente dónde y cómo tocar. Yo gemía bajito, agarrado del sofá, sin poder creer que eso estaba pasando.

—Para… para… —le dije, casi sin aliento.

Ella me soltó, me miró con esos ojos negros.

—¿No te gusta?

—Me gusta tanto que voy a venirme si no paras.

Sonrió. Se levantó, se quitó la camiseta. Quedó en brasier, con esas tetas redondas, prietas, que parecían no necesitar sostén. Se desabrochó el short, lo dejó caer. Estaba en bragas, negras, pequeñas, que apenas tapaban su monte prieto, duro, con ese triángulo que me volvía loco.

—Ven —me dijo.

Me paré. Me quité lo que me quedaba de ropa. Ella me miró el cuerpo entero, desde los pies hasta el pito, que seguía tieso como un palo.

—Ahora sí —dijo—. Vamos a ver cómo se siente.

Me jaló de la mano, me llevó al cuarto. Se acostó en la cama, boca arriba. Me miró.

—Hazme lo que quieras —dijo.

Y empecé. Le bese los pechos, uno por uno, le mordí los pezones, que estaban duros como piedras. Le chupé el cuello, los hombros, bajé por el vientre, le besé el ombligo. Le quité las bragas despacio, como si fuera un regalo.

Y allí estaba: su coño, prieto, hinchado, con un poco de vello rizado, oscuro. Olía rico, a mujer limpia, a sudor suave, a deseo.

—Déjame probar —le dije.

Ella abrió las piernas más.

Y empecé a mamarla. Le pasé la lengua por todo el coño, desde atrás hasta el clítoris, que estaba hinchado, sensible. Ella gemía fuerte, agarrada de las sábanas.

—¡Sí, así! —gritó—. ¡Así, pendejo, no pares!

Y no paré. Hasta que sentí que temblaba, que se retorcía, y entonces se vino. Gritó, dijo mi nombre, me jaló del pelo.

—Ahora —me dijo—. Ahora quiero sentirte adentro.

Me paré, me puse un condón que saqué del buró. Me subí encima de ella. Me miró a los ojos.

—Despacio —dijo.

Y entré.

Fue como si todo mi cuerpo se encendiera. Caliente, prieto, húmedo. Ella me abrazó, me clavó las uñas en la espalda.

—¡Sí, cabrón! —gritó—. ¡Así!

Empecé a moverme, despacio al principio, luego más fuerte. Ella me movía las caderas, me pedía más, me decía que no parara. Hasta que sentí que no podía más.

—Voy a venirme —le dije.

—No te detengas —respondió—. Ven adentro.

Y me vine. Fuerte, con un calor que me subió desde los pies hasta la cabeza. Caí encima de ella, sudado, sin aliento.

Nos quedamos así un rato, abrazados, sin hablar. Hasta que ella me dijo:

—Sabía que iba a ser así.

—¿Así cómo?

—Chimba.

Nos reímos. Y después, nos volvimos a hacer el amor. Ya no fue tan lento. Fue más bruto, más sudado, más real. Ella arriba, yo dentro, los dos sin importarnos na’ más que el placer.

Al final, se durmió en mis brazos. Y yo, antes de dormirme, pensé: nunca había sentido algo así. Como si, por primera vez, hubiera tocado algo auténtico, verdadero.

Y supe que no iba a ser la última vez.

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