La luz del vecino

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

En la Colonia Roma, donde los árboles se enredan con los postes de luz y los balcones se asoman como curiosos discretos, doña Remedios encendía su lámpara de pie todos los viernes a las nueve. No por costumbre, sino por necesidad: el hombre del departamento de enfrente, el del sexto piso del edificio de enfrente, empezaba a desnudarse justo cuando el foco amarillo iluminaba su sillón.

Él se llamaba Arturo. Nadie en el edificio lo sabía, salvo Remedios, que desde hacía tres meses anotaba en una libreta de pastelería los días en que él abría la cortina. No escribía nombres, solo fechas y horarios. Y un detalle: *sin camisa, con copa de vino*.

Esa noche, el aire traía eucalipto y el perfume de las buganvilias que crecían en los patios ajenos. Remedios, de cincuenta y ocho años, piel morena clara y ojos que aún brillaban como si el tiempo no hubiera pasado, se sentó en su sillón de terciopelo verde. No encendió la luz del techo. Solo la lámpara. Y esperó.

Del otro lado del callejón estrecho, Arturo abrió la ventana. Llevaba una camisa azul marino desabotonada hasta el ombligo. Se deshizo de ella con un movimiento lento, como si alguien lo estuviera filmando. Pero no había cámaras. Solo los ojos de ella, acostumbrados al silencio y a la espera.

Remedios se mordió el labio inferior. No por primera vez. Había aprendido a disfrutar sin tocar. A imaginar sin mentir. A desear sin pedir permiso.

Él se sirvió un trago de vino tinto en una copa larga. Caminó descalzo por el piso de madera. Se detuvo frente al espejo del clóset, se pasó la mano por el pecho, por el vientre. Luego, sin prisa, se desabrochó el cinturón.

Ella apretó los muslos.

No era joven, Arturo. Cincuenta y tantos, como ella. Pero tenía un cuerpo que no se había rendido: fibroso, con vello que bajaba como un río desde el ombligo. Cuando se bajó el pantalón, dejando solo los calzoncillos grises, Remedios sintió que el aire se le iba.

No miraba con lujuria. Miraba con hambre. Con la misma hambre que uno siente al pasar frente a una panadería cuando lleva días sin probar el pan.

Arturo se sentó en el borde de la cama. Se inclinó hacia adelante, tomó un libro. *Cien años de soledad*. Ella sonrió. Lo había leído también.

Pasaron veinte minutos. Él leyó, bebió, se rascó el pecho. Luego, como si hubiera sentido la mirada, levantó la vista. Directo al frente. A su ventana. A ella.

Remedios no se movió. No se escondió. Solo sostuvo la mirada.

Él no sonrió. Pero bajó el libro. Lentamente, se puso de pie. Se acercó al cristal. Ella, sin dejar de mirar, se desabrochó el primer botón del blusón. Luego el segundo.

El aire entre ambos edificios se espesó.

Arturo se quitó los calzoncillos. Su verga, semierecta, se movió apenas con el gesto. Ella, sin dejar de ver, deslizó una mano por debajo del blusón, por encima de la ropa interior.

No se tocó. No aún. Solo sintió el calor. El pulso.

Él alzó la mano. Como un saludo. Ella respondió con un leve movimiento de cabeza.

Entonces, él se sentó de nuevo, pero esta vez de espaldas a la ventana.

Ella se levantó. Fue a la cocina. Sirvió una copa de vino. Regresó.

Y cuando volvió a mirar, él ya no estaba.

Pero la luz seguía encendida.

Remedios se quedó ahí, con el vino tibio, el blusón abierto, las piernas separadas apenas lo suficiente para que el aire entrara.

Al día siguiente, encontró un sobre en su puerta. Sin remitente. Dentro, una nota escrita a mano: *“Mañana, a las nueve. Con luz”*.

Y una llave.

No fue a su departamento esa noche. Pero encendió la lámpara. Y se acostó con los ojos abiertos, imaginando lo que no había pasado.

Porque a veces, lo que no se vive duele más que lo que se coge. Y a veces, el deseo más profundo no es por el cuerpo, sino por el momento justo antes de que todo empiece.

Ella sabía que, si subía, todo cambiaría. Que la fantasía moriría con el primer beso.

Pero también sabía que, tarde o temprano, iba a subir.

Y que cuando lo hiciera, ya no sería solo para mirar. Sería para chingar. Para sentir las nalgas apretadas contra la pared, la verga entrando sin prisa, el jadeo en el oído.

Pero esa noche, no.

Esa noche, solo hubo luz. Y dos cuerpos que se miraron como si ya se hubieran tocado mil veces.

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