La mudanza de mi hermana
Nunca pensé que un día cualquiera, un jueves cualquiera de esos en que el calor de la Ciudad de México se te pega a la piel como sudor de desconocido, iba a terminar con la boca llena de ella. Pero así fue.
Mi hermana había decidido mudarse de su departamento en la Roma a uno más chico en Condesa, y me pidió ayuda. Yo, como buen hermano menor que nunca le niega un favor —sobre todo si hay chance de verla en ropa interior, aunque sea por accidente—, acepté sin pensarlo dos veces.
Llegué a las tres de la tarde, con el sol aún alto, sudando la camiseta. Ella ya estaba ahí, con media casa en cajas, el cabello recogido en un moño desordenado, sudor brillándole en la nuca. Vestía una blusa sin mangas y una falda corta, de esas que cuando se agacha se le sube más de lo debido.
—Gracias, güey —me dijo, dándome un beso en la mejilla. Olía a vainilla y a cansancio.
Empezamos a mover cajas. Había libros, ropa, cosas de baño, una lámpara que no encendía. Todo el desmadre normal de una mudanza. Pero en un momento, mientras yo cargaba una caja de libros pesados, se me resbaló el zapato y caí de rodillas. Ella soltó una risa.
—¡Ay, pendejo! —dijo, agachándose para ayudarme.
Y entonces, sin que yo lo esperara, al inclinarse, se le abrió la blusa. No llevaba sostén. Vi sus senos, firmes, morenos, con los pezones parados como si tuvieran vida propia. Me quedé helado, con la boca seca, el corazón dándome saltos en el pecho.
Ella se dio cuenta. No se cerró. Solo me miró. Y en sus ojos no había coraje, ni vergüenza. Había algo más… como deseo. Como si estuviera esperando que yo dijera algo, que hiciera algo.
—No te quedes viendo, carnal —dijo, pero sin enojo. Con voz baja, como si me confesara un secreto.
—No puedo evitarlo —le respondí, sin despegar la mirada—. Estás muy chula.
Ella se mordió el labio. Luego, sin decir nada, se sentó en una caja vacía, abrió las piernas un poco y me miró fijo.
—¿Y si te dejo ver todo? —preguntó.
No respondí con palabras. Me acerqué. Me arrodillé frente a ella, como si fuera a rezarle a un altar prohibido. Le tomé las piernas, le besé los muslos, arriba, arriba, hasta que sentí el calor de su ropa interior contra mi cara.
—¿Y si te dejo chupar? —me dijo, bajando la voz.
Asentí. No podía hablar. Mi verga ya estaba dura, apretada en el pantalón, pidiendo salir. Pero eso no era ahora. Ahora era su turno.
Le bajé la ropa interior lentamente. Su vello, oscuro, bien recortado, brillaba con el poco sol que entraba por la ventana. Su olor me golpeó: dulce, cálido, como tierra mojada después de la lluvia.
—Ay, hermano… —susurró, cuando empecé a besarle los labios de afuera.
No me apresuré. Quería saborearla, conocerla, sentir cada temblor, cada gemido. Pasé la lengua despacio, de abajo hacia arriba, como quien lee un poema con la boca. Ella arqueó la espalda, agarró mis cabellos con fuerza.
—Sí… así… más fuerte… —jadeó.
Empecé a chuparle el clítoris, suave al principio, luego con más hambre. Ella gemía, se movía, se corría un poco en mi boca, y yo no paraba. Quería que se viniera, quería que gritara mi nombre, quería que se olvidara de todo menos de mi lengua.
—¡Ay, Dios! ¡Sí, así! ¡No pares! —gritó, y sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus piernas temblaban, cómo se corría en mi cara, con fuerza, con ganas.
Cuando terminó, se quedó jadeando, con los ojos cerrados, la boca entreabierta. Yo me limpié los labios con el dorso de la mano, mirándola.
—¿Y ahora? —preguntó, abriendo los ojos con una sonrisa pícara.
No le respondí. Me paré, me quité el pantalón y la ropa interior. Mi verga estaba dura, larga, con una gota de líquido preseminal en la punta. Ella la miró con hambre.
—¿Quieres probarla? —le dije.
Asintió. Se puso de pie, me empujó suavemente contra la pared, y sin decir nada, se arrodilló.
—No te vayas a correr rápido, ¿eh? —dijo, mirándome con esos ojos traviesos.
Y entonces, sin más, me la metió a la boca.
No pude evitar gemir. Su boca era cálida, húmeda, perfecta. Chupaba con fuerza, con ritmo, con conocimiento. Sabía cómo mover la lengua, cómo succionar, cómo morder suavemente la punta sin hacer daño.
—Ay, chinga… —dije, agarrando su cabello—. Así… no pares…
Ella no paró. Subía y bajaba, me lamía los testículos, me besaba el vientre, me volvía loco. Sentía que en cualquier momento me iba a correr, pero no quería. Quería durar, quería que me la chupara por horas.
—Espera… espera —le dije, casi suplicando.
Ella se detuvo, me miró con los labios brillantes, la boca hinchada.
—¿Ya? —preguntó.
—No… pero si sigues así, sí. Quiero más.
Sonrió. Se paró, se quitó la blusa y la falda, quedándose solo con los zapatos puestos. Luego, me empujó al suelo y se sentó encima de mí, con mi verga entre sus piernas, rozándole el sexo.
—¿Y si te monto? —dijo.
No respondí. Solo la tomé de las caderas, la ayudé a subir y bajar, a frotarse contra mí. Sentía su humedad, su calor, su deseo. Y cuando ya no pude más, la tomé de las nalgas, la acerqué a mi boca y empecé a chuparla de nuevo, mientras ella se movía sobre mi verga.
Nos corrimos juntos. Ella gritó mi nombre, yo gemí contra su sexo. Fue como un terremoto en cámara lenta, como un orgasmo que no termina, que se repite, que te deja sin aire.
Después, nos quedamos en el suelo, sudorosos, agitados, riéndonos como si hubiéramos hecho algo prohibido.
—Qué desmadre —dijo ella, acariciándome el pecho.
—El mejor —respondí.
Y así, entre cajas y ropa, en medio de una mudanza cualquiera, descubrí que el deseo no entiende de reglas, ni de sangre, ni de moral. Solo entiende de piel, de boca, de calor. Y de eso, tuvimos de sobra.
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