La Mariposa y el Río
5 minLa Mariposa y el Río
La primera vez que vi a Kofi sentado en el bar de madera en la esquina de la calle 17, pensó que lo estaba mirando por su camiseta negra ajustada, por el tatuaje de un león en el antebrazo o por la forma en que masticaba una goma sin mirar el teléfono. Pero no. Lo observaba por la curva de su cuello, por la sombra que proyectaba la barba de tres días sobre la mandíbula, por la manera en que su pulgar rozaba el borde del vaso de whiskie con hielo, como si ya supiera que lo iba a tocar más tarde. Él era alto, moreno oscuro, con piel de cobre quemada por el sol de África Occidental, y yo, blanca, de ojos azules claros y cabello rubio ceniza recogido en un nudo deshecho. Éramos polos opuestos, y eso, desde siempre, me hacía temblar.
—¿Te importa si me siento? —me preguntó esa noche, después de que yo le pagara una segunda ronda sin decir palabra.
—Si quieres arriesgarte a que te robe tu whiskie —respondí, y él soltó una risa profunda, grave, que me vibró en los huesos.
Kofi hablaba poco, pero cada palabra tenía peso. Me contó que era de Ghana, que trabajaba como escultor en madera de teca, que había vivido en Nueva York y en Barcelona, pero que ahora estaba en Ciudad de México porque “aquí el tiempo se mueve más lento, y el cuerpo lo siente”. Yo le hablé de mi trabajo en una editorial pequeña, de mis noches insomnes, de cómo me gustaba que me hablasen en voz baja cuando el mundo se callaba.
Cuatro días después, nos encontramos de nuevo. Esta vez, en mi casa. No hubo besos tímidos, ni manos que se buscaban como si temieran quemarse. Cuando cruzó el umbral, me tomó de la nuca, me inclinó la cabeza hacia atrás y hundió su lengua en mi boca con una urgencia que no pedía permiso, pero que yo le otorgué con un gemido ahogado. Su barba me raspaba la piel, y eso, más que el contacto, me hizo temblar.
—Dime qué quieres —me susurró, mientras desabotonaba mi blusa con lentitud deliberada.
—Que me tomes como quiero ser tomada —respondí, sin vacilar.
Y así fue.
Me levantó en brazos, me llevó al cuarto, y me dejó caer sobre la cama con una suavidad que contrastaba con la intensidad de sus ojos. Se quitó la camiseta, y vi su pecho ancho, cubierto de vello oscuro, con un tatuaje de un árbol enraizado en el costado izquierdo. No esperé. Me levanté, me quité los pantalones y el sujetador, y me acerqué a él. Le pasé las manos por el abdomen, sintiendo los músculos tensarse, y bajé hasta arrodillarme frente a él.
Su pene, ya duro y grueso, emergía de un nudo de vello oscuro. Lo sostuve con una mano, lo acaricié con cuidado, y luego lo llevé a mi boca. Su sabor era terroso, dulce, con un toque amargo que me hizo estremecer. Lo chupé con lentitud, siguiendo el ritmo de su respiración, que se volvía más agitada cada segundo. Cuando sentí que se tensaba, que sus dedos se cerraban en mi cabello, no me detuve. Lo dejé correr en mi garganta, con un gemido gutural que me arrancó una sonrisa.
—Me gustas así —dijo, tirando de mi cabello con ternura—. Con mis olores, con mi sabor. Sin vergüenza.
Me levanté, lo empujé hacia atrás sobre la cama, y me senté sobre él, con las piernas abiertas a cada lado de su cintura. Me incliné, puse mis manos sobre su pecho y bajé lentamente, hasta que su erecto entre mis labios se hundió en mí. Su tamaño me hizo abrir los ojos, sentir cómo se estiraba, cómo me llenaba hasta lo más hondo. Me moví con calma, elevándome hasta la punta, hasta que apenas lo tocaba, y volviendo a hundirme hasta topar con su vientre.
—Mira mis ojos —me pidió.
Lo hice. Y vi cómo su respiración se agitaba, cómo su mandíbula se apretaba, cómo sus pupilas se hacían más pequeñas, más oscuras. Entonces, con un movimiento brusco, me agarró por las caderas y empezó a empalarme. Cada golpe era profundo, seguro, como si me estuviera marcando. Yo le raspaba el pecho con las uñas, le mordía el hombro, le gritaba en inglés, en español, en palabras que no tenían sentido pero que salían de mí con la fuerza del deseo.
—Eres mía —dijo, y me lo dijo como una sentencia.
—Sí —respondí, y lo sentí entrar más adentro, como si buscara algo que había perdido hace mucho tiempo.
Me volteó boca abajo, me levantó las caderas con una mano y me abrió las piernas con la otra. Se arrodilló detrás de mí, me separó los labios con los dedos y bajó la cabeza. Su lengua entró en mí, la movió con una precisión que me hizo gritar, mientras con el pulgar presionaba mi clítoris. Me lamía como si fuera un regalo que le habían traído de otro continente, como si nunca hubiera probado algo tan raro, tan bueno.
—No voy a durar mucho —murmuró, y me di cuenta de que tenía las manos temblorosas.
Me volví, lo tomé del pene, lo llevé a mi boca otra vez, y lo hice correr en mi lengua, en mis labios, en mi cuello. Cuando me volvió a tomar, lo hizo con más fuerza, me tiró de nuevo sobre la cama, me separó las piernas con las suyas, y se introdujo en mí con un movimiento lento, firme, definitivo.
No fue un sexo. Fue un ritual. Cada golpe, cada gemido, cada mirada. Sus dedos me apretaban los muslos, su pecho rozaba mis omoplatos, y su aliento me quemaba la nuca.
—Mía —repitió, más fuerte esta vez.
—Sí —le dije—. Tuya.
Cuando me corrió dentro, no fue una descarga rápida. Fue un río que se desbordaba, cálido, denso, incesante. Lo sentí llegar hasta el fondo, sentir cómo se llenaba de mí, cómo me marcaba con su semilla. Me abrazó entonces, me giró hacia él, y me besó como si fuera el último aliento que le quedaba.
—Nunca más te dejaré —me dijo.
—No me dejes —le pedí, y lo sentí temblar.
Y así estuvimos, abrazados, sudorosos, con el olor del sexo pegado a la piel, hasta que el sol empezó a asomar por la ventana.
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