La mudanza de Elena
Elena sudaba bajo el sol de la una de la tarde, con el pelo pegado a la nuca y la camiseta adherida a la espalda. La mudanza había sido más pesada de lo esperado, y su nuevo departamento, aunque luminoso, estaba en el cuarto piso sin ascensor. Había subido cajas, muebles y hasta un colchón rodando por las escaleras. Cuando por fin terminó, se dejó caer en el suelo del pasillo, frente a su puerta, con las piernas abiertas y los brazos extendidos, respirando con fuerza.
—¿Necesitas ayuda con algo más? —preguntó una voz grave.
Elena levantó la vista. Era el vecino del frente, Marcos. Lo había visto un par de veces antes, cuando firmó el contrato. Alto, moreno, con ojos oscuros y una sonrisa que no se esforzaba en ocultar. Usaba una camiseta negra ajustada y pantalones de mezclilla gastados.
—Ya terminé —dijo ella, limpiándose la frente con el dorso de la mano—. Pero un vaso de agua no me vendría mal.
—Claro —dijo él, y sin pedir permiso, entró al departamento.
Elena no protestó. Lo siguió con la mirada mientras él se movía con familiaridad por el espacio vacío, abriendo la heladera, sacando una botella de agua fría. Le gustaba cómo se movía: seguro, sin prisa, como si ya conociera cada rincón. Cuando le tendió el agua, sus dedos se rozaron. Un contacto breve, pero suficiente para que ella sintiera un cosquilleo en el estómago.
—Gracias —dijo, bebiendo de un trago largo. El agua resbaló por su barbilla, bajó por el cuello y se perdió en el escote.
Marcos no apartó la mirada.
—Tienes el cuerpo entero brillando —dijo, sin malicia, como si fuera un hecho natural.
Elena se echó a reír, pero no se cubrió. Al contrario, se pasó la mano por el cuello, por el pecho, como si se estuviera presentando.
—Me duele todo —confesó—. Sobre todo aquí. —Se tocó la nalga izquierda, masajeándose con una mueca.
—Déjame ver —dijo Marcos, acercándose.
Elena no se movió. Él le dio una palmada suave en la zona dolorida, luego otra. Sus manos eran firmes, cálidas. Cuando deslizó los dedos por debajo del elástico del short, ella contuvo el aliento.
—¿Te duele aquí? —preguntó, rozando con la yema el inicio del pliegue anal.
—Sí —susurró ella—. Ahí… un poco.
—Pero no es solo dolor, ¿verdad? —dijo él, acercándose más. Su aliento le tocó la oreja—. También es placer.
Elena no respondió. Lo miró, y en sus ojos había una pregunta. Marcos asintió, como si le hubiera leído el pensamiento.
—Sí —dijo—. Si quieres.
Ella se puso de pie, lenta, sin despegar los ojos de él. Luego se dio vuelta, se inclinó un poco hacia adelante y se bajó el short hasta mitad de los muslos. Sus nalgas quedaron expuestas, suaves, redondas, con una línea fina de vello oscuro entre ellas.
Marcos se acercó por detrás. Le puso una mano en cada nalga y las separó con suavidad. El ano de Elena era pequeño, rosado, ligeramente húmedo por el sudor del esfuerzo. Él lo miró un instante, luego acercó la boca y pasó la lengua por el surco, desde la base del culo hasta el pliegue anal.
Elena tembló.
—Dios —dijo, con la frente apoyada en la pared.
Marcos volvió a lamer, más despacio, más profundo. Esta vez, su lengua se hundió en el orificio, empujando con suavidad. Ella gimió, bajo, ronco, y se separó más las nalgas con las manos.
—Sí… así… —pidió.
Él no se detuvo. Lamía, chupaba, hundía la lengua como si fuera un preludio. Sus dedos se unieron al juego, uno de ellos rozando el ano con insistencia, humedeciéndolo con saliva. Cuando el dedo entró, fue lento, con presión constante. Elena se quejó, pero no se apartó. Al contrario, empujó hacia atrás, aceptándolo.
—Más —pidió.
Marcos introdujo un segundo dedo, despacio, estirando el anillo muscular. Ella gemía con cada movimiento, con cada invasión. Su respiración se aceleró, sus caderas se movieron solas, buscando el ritmo.
—¿Quieres más? —preguntó él, con la voz ronca.
—Sí —dijo ella, sin dudar.
Marcos se desabrochó el pantalón. Sacó su pene, ya duro, grueso, con la punta brillante de humedad. Lo acercó al ano de Elena, lo frotó contra el agujero, lo humedeció con saliva y con el sudor de ella.
—Dime si te duele —dijo.
—No me va a doler —respondió ella—. Solo empuja.
Él empujó.
La cabeza del pene se abrió paso lentamente, venciendo la resistencia. Elena gritó, pero no de dolor. Fue un grito de sorpresa, de placer profundo, como si algo en su interior se desbloqueara. Marcos entró un poco más, luego se detuvo, dejándola adaptarse.
—Joder… —susurró ella—. Joder, sí…
Él comenzó a moverse, lento, con empujes cortos, midiendo la profundidad. Cada vez entraba un poco más, cada vez ella se abría más. Su cuerpo respondía con espasmos, con contracciones, con gemidos que salían solos.
—Así… así… —repetía—. No pares…
Marcos aceleró. Sus caderas golpeaban contra las nalgas de Elena, el sonido de la carne chocando llenaba el cuarto vacío. Ella se sostenía de la pared, con los brazos temblando, la cabeza baja, los ojos cerrados. Sentía cada centímetro de él, cada estocada, cada embestida profunda que la llenaba por completo.
—Voy a correrme —dijo ella, de pronto, con voz aguda.
—Hazlo —dijo él—. Corre, pero no te detengas.
Elena se corrió con un grito largo, los músculos del ano apretándose alrededor del pene de Marcos. Él no se detuvo. Siguió follando, más fuerte, más rápido, hasta que sintió el orgasmo subiendo desde los testículos, hasta que se corrió dentro de ella, con un gruñido profundo, llenándola con calor.
Se quedaron quietos un momento, jadeando, pegados el uno al otro. Marcos salió despacio, y el agujero de Elena se cerró con un leve temblor.
—¿Bien? —preguntó él, pasándole una mano por la espalda.
—Mejor que bien —dijo ella, dándose vuelta, sonriendo.
Lo besó, lento, con sabor a sudor y a sexo. Luego se dejó caer en el suelo, desnuda, y él se acostó a su lado.
—Mañana tengo que irme temprano —dijo ella—. Pero si quieres… puedes quedarte esta noche.
—Claro —dijo Marcos—. Pero no prometo portarme bien.
Elena sonrió. Y supo que la mudanza había valido la pena.
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