La luz del comal

La luz del comal

@santiago_vera ·5 de junio de 2026 · ★ 4.2 (28) · 68 lecturas · 9 min de lectura

El aire de la casa era espeso, como si la humedad del patio se hubiera colado por las rendijas de las ventanas y se hubiera quedado pegada a las paredes de cantera. El calor de la Ciudad de México en verano no perdonaba, y menos a esa hora, cuando el sol se aplastaba contra los techos de lámina y el cielo se ponía amarillento, como si la luz misma se estuviera chamuscando. Santiago, recargado en el marco de la puerta del cuarto de servicio, observaba sin disimulo. No era la primera vez que espiaba a Daniel, el nuevo mozo que su hermana había contratado para ayudar con la limpieza y los mandados. Pero esa tarde, algo había cambiado. O tal vez era él quien ya no podía fingir que no veía.

Daniel, de pie frente al espejo roto del baño, se desabrochaba la camisa con lentitud, como si supiera que alguien lo miraba. No gritaba, no se quejaba del calor, solo se movía con una calma que a Santiago le encendía la sangre. Tenía el cuerpo de un muchacho que ha trabajado desde niño: hombros anchos, espalda marcada por el sol, piel morena que brillaba con una fina capa de sudor. Se quitó los zapatos de hule, luego los calcetines, y cuando se agachó para dejarlos junto a la puerta, el pantalón se le subió lo suficiente como para mostrarle a Santiago un trozo de nalgas prietas, tensas como dos guayabas verdes.

—Coño, sí que estás hecho pa’ mirarte —murmuró Santiago entre dientes, sin poder apartar los ojos.

No era la primera vez que sentía eso por un hombre. Había habido otros: el albañil que le puso los azulejos al baño, el amigo de la universidad que se le acostó una noche de tequila y confesiones, el tipo del gimnasio que sudaba como si quisiera provocarlo. Pero Daniel era distinto. No era solo el cuerpo, aunque eso ayudaba. Era la forma en que se movía, como si cada gesto tuviera un ritmo propio, como si bailara sin música. Y esa mirada, de ojos oscuros y cejas espesas, que a veces se encontraba con la de Santiago y no se apartaba, como si supiera. Como si lo retara.

—¿Vas a seguir ahí parado, o vas a entrar? —dijo Daniel sin volverse, mientras se quitaba el pantalón.

Santiago dio un paso adelante, con el corazón golpeándole el pecho como si quisiera salir. No respondió. Solo entró. Cerró la puerta tras de sí con cuidado, aunque nadie más estaba en casa. Su hermana había salido con amigas, y no regresaría hasta la noche. El baño olía a jabón de coco y a sudor limpio. El piso de cemento estaba frío bajo sus pies descalzos.

—No te hagas el misterioso —dijo Daniel, al fin volteando—. Llevo días viéndote. Como si fueras un perro en celo, pero sin atreverte a ladrar.

Santiago sonrió, incómodo, pero no se fue. Se acercó. A esa distancia, podía ver los pelos finos que le salían del pecho, el vello que bajaba en línea recta hasta el borde de los calzoncillos blancos, tan ajustados que marcaban cada centímetro de su verga dormida. No era pequeña. Todo lo contrario. Aunque no estuviera erecta, se adivinaba el tamaño, la forma, la promesa.

—¿Y si te digo que sí? —preguntó Santiago, con la voz más ronca de lo que quería—. ¿Qué harías?

Daniel se encogió de hombros. Se dio la vuelta otra vez, se agachó y abrió la llave del lavabo. Se mojó la cara, el cuello, se pasó las manos por el cabello corto, negro como el carbón. Luego se enderezó, se miró al espejo y dijo:

—Depende. ¿Tú qué quieres?

Santiago no respondió con palabras. Se acercó por detrás, puso las manos en sus hombros, los dedos rozando la piel caliente. Sintió cómo Daniel se tensó, pero no se movió. Entonces bajó las manos, lentamente, por la espalda, hasta posarlas en sus nalgas. Las apretó con suavidad, con firmeza. Daniel exhaló, como si hubiera estado conteniendo el aliento.

—Así que sí —dijo, sin voltear—. Ya era hora.

Santiago lo tomó del hombro y lo giró. Se miraron. No había miedo en los ojos de Daniel, solo una especie de curiosidad tranquila, como si ya hubiera decidido que esto iba a pasar. Santiago lo besó. Fue un beso torpe al principio, como si no supiera cómo moverse, pero Daniel lo tomó del cuello y lo atrajo, abriendo la boca, metiendo la lengua con una lentitud que hizo que Santiago se estremeciera de pies a cabeza.

—No te contengas —murmuró Daniel, separándose apenas—. Si me quieres, coge lo que quieres.

Santiago no necesitó más invitación. Le bajó los calzoncillos de un jalón. La verga de Daniel salió libre, dura como una vara, gruesa, con una gota de líquido preseminal en la punta. Santiago se arrodilló sin pensarlo. La tomó con la mano, la olió, sintió el calor, el olor salado, masculino. Luego la metió en la boca. No fue suave. Quería sentirlo, saborearlo, tragárselo. Daniel soltó un gemido bajo, profundo, y le puso las manos en la cabeza.

—Sí… así… chinga, sí…

Santiago subía y bajaba, con la boca húmeda, con los labios marcando cada centímetro. Sentía la verga palpitando, el sabor salado en la lengua, el olor a hombre en la nariz. Pero no quería solo eso. Quería más. Se levantó, le dio la vuelta a Daniel, lo empujó contra la pared. Le separó las nalgas con las manos, vio el hoyito rosado, tenso. Se mojó los dedos con saliva y empezó a frotarlo, a presionar, a abrirlo poco a poco. Daniel gemía, se empinaba, se dejaba hacer.

—¿Te gusta? —preguntó Santiago, con voz ronca.

—Coño, sí —jadeó Daniel—. Hazlo. Métela.

Santiago sacó su propia verga, ya dura como una piedra. La mojó con saliva, la frotó contra el ano de Daniel, que ya se abría con facilidad. Empujó. Entró de un solo movimiento, hasta el fondo. Ambos gritaron. Daniel se aferró a la pared, Santiago se quedó quieto un segundo, sintiendo el calor, el apretón, la locura de estar ahí, cogiendo a un hombre en el baño de su propia casa.

—Movimiento, cabrón —dijo Daniel—. No me vayas a dejar así.

Santiago empezó a moverse. Fue lento al principio, luego más fuerte, más rápido. Cada embestida le sacudía el cuerpo, le hacía temblar las piernas. El sonido de los cuerpos chocando, de la piel contra piel, se mezclaba con los gemidos de Daniel, con sus “sí, así, más, más”. Santiago lo tomó del cabello, lo obligó a voltearse. Volvieron a besarse, con desesperación, con hambre. Daniel le mordió el labio, le jaló el pelo.

—Quiero verte —dijo.

Santiago salió de él, lo hizo girar. Daniel se arrodilló, le tomó la verga con la boca. Chupó con fuerza, con devoción, como si quisiera tragarlo entero. Santiago gemía, le temblaban las rodillas. Le tomó la cabeza, lo movió a su ritmo. Luego lo levantó, lo empujó al suelo del baño. Se subió encima, volvió a entrar. Ahora lo cogía mirándolo a los ojos, viendo cómo el placer le deformaba la cara, cómo le brillaban los dientes entreabiertos, cómo le temblaban las pestañas.

—¿Te gusta mi verga, eh? —dijo Santiago, con voz de animal—. ¿Te gusta cómo te coge un hombre?

—Sí… sí… chinga, sí…

Santiago sentía que ya no podía más. El orgasmo le subía desde los pies, le recorría la espalda, le apretaba los testículos. Aceleró, más fuerte, más rápido, hasta que gritó y se corrió dentro de Daniel, con un gemido largo, gutural, como si le saliera del alma. Siguió moviéndose, aunque ya no tenía fuerza, solo el impulso del placer. Daniel se corrió también, sin tocarse, solo con el movimiento, con el orgasmo que le arrancó Santiago de adentro.

Se quedaron quietos. Sudorosos. Respirando como si hubieran corrido una carrera. Santiago salió de él, se dejó caer al lado. Daniel se dio vuelta, lo miró. Sonrió.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Ahora nada —dijo Santiago—. Ahora solo esto.

Se tomaron de la mano. No dijeron más. El sol seguía allá afuera, aplastando la ciudad, pero dentro del baño, entre el olor a sexo y a sudor, entre los azulejos agrietados y el espejo roto, había una paz extraña, como si acabaran de descubrir algo que siempre había estado allí, escondido bajo la ropa, bajo las miradas fingidas, bajo el miedo.

Pasaron así un rato, hasta que el timbre sonó. Era su hermana. Daniel se levantó, se puso los calzoncillos, la camisa. Santiago lo miró vestirse, sin decir nada. Cuando Daniel pasó junto a él, le rozó la mejilla con los dedos.

—Mañana vengo —dijo—. A limpiar.

Santiago sonrió. Asintió.

Cuando su hermana entró, todo parecía normal. Daniel la saludó con una sonrisa limpia, como si no hubiera pasado nada. Pero Santiago sabía. Y cuando su hermana le preguntó si todo estaba bien, él respondió:

—Sí. Mejor que nunca.

Esa noche, solo en su cuarto, Santiago se acarició pensando en las nalgas prietas de Daniel, en el hoyito que se había abierto para él, en la forma en que había gritado su nombre. Se corrió rápido, con los ojos cerrados, con el sabor de la verga de Daniel aún en la boca.

Al día siguiente, Daniel regresó. A las tres, como siempre. Llevaba una camisa más ligera, pantalones cortos. Santiago lo esperaba sentado en el comedor, con una cerveza fría en la mano.

—¿Y la limpieza? —preguntó.

—Después —dijo Daniel, acercándose—. Primero quiero ver si todavía me quieres.

Santiago dejó la cerveza en la mesa. Se levantó. Lo tomó del cuello, lo besó con fuerza. Daniel respondió, le mordió el labio, le pasó la lengua por la comisura.

—Vamos al cuarto —dijo Santiago.

—No —dijo Daniel—. Aquí.

Se arrodilló frente a él, le desabrochó el pantalón, le bajó los calzoncillos. Le tomó la verga, ya semidura, y empezó a chuparla. Santiago se apoyó en la mesa, con los ojos cerrados, con el corazón latiendo con fuerza. Escuchó risas en el patio. Vecinos. Pero no le importó. Que vieran. Que supieran.

Daniel subía y bajaba, con la boca húmeda, con los ojos brillando. Santiago le tomó el cabello, lo movió a su ritmo. Hasta que no pudo más. Gritó, se corrió en su boca. Daniel tragó, lo miró.

—¿Y si viene alguien? —preguntó Santiago, sin aliento.

—Que vengan —dijo Daniel—. Que vean.

Y se levantó, se limpió la boca con el dorso de la mano, como si no hubiera pasado nada. Pero Santiago sabía. Sabía que algo se había roto, que algo nuevo había nacido. No era solo deseo. Era algo más. Algo que no tenía nombre, pero que ardía como el sol sobre los techos de lámina, como el fuego del comal donde se cuece el maíz, como el calor que no se apaga, que se queda.

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