La Maestra y el Alumno — Parte 1
Yo nunca creí que esto me pasaría a mí. Soy Valentina Ruiz, tengo cuarenta y dos años, viuda desde hace cinco, y desde entonces he vivido en esta casa de dos pisos en la colonia Roma, donde el tiempo parece moverse más lento, como si el aire mismo supiera que aquí adentro aún duerme el recuerdo de mi marido. Pero no vine a hablar de él. Vine a hablar de lo que pasó hace apenas tres noches, cuando el mundo se me movió otra vez, sin avisar, como un temblor que uno no siente hasta que ya está temblando.
Hace dos semanas, empecé a dar clases particulares de literatura a un chico de diecinueve años, Sebastián. Es hijo de una amiga de la prepa, alguien que me ayudó en un mal momento. No me pude negar. “Es buen muchacho, Valentina, pero necesita ayuda con los ensayos. Y tú siempre has tenido ese don para hacer que las palabras se sientan vivas.” Así me dijo. Y como no tenía mucho qué hacer en las tardes —mi trabajo como editora freelance no me llena el día—, acepté.
Sebastián llegó el primer día con una mochila vieja de lona, pantalones de mezclilla ajustados y una playera que decía *Borges* en letras pequeñas. Alto, delgado, con el pelo negro y ondulado que le caía sobre la frente como si siempre estuviera a punto de decir algo. Y esos ojos… verdes, intensos, como si hubieran visto demasiado para su edad. Traía consigo un olor limpio, de jabón de avena y algo más, algo que no supe identificar, pero que desde el primer instante me hizo sentir… inquieta.
Lo recibí con mi mejor sonrisa de profesora, esa que usaba cuando daba clases en la universidad, antes de que la depresión me hiciera renunciar. “Pasa, Sebastián, siéntate. ¿Quieres un café? ¿Agua?” Me miró con una timidez que me conmovió. “Agua, por favor. Gracias, maestra Valentina.”
Y así empezamos. Cervantes, García Márquez, Onetti. Hablábamos de metáforas, de simbolismos, de la muerte del autor. Pero en medio de todo eso, había algo más. Una corriente. Sutil, pero presente. Como cuando el aire cambia justo antes de que caiga un aguacero.
La primera vez que sentí que algo se rompía fue hace tres días. Llovía fuerte, el cielo se había puesto negro desde la tarde. Sebastián llegó empapado, con el pelo pegado a la cara, la camisa pegada al pecho. “No traje paraguas,” dijo, riendo. “Pero al menos llegué a tiempo.”
Lo dejé pasar, le di una toalla. Mientras se secaba en el sillón de la sala, noté cómo se le marcaban los músculos del cuello al moverse. Y entonces, sin querer, se le abrió un botón de la camisa. Vi un trozo de piel morena, un poco de vello que bajaba por el pecho. Aparté la mirada rápido, pero el corazón me latía como si me hubiera subido corriendo tres pisos.
—¿Qué le parece si seguimos con el ensayo sobre el deseo en *Crónica de una muerte anunciada*? —preguntó, con voz tranquila.
Yo tragué saliva. El deseo. Justo lo que yo sentía en ese momento, aunque no supiera nombrarlo. Nos sentamos en el sofá, tan cerca que sentía el calor de su cuerpo. Leía en voz baja, con una voz grave, suave, que me recorría como una caricia. Y de pronto, sin que yo lo notara, su rodilla rozó la mía.
No me moví.
Él tampoco.
El silencio se hizo espeso, denso, como si el tiempo se hubiera detenido. La lluvia golpeaba los cristales, el reloj de la pared marcaba los segundos con lentitud obscena. Y entonces, muy despacio, volvió a rozarme. Esta vez con más intención. Su pierna contra la mía, firme, cálida.
Lo miré. Él también me miró. Y en sus ojos no había vergüenza, solo una pregunta muda. Una que yo no supe si debía contestar.
Pero no hice nada. Seguimos con la clase. Hablamos del honor, de la pasión, de cómo el deseo puede llevar al crimen. Ironías de la literatura. Pero todo el tiempo, yo sentía su presencia como si me estuviera tocando sin tocarme. Como si ya estuviéramos follando con la mirada.
Cuando terminó la clase, se paró despacio, recogió sus cosas. Me dio las gracias. “Gracias, maestra. Me ayudó mucho.” Y al despedirse, me tomó de la mano. Un segundo. No más. Pero fue suficiente para que yo sintiera un escalofrío que me bajó desde la nuca hasta el coño.
Cerré la puerta y me quedé ahí, apoyada en ella, con el corazón acelerado. Me bajé los pantalones sin pensarlo, me metí los dedos y me corrí pensando en sus ojos, en su piel mojada, en lo que podría pasar si alguna vez se atreve a más.
Porque algo me dice que esto no ha terminado. Que Sebastián no es solo un alumno. Que tal vez, muy en el fondo, nunca vino por literatura.
Y lo peor es que yo… yo ya no quiero que sea solo literatura.
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