La mudanza del cuarto piso
Yo nunca creí que algo así me pasara a mí, la verdad. Con treinta y dos años, soltera, trabajando en traducciones desde casa y con una vida sexual más bien discreta —casi nula, si soy honesta—, no esperaba que la pasión me agarrara de frente un viernes por la tarde, con el calor del DF aplastando los techos y las nalgas pegadas al sillón de vinil del comedor. Pero pasó. Y no fue cualquier cosa. Fue intenso, profundo, como si el cuerpo me hubiera guardado años de ganas para soltarlas en una sola tarde.
Todo empezó con el ruido. El golpeteo de cajas, el arrastre de muebles, las voces de los mudadores subiendo por las escaleras del edificio. Yo vivo en un departamento pequeño del cuarto piso, en una colonia tranquila de la Roma, y desde hace meses no había nadie en el 402. Pero ese día, alguien se mudaba. Y no cualquier alguien.
Salí al pasillo a ver qué pasaba, más que nada por curiosidad. Hacía calor, llevaba una blusa sin sostén y un short de algodón que me dejaba las nalgas casi al aire. No me importó. El edificio es tranquilo, la gente no se fija. Pero cuando vi al tipo que bajaba las escaleras con una caja en las manos, me quedé helada. No por feo, no. Por todo lo contrario.
Traía una camiseta blanca ajustada, sudada, pegada al pecho. Pantalón de mezclilla desgastado, botas de trabajo, y un tatuaje que le subía por el brazo izquierdo: una serpiente que se enroscaba hasta el hombro. Pero lo que más me llamó la atención fue su mirada. Oscura, tranquila, como si ya supiera algo de mí que yo ni siquiera sabía. Me miró de arriba abajo sin disimulo, y en vez de sentirme incómoda, sentí un calambre bajarme por la espalda hasta el coño.
—¿Tú también te mudaste hace poco? —le dije, fingiendo naturalidad, aunque la voz me tembló un poco.
—No —dijo, con voz grave—. Hoy es mi primer día.
—Ah. Pues bienvenido. Yo soy Adriana, del 401.
—Soy Manuel —dijo, dejando la caja en el suelo—. Mucho gusto, Adriana.
Y ahí, de pie en el pasillo, con el sol entrando por el tragaluz del cuarto piso, supe que algo iba a pasar. No supe qué, pero supe que no podía fingir indiferencia. Había algo en él. En cómo se paraba, en cómo me miraba, en cómo se pasaba la mano por el pelo sudado. Como si ya nos conociéramos de algo más que de un “hola” en el pasillo.
Pasaron un par de horas. Yo trataba de trabajar, pero no podía concentrarme. Cada ruido del 402 me ponía alerta. Cada golpe, cada crujido de madera, me hacía imaginarlo moviéndose, sudando, quitándose la camiseta. Hasta que, alrededor de las seis, tocaron a mi puerta.
Abrí y allí estaba él, con una botella de vino tinto en la mano y una sonrisa que no disimulaba nada.
—¿Te molesta si te pido un favor? —dijo—. No tengo destapador.
Lo dejé pasar. Entró como si ya conociera el lugar. Dejó la botella sobre la mesita del comedor, y mientras yo buscaba el sacacorchos en la cocina, sentí sus ojos clavados en mi culo. No me di vuelta. No quise. Me gustó. Me gustó tanto que me mordí el labio y me acomodé el short, solo un poco, para que se viera más el borde de mis nalgas.
—Aquí tienes —le dije, dándole el destapador.
—Gracias —dijo, sin moverse—. ¿Te ofrezco una copa?
—Claro —respondí, aunque no tenía costumbre de beber con desconocidos.
Nos sentamos en el sofá. El vino era bueno, oscuro, como su mirada. Hablamos de cosas sin importancia: del edificio, de la colonia, del calor. Pero había una tensión en el aire, espesa, como el humo de un cigarro que no se apaga. Y yo no quería que se apagara.
—¿Vives solo? —le pregunté, más por decir algo que por curiosidad real.
—Sí —dijo—. Desde hace años.
—Y… ¿novia? ¿Esposa?
—Nada serio —dijo, acercándose un poco más—. A veces alguien. Pero nada que dure.
Lo miré. Él me miró. Y en ese instante, sin decir nada, supe que no íbamos a necesitar más palabras.
Se acercó despacio. Yo no me moví. Me tomó la cara con una mano, suave, y me besó. Fue un beso lento, profundo, con sabor a vino y a ganas. Su lengua entró en mi boca con calma, como si ya supiera el camino. Yo abrí los labios y lo recibí, con los ojos cerrados, con el corazón acelerado.
Sus manos bajaron por mi espalda, me agarró las nalgas con fuerza, me acercó a él. Sentí su verga dura contra mi muslo, grande, insistente. No dije nada. Solo gemí. Un gemido bajo, contenido, que salió de algún lugar que no sabía que tenía.
—¿Te gusta? —me preguntó al oído.
—Sí —dije—. Me gusta mucho.
Me levantó la blusa, me quitó el sostén sin esfuerzo. Mis tetas quedaron al aire, llenas, con los pezones duros. Me miró como si fuera un manjar. Y luego, sin aviso, me chupó un pezón con fuerza. Grité. No pude evitarlo. Me mordió un poco, me jaló con los dientes, y luego pasó al otro. Yo le agarré el pelo, lo jalé, lo acerqué más. Quería más. Quería todo.
—¿Te gusta así? —volvió a preguntar.
—Sí… sí, así… más fuerte —dije, sin reconocer mi voz.
Me bajó el short con una sola mano, sin desabrocharlo, como si supiera que no había tiempo para formalidades. Mis bragas siguieron el mismo camino. Quedé desnuda de cintura para abajo, sentada en el sofá, con las piernas abiertas, mojada, caliente.
Él se arrodilló frente a mí. Me separó las piernas con cuidado, me miró el coño como si fuera la primera vez que lo veía. Y luego, sin decir nada, me metió la lengua.
—¡Ay, Dios! —grité.
No fue un lamido suave. Fue una embestida. Me abrió con la lengua, me chupó el clítoris con fuerza, me mordió los labios con cuidado. Yo me agarré de sus hombros, le clavé las uñas en la espalda. Él no se quejó. Al contrario, gruñó. Y siguió. Más rápido, más fuerte, hasta que sentí que iba a correrme allí mismo, en su boca.
—No… espera… —dije, entre jadeos—. No quiero correrme así… quiero sentirte dentro…
Se levantó. Se quitó la camisa. Tenía el torso marcado, con más tatuajes, con vello oscuro que bajaba hasta el pantalón. Se desabrochó el cinto, se bajó el pantalón. Su verga salió libre, dura, gruesa, con una gota de líquido en la punta. No era la primera que veía, pero sí la que más me tentaba.
—¿Te gusta? —preguntó otra vez.
—Mucho —dije—. Quiero chupártela.
Me arrodillé yo. Tomé su verga con la mano, la acaricié, la besé en la punta. Luego, poco a poco, me la metí a la boca. Era grande, pero no me importó. Quería todo. La tomé con la mano, le chupé la base, le lamí los huevos. Él gemía, me agarró del pelo, me movió la cabeza con suavidad, sin forzar.
—Así… así… —dijo—. Sigue.
Pero no quiso que me corriera así. Me levantó, me cargó como si no pesara nada, y me llevó a la cama. Me acostó boca abajo, me separó las piernas, y sin avisar, me metió la verga de un solo empujón.
—¡Ay! —grité—. ¡Sí!
Era grande, pero no me dolía. Me llenaba. Me estiraba. Me hacía sentir completa. Él empezó a moverse despacio, luego más fuerte, agarrándome de las caderas, azotándome las nalgas con sus muslos. Yo gemía sin control, le pedía más, más fuerte, más adentro.
—Dime cómo te gusta —me dijo al oído.
—Así… así… ¡más! —le supliqué.
Y él dio más. Me volteó, me puso encima, me dejó montarlo. Yo me moví con ganas, con desesperación, subiendo y bajando, sintiendo cada centímetro de su verga dentro de mí. Me agarró los pechos, me los apretó, me los chupó. Yo gritaba, sin importarme quién me oyera.
—Voy a correrme —dije—. No pares, no pares…
—Correte —dijo—. Quiero sentirte.
Y me corrí. Fuerte, profundo, como si todo lo retenido en años saliera de golpe. Mi cuerpo tembló, mis piernas se pusieron débiles, y aún así seguí moviéndome, sin querer soltarlo.
Él no se corrió todavía. Me volteó otra vez, me puso a cuatro patas, y me cogió por atrás. Con fuerza, con ganas, con una intensidad que me hizo llorar de placer. Me agarró del pelo, me jaló la cabeza hacia atrás, y siguió entrando y saliendo, hasta que sentí que explotaba de nuevo.
—Me corro —dijo—. Aguanta.
Y se corrió dentro de mí. Sentí el calor, el líquido, la entrega. Se quedó un rato dentro, sin sacarla, abrazándome, respirando en mi cuello.
Después, nos quedamos acostados, desnudos, sudados, con el olor del sexo en el aire. No hablamos mucho. No hizo falta. Nos dimos besos suaves, caricias lentas. Hasta que el sol se fue y la noche entró por la ventana.
—¿Y ahora qué? —le pregunté.
—No sé —dijo—. Pero esto no acaba aquí.
Y no acabó. Porque al día siguiente, cuando salí al pasillo, él estaba ahí, recargado en su puerta, con una sonrisa.
—¿Vino alguien a ayudarte a mover cajas? —le pregunté.
—No —dijo—. Pero si quieres, puedes ayudarme tú.
Entré. Y volvimos a hacerlo. Esta vez en su cama, con menos prisa, con más tiempo. Pero con la misma pasión. Con el mismo fuego.
Y así empezó todo. No fue una noche. Fueron varias. Fueron semanas. Fueron besos en la escalera, manos bajo la ropa, caderas chocando contra paredes. Fue sexo limpio, crudo, honesto. Sin promesas, sin etiquetas. Solo cuerpos que se encontraron y se reconocieron.
No sé si esto dure. No sé si algún día se acabe. Pero por ahora, cada vez que escucho un ruido en el 402, me humedezco. Porque sé que él está ahí. Porque sé que en cualquier momento, puede tocar a mi puerta y decirme: “¿Tienes un destapador?”
Y yo, sin dudar, le diré: “Sí. Pero no es lo único que tengo para ti.”
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