La mudanza del vecino negro

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

La casa de al lado había estado vacía más de un año. Desde que la vieja doña Lupe se fue al asilo, nadie se había animado a rentarla. Demasiado vieja, demasiado lejos de la avenida principal. Hasta que un viernes por la tarde, entre el calor quebradizo del verano mexicano, llegó él.

Un hombre alto, moreno como el café tostado, con el pelo rizado y corto, caminando con una confianza que parecía no necesitar de palabras. Traía una camioneta llena de cajas, una cama desarmada, una guitarra colgando de la espalda como si fuera un arma. No dijo su nombre, pero doña Chole, la vecina chismosa, lo supo al rato: *Derek*, de Miami, mitad mexicano, mitad gringo, mitad Dios sabe qué. Pero en realidad, no importaba el nombre. Lo que importaba era cómo se movía, cómo cargaba las cajas con los músculos del brazo tensos bajo la camiseta, cómo le brillaba el sudor en el cuello, bajando por la espalda como un río perezoso.

Esa tarde, Sofía, de treinta y dos, soltera, profesora de literatura en una prepública del sur de la ciudad, salió al patio trasero a regar sus macetas. El sol ya bajaba, pintando el cielo de un anaranjado sucio. Y ahí estaba él, quitándose la camiseta para seguir descargando, el torso amplio, los pectorales marcados, el vello del pecho rizado como su cabello, bajando en línea recta hasta perderse en el cinto del pantalón de mezclilla. Sofía se detuvo. La regadera goteó en el suelo de cemento.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó sin pensarlo.

Él volteó. Sonrió. Una sonrisa lenta, de dientes blancos, segura.

—Sí, si no te pesa —dijo en un español con acento raro, como si las palabras rodaran entre los dientes.

Ella se acercó. Cargaron juntos dos cajas pesadas. Ella, con su blusa floja, sus jeans ajustados, su cola prieta moviéndose con cada paso. Él, notándolo. No con descaro, sino con calma, como quien observa un paisaje que sabe que va a disfrutar.

—Gracias —dijo él, y se limpió el sudor con el antebrazo—. Me llamo Derek.

—Sofía —respondió ella, dándole la mano. La piel de él era cálida, áspera. No soltó su mano de inmediato.

—¿Vives sola? —preguntó él.

—Sola como el gato —dijo ella, y se rio.

—Entonces… ¿nadie te cuida?

—¿Y tú? —respondió—. ¿Vienes de lejos?

—De Miami. Mi papá era de Veracruz. Mi mamá, de Jamaica. Yo nací allá, pero la sangre tira.

Sofía asintió. No dijo nada, pero algo en su vientre se removió. No era solo el físico, aunque ese era difícil de ignorar. Era la forma en que la miraba, como si ya supiera cosas de ella que ni ella sabía.

Al día siguiente, por la tarde, hubo un aguacero. Fuerte, repentino. Sofía estaba en la cocina, preparando un café, cuando escuchó un golpe en la pared. Fue al patio y vio que el techo de lámina de la casa de al lado se había levantado, y el agua entraba en la sala de Derek. Sin pensarlo, agarró una lona del trastero y salió corriendo.

—¡Oye! —gritó—. ¡Ten!

Él la vio llegar con el plástico, empapada, el cabello pegado a la cara, la blusa transparente. No dijo nada. Solo asintió. Juntos amarraron la lona, mientras el agua les caía encima, mientras el viento les movía la ropa.

—Te debo una —dijo él, muy cerca.

—No es nada —respondió ella, con la voz más aguda de lo normal.

Se quedaron así un momento, bajo el alero, viéndose. El silencio no era incómodo. Era denso, como el aire antes de la tormenta.

—¿Quieres un trago? —preguntó él—. Tengo ron.

Ella dudó. Pero asintió.

Adentro, la casa olía a madera nueva y a hombre. No había mucho mobiliario: una cama sin colchón, una mesa, una silla, un bafle con música baja. Reggae. Él sirvió dos vasos de ron con Coca Cola. Brindaron.

—Por los vecinos que salvan techos —dijo él.

—Y por los que no se quejan cuando los invitan a mojarse —respondió ella.

Se rieron. Bebieron. La conversación fue fácil. Hablaron de música, de libros, de ciudades lejanas. Pero había algo más. Una corriente. Como si ambos supieran que esto iba a pasar, que solo faltaba el momento.

Cuando el vaso de Sofía estuvo vacío, él se acercó. Sin apuro. Le quitó el cabello mojado de la frente. Le tocó la mejilla con el pulgar.

—Eres bonita —dijo—. Mucho.

Ella no respondió. Solo bajó la mirada. Pero no se apartó.

Él se acercó más. Le puso una mano en la cintura. Fuerte. Cálida. Ella sintió el calor subirle por las piernas, como si alguien prendiera fuego bajo su piel.

—¿Está bien? —preguntó él, muy bajo.

Ella asintió.

Entonces la besó.

Fue un beso lento, profundo. Con lengua, pero sin prisa. Como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Sofía abrió los labios, y él entró. Su boca era cálida, húmeda, con sabor a ron y a verdad. Sus manos bajaron hasta sus nalgas, la apretaron. Ella sintió la verga dura contra su estómago.

—Dios… —murmuró.

—No digas eso —dijo él, riendo—. Aún no.

Volvió a besarla. Le quitó la blusa. Le desabrochó el sostén. Le lamió los pezones, uno por uno, mientras ella gemía bajo su aliento. No era brusco. Era dueño. Como si supiera exactamente lo que hacía con una mujer.

—Quítame el pantalón —dijo él.

Ella tembló. Se arrodilló. Le desabrochó el cinto, le bajó el pantalón. La verga asomó, gruesa, larga, oscura. Sofía no la tocó. Solo la miró. Nunca había estado con un hombre negro. No sabía por qué, pero ahora entendía que había estado esperando esto.

—Tócala —dijo él.

Ella obedeció. La tomó con la mano. Caliente. Dura como piedra. Él gimió.

—Chíngame —dijo ella, sin pensarlo.

Él la tomó del brazo, la levantó. La acostó en la cama sin colchón. Le abrió las piernas. Le bajó las bragas. Le lamió el coño con una lentitud que la volvió loca. Con la lengua, con los dedos, con los labios. Hasta que ella gritó, hasta que se corrió en su boca.

—Ahora —dijo ella, jadeando—. Ahora, por favor.

Él se subió encima. Le separó las piernas. La penetró de una sola embestida. Sofía gritó. Era grande, profundo, llenaba todo. Él no se movió al principio. Solo se quedó dentro, mirándola.

—¿Bien? —preguntó.

—Sí… Dios, sí.

Entonces empezó a moverse. Con ritmo lento, profundo. Cada embestida la hacía gemir más. El sonido de sus cuerpos juntándose, el olor a sexo, el calor de la habitación. Sofía le clavó las uñas en la espalda. Él no se quejó. Solo gruñó.

—Dime cómo te gusta —dijo él.

—Así… así, cabrón… más fuerte.

Él obedeció. La cogió como si la odiara, pero con amor en los ojos. Sofía sintió que se venía otra vez. Gritó su nombre. Él se corrió dentro, con un gemido ronco, como un animal.

Se quedaron abrazados. Sudorosos. Respirando juntos.

—Mañana —dijo él—, te voy a chingar otra vez.

Ella sonrió.

—Sí —dijo—. Mejor que sea temprano.

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