La masajeadora del centro

@nocturna ·24 de enero de 2026 · ★ 4.5 (34) · 2349 lecturas

Nunca imaginé que un masaje me fuera a descomponer el alma como aquel. Fue en uno de esos locales del centro de Guadalajara, esos que anuncian terapias reikistas y desbloqueos energéticos, pero donde todos sabemos que al final del pasillo hay camas con sábanas sudadas y mujeres que te chupan el estrés. Pero ella no era como las demás. Se llamaba Diana, y aunque no lo dije en voz alta, supe al primer vistazo que era trans. No por prejuicio, sino por esa belleza quebrada, esa mezcla de fuerza y ternura que solo quienes han peleado con su cuerpo entienden.

—Quítate todo, por favor —dijo, sin mirarme aún, mientras encendía unas velas de vainilla y ponía música de piano triste.

Me desnudé con vergüenza, algo raro en mí. No porque tuviera miedo, sino porque sentía que ella no era una empleada más, sino alguien que me iba a ver, de verdad. Y así fue. Cuando sus manos tocaron mis hombros, fue distinto. Calientes, firmes, con una precisión que no era solo técnica, sino casi íntima.

—Tienes muchos nudos aquí —murmuró, masajeando mis dorsales—. Como si cargaras el mundo.

—Pues sí, más o menos —respondí, y reí, pero ella no.

Siguió bajando, con los dedos recorriendo mi espalda como si leyera un libro en braille. Hasta que llegó a mi culo. Me separó las nalgas con suavidad, sin pedir permiso, y sentí un escalofrío que me subió por la columna como un rayo.

—Relájate —dijo—. No voy a morderte… todavía.

Y soltó una risa baja, oscura, que me encendió la verga de golpe. Ya estaba medio parado, pero cuando se puso de rodillas, frente a mí, y me tomó el pito con una mano, se me paró del todo. Lo acarició despacio, como si lo estudiara, con los ojos fijos en mí, retándome a decir algo.

—¿Te gusta que te toquen así? —preguntó, mientras apretaba la base con el pulgar.

—Sí —dije, apenas un hilo de voz—. Pero no me toques tanto, que me voy a correr.

—No te voy a dejar correr —dijo, y se lo metió entero a la boca.

Juro que sentí el fondo de su garganta, su lengua lamiendo la punta como si fuera un helado que no quiere que se derrita. Chupaba con ganas, con hambre, y yo no aguantaba, agarraba la sábana con fuerza, con los ojos cerrados, imaginando que era mía, que me pertenecía. Pero no fue suficiente con eso. Se paró, se quitó el vestido, y ahí quedó: con un tanga negro, senos pequeños pero perfectos, y una cintura que parecía hecha para mis manos.

—Dame la vuelta —dijo.

Lo hice. Me puse de espaldas, viéndola de frente. Me miró con una sonrisa de diablo y se subió encima, lento, como si estuviera a punto de cogerse al mundo. Me tomó la verga con la mano y la guió hasta su entrada. Sentí el calor antes que nada, ese humedad espesa que dice “aquí pasa algo serio”.

—¿Estás listo? —preguntó.

—Chíngame —dije, y fue como una orden, como un ruego.

Entró entera, despacio, pero sin piedad. Su culo se asentó sobre mí, y sentí cómo se acomodaba, cómo me apretaba por dentro como si me reclamara. Empezó a moverse, lento al principio, pero luego más fuerte, más rápido, con ganas de que ambos perdiéramos el control.

—¿Te gusta mi verga adentro? —pregunté, y ella asintió, con los ojos cerrados, mordiéndose el labio.

—Sí… sí… cógeme más duro.

Y así fue. Le tomé las nalgas con fuerza, las separé y empecé a embestir, sin piedad, con todo. Cada jalón era un gemido, cada golpe de cadera un latido. Hasta que sentí que no aguantaba más.

—Me voy a correr —dije.

—Hazlo —respondió—, lléname.

Y lo hice. Me vine adentro con fuerza, con rabia, con amor, con todo. Sentí el calor salir, mezclarse con su sudor, con su olor, con su esencia.

Nos quedamos quietos, abrazados, sin hablar. Como si el mundo hubiera parado. Y al final, solo dijo:

—Gracias.

Y yo, con la cara enterrada en su cuello, solo pude responder:

—No, gracias a ti.

También en: HeteroOralAnal

¿Te ha gustado? Valóralo

4.5 · 34 votos
Reportar
Compartir

También en Transexual