La luz del ascensor
5 minLa luz del ascensor
La lluvia no caía, se deslizaba. Una lluvia tibia, espesa, que se pegaba al cristal del barrio de Palermo Hollywood como una promesa mal guardada. Martín bajó del coche con las manos aún calientes por el volante y el recuerdo de la última vez que estuvo allí: hace tres años, en un verano que parecía no terminar nunca.
Elena lo esperaba en el segundo piso, en ese departamento que olía a cedro y café quemado. No lo invitó a entrar de inmediato. Lo dejó plantado en el rellano, con la lluvia goteando en sus hombros, mientras ella se volvía a mirarlo desde la puerta entreabierta. Tenía los pies descalzos, las uñas de los dedos pintadas de un rojo oscuro que recordaba a la cera de una vela derretida.
—Pasá —dijo, y el verbo le salió seco, casi agresivo—. No me digás que te mojaste esperando a que te invite.
Él entró sin desabrocharse la campera. La ropa le quedaba pegada, mojada, y ella lo notó. No con los ojos, sino con el cuerpo, con la forma en que su respiración se aceleró apenas él cruzó el umbral.
—Vos siempre fuiste así, Martín —murmuró mientras cerraba la puerta—. Me dejás plantada y después venís como si el tiempo no hubiera pasado. Como si no me hubiera tenido ganas tres años seguidos cada vez que me acostaba sola.
Él no respondió. Se quitó la campera con lentitud, dobló los hombros y colgó la tela en el respaldo de una silla. Tenía los brazos morenos por el sol del verano, los antebrazos tensos, las venas levemente hinchadas. Ella se acercó, no para tocarlo, sino para olerlo.
—Me acordé de esto —dijo, acercando la nariz a su cuello—. El olor a tabaco frío y a lluvia en tu piel. ¿Y la perfume? ¿Lo usás o se te pegó de la primera vez?
—No uso perfume —respondió él, con la voz baja—. Solo vos me decís eso.
Elena rio, un sonido corto, gutural, que le arrancó un temblor a la luz del pasillo. Se dio vuelta y lo guió hacia la cocina, donde la mesa estaba puesta para dos. No con vajilla fina, sino con platos comunes, cubiertos de plata desgastados, dos copas de vino tinto a medio llenar. El vino olía a tierra mojada y a uva pasada.
—Sentate —ordenó—. Vos que siempre llegás con las manos frías, acá tenés calor.
Él obedeció. Ella le sirvió vino sin pedir permiso, como si ya lo hubiera hecho mil veces. Se sentó frente a él, con las piernas cruzadas, el vestido negro subiéndole hasta la mitad del muslo. No había maquillaje, solo los labios pintados de rojo.
—¿Y qué fue de tu mujer? —preguntó, sin mirarlo.
—Se fue. Hace dos meses.
—¿Y cómo te sentís?
—Como si hubiera estado esperando esto desde antes de que ella se marchara.
Elena lo miró entonces, con una fijeza que lo hizo tragar saliva.
—No me digas eso, Martín. No me digas que estabas esperando esto. Porque si es así, tenés que jurar que no volverás a verla. Que no la tocarás más. Que no le dirás que la extrañás cuando la luna esté llena. Porque si lo hacés… —se levantó, dio un paso hacia él, y le acercó la copa a los labios— …no vas a volver a garchar con nadie que sepa el sabor de la canela en tu lengua.
Él bebió. El vino le quemó la garganta, pero no se detuvo.
—¿Y vos? ¿Vos lo hiciste?
—¿Me fui con otro? —Elena rio de nuevo, pero esta vez con los ojos cerrados—. Claro que sí, pija. Dos veces. Una con el barbero del barrio, otra con el violinista del teatro. Pero ninguna me dejó con ganas de volver a tu cama.
—¿Y por qué no me llamaste?
—Porque vos no me llamaste.
El silencio que siguió fue espeso, como una tela mojada que cubre la habitación. Fuera, el tráfico pasaba con lentitud, los faros de los autos se dibujaban en el techo como luciérnagas atrapadas en vidrio.
Elena se levantó, se acercó a la ventana, se pasó la mano por el cabello mojado.
—Vení —dijo, sin volverse.
Él se levantó. No corrió, no la tomó de la muñeca, no la besó. Simplemente caminó hasta ella, hasta el espacio vacío entre sus cuerpos. Ella se dio vuelta entonces, lentamente, como si el tiempo se hubiera vuelto espeso, como si cada movimiento fuera una promesa que debía cumplirse con cuidado.
—Mirá —susurró—. La luz del ascensor se corta cada tanto. Pero vos sabés lo que se siente cuando se apaga: la oscuridad no es vacío, es promesa.
Él le acarició la nuca, con la yema de los dedos, con una suavidad que no era tierna, sino urgente.
—¿Y si se corta ahora? —preguntó.
—Entonces garchamos en la oscuridad. Sin mirarnos. Solo con las manos, con el aliento. Con el sabor de la canela que vos no usás pero que yo sigo oliendo cada vez que te veo.
Elena le tomó la mano y la apretó contra su pecho. Allí, bajo la tela del vestido, su corazón latía fuerte, descontrolado, como si hubiera estado esperando ese impulso desde que nació.
—Ayer soñé con esto —dijo—. Con tus manos en mis caderas, con tus dientes en mi cuello. Pero no con la boca. Con los dientes. Como cuando teníamos veinte años y vos me decías que me querés morder hasta que me acordara de tu nombre.
Él no respondió. Bajó la cabeza, lento, hasta que su aliento le acarició el cuello. Entonces, con una voz que temblaba apenas, le susurró:
—Vos siempre me decís que soy lento. Pero no es verdad. Solo espero que vos me digas cuándo empezar.
Elena cerró los ojos. Apoyó la frente en su hombro. Respiró profundo.
—Empezá —dijo—. Empezá ahora.
Y cuando la luz del ascensor se apagó, como si el edificio entero hubiera estado esperando ese instante, ellos no se detuvieron. No se miraron. Solo se tocaron, lentamente, como si el mundo se hubiera quedado sin aire, sin tiempo, sin más que el calor de la piel y el sabor de la canela en la lengua.
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