La luz del amanecer en el espejo del baño

La luz del amanecer en el espejo del baño

@fernanda_luz ·3 de julio de 2026 · 🔥 4.9 (8) · 82 lecturas · 4 min de lectura

Apenas escuché el sonido de la llave girando en la cerradura, supe que era ella. No por el horario —madrugada ya, el reloj marcaba las 4:17— sino por la forma en que abría la puerta: con esa pausa antes de entrar, como si estuviera decidiendo si dejar el frío del exterior o dejarse abrazar por el calor que ambos sabíamos que nos esperaba.

Me levanté de la cama sin hacer ruido. Mis pies tocaron el suelo frío del piso de madera, y caminé descalza hacia el pasillo, donde su silueta se recortaba bajo la luz tenue del velador. No dijo nada. Solo dejó caer las llaves en el jarrón de cerámica junto a la entrada y se quitó el abrigo con lentitud, como si cada movimiento fuera una confesión que tardaba en salir.

—Volví —susurró, y ese “volví” no era solo un regreso físico. Era una reconexión.

Me acerqué. Olía a lluvia, a café frío y a su perfume, ese que no usaba nunca en la oficina: azahar y algo más, algo que decía “casa”, “seguridad”, “tuya”. Cuando estuve frente a ella, levanté la mano y pasé el pulgar por la línea de su mandíbula, donde aún restaba un rastro de maquillaje desvanecido. Sus ojos se abrieron un poco más, como si yo hubiera tocado un botón invisible que la despertaba por dentro.

—¿Dormiste algo? —pregunté.

—Lo suficiente para soñar contigo —respondió, y me tomó de la muñeca—. Pero no como sueño. Como recuerdo.

Entramos al baño. El espejo grande, iluminado por las luces LED suaves del gabinete, nos devolvió la imagen de ambas: ella, más alta, con los hombros anchos y el pelo corto despeinado; yo, más baja, con las caderas anchas y las piernas aún temblorosas de estar de pie tanto tiempo. En el espejo, sus manos subieron por mis brazos hasta encontrar mis manos, entrelazándolas. Luego, con lentitud, me giró hasta quedar de espaldas contra su pecho.

—Déjame verte —dijo—. No con las manos aún. Con los ojos.

Y así fue. Puse mis palmas sobre el espejo, frías al principio, y ella se acercó, apoyando sus brazos a cada lado de los míos, formando una jaula suave. Bajó la cabeza hasta mi cuello, sin tocar aún. Solo respiró. Su aliento tibio me erizó la piel.

—Huele a jabón de lavanda… y a mí —murmuró.

Supe que venía de una larga reunión, que había tenido que hablar de presupuestos y plazos, que había aguantado comentarios que no le gustaron. Pero ahí estaba. Conmigo. Con su ropa aún puesta, con los zapatos que no se había molestado en quitarse. Con su cansancio y su necesidad, juntos.

Entonces, lentamente, empezó a desabotonarme la camisola. No con urgencia, sino con precisión, como si cada botón fuera una palabra en una historia que quería contar bien. Al sentir el aire frío sobre mis pechos, sus manos se detuvieron un segundo. Me giré un poco para ver su expresión: no había deseo en su mirada, sino admiración. Como si me estuviera descubriendo otra vez.

—Siempre… —dijo—. Siempre vuelvo a aprender cuánto te amo, mirándote así.

Cuando la camisola cayó, se inclinó y besó cada hombro, luego la curva de mi espalda, hasta que sus labios encontraron la curva de mis caderas. Me giré entonces, y lo hice con intención. Le desabrochó los botones de la blusa, deslizó las manos por su torso, sintiendo el calor que su piel guardaba bajo la tela. Ella me ayudó a quitármela, y luego los jeans, y los calcetines, y todo lo que nos separaba del mundo exterior.

Cuando quedamos así, desnudas frente al espejo, ella me tomó de la cintura y me acercó. Nuestras vulvas se rozaron apenas, y ese roce, tan breve, me hizo temblar. Pero no fue el roce lo que me arrancó el suspiro. Fue su boca, al fin, contra mi cuello, y sus dedos, buscando, encontrando, humedeciendo.

—Sí… —susurré, con la frente apoyada en el espejo—. Sí, así… así me gustas tú.

Y ella me respondió con una frase que nunca antes me había dicho, pero que ahora, en esa madrugada, con la ciudad dormida y el espejo empañándose poco a poco, sonó como una promesa:

—Te escucho. Siempre te escucho. Aunque no digas nada.

Y mientras el calor subía, y el espejo se empañaba más, y su boca encontraba el lugar exacto donde yo más necesitaba sentir, supe que no había nada más bello que el regreso. No a una casa. A alguien. A nosotras.

También en: RománticoPareja

¿Qué tanto te calentó?

4.9 · 8 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@fernanda_luz

Lo erótico también vive en la intimidad de quienes ya se conocen. Escribo la complicidad, el deseo cómodo y profundo de las parejas.

También en Lésbico

Más de @fernanda_luz

Ver autor →