La luz de tus caderas en la ventana del norte
Yo nunca había creído en milagros, pero esa madrugada, con el aire espeso de Medellín pegado a las sábanas y tu cuerpo arqueado como un arco de luna sobre el mío, juré que había visto uno. No fue un milagro de iglesia ni de velas, no fue un santo bajado del cielo. Fue tu sudor resbalando por mi cuello, fue el modo en que tus caderas temblaron cuando les puse los labios por primera vez, fue el modo en que dijiste mi nombre como si lo hubieras estado guardando en la boca desde el día que naciste.
Nos conocimos en una librería del centro, una tarde de lluvia torrencial. Tú estabas agachada, buscando un libro de poesía de esa escritora argentina que habla de amor con palabras que duelen. Yo te miré sin querer, pero no pude despegarme. Tus piernas, largas, ceñidas en un jeans gastado, el tobillo torcido por un taconazo falso. Levantaste la cara y me viste. No sonreíste. Solo me miraste. Y en ese instante, como si el mundo se hubiera detenido en una esquina de Laureles, supe que algo en mí ya no volvería a ser igual.
Pasaron semanas. Un café, luego otro. Una conversación larga en un parque donde tú me contaste que soñabas con tener una casa junto al mar, aunque odiabas el salitre. Yo te hablé de mis insomnios, de cómo me pasaba las noches escribiendo versos que nunca terminaba. Y un día, sin plan, sin aviso, te invité a mi apartamento. No había nada planeado, pero sí una tensión creciendo entre las palabras, en los silencios, en cómo nuestras rodillas se rozaban cuando nos sentábamos.
Esa noche, cuando llegaste, traías un vestido largo, verde oscuro, como el musgo de las montañas en invierno. Te serví un vino tinto que no era bueno, pero que calentó nuestras voces. Hablamos de todo: de la muerte, del miedo a quedarse sola, de los cuerpos que envejecen. Y de pronto, sin que ninguna de las dos lo esperara, me tomaste la mano. Tu piel era cálida, un poco húmeda. No dijiste nada. Solo apretaste mis dedos. Y yo, como si hubiera estado esperando ese momento toda la vida, me acerqué y te besé.
Fue un beso lento, profundo, como si estuviéramos aprendiendo a respirar juntas. Tu boca era más dulce de lo que imaginé, con un sabor a café y a menta. Me temblaron las rodillas, pero no me aparté. Al contrario, te acerqué más, te abracé por la cintura, sentí cómo tus caderas se pegaban a las mías. Fue ahí cuando el aire cambió. Ya no había vuelta atrás.
Te quité el vestido con cuidado, como si deshojara una flor que temía marchitarse. Lo dejé caer al suelo, y allí estabas tú, en ropa interior de encaje negro, con ese cuerpo que parecía esculpido por la luna. Tus senos eran firmes, con pezones oscuros que se endurecieron cuando les puse las manos. Gemiste bajito, casi un suspiro, y yo me perdí. Bajé los labios, primero a tu cuello, luego a tus pechos. Los besé, los mordí suave, los chupé hasta que jadeaste. “Ay, nena… así, así”, dijiste, y yo sentí que me derretía.
Me bajaste el top, me quitaste el brasier con manos temblorosas. Tus dedos recorrieron mi espalda, bajaron por mi columna, se detuvieron en la cintura de mis bragas. “¿Puedo?”, preguntaste. Yo asentí, sin voz. Y entonces me las bajaste, despacio, como si me estuvieras desnudando por primera vez en la vida.
Cuando me viste, desnuda, sentí un calor que no conocía. No era solo deseo. Era algo más hondo, como si me estuvieras viendo por dentro. Me acostaste sobre la cama, y tú te arrodillaste entre mis piernas. Me miraste a los ojos antes de bajar la cara. “Quiero probarte”, dijiste. Y lo hiciste.
Tu lengua fue como un relámpago. Suave al principio, luego más firme, más profunda. Grité tu nombre, no pude evitarlo. Tus manos me sostenían las caderas, mientras tu boca devoraba mi sexo con un hambre que me dejó sin aliento. Mordías, chupabas, lamías como si quisieras llevarte mi esencia a la tumba. Sentí que flotaba, que el mundo se deshacía en pedazos de luz. “Más, por favor, más”, supliqué, y tú obedeciste.
Cuando sentí que estaba a punto de venirme, te detuviste. Me miraste, con los labios brillantes, los ojos encendidos. “Ahora quiero que me mames a mí”, dijiste. Yo asentí, sin palabras. Me levanté, te acosté boca arriba, y me subí encima. Quise tomar mi tiempo, pero tú me jalaste con fuerza. “No te hagas rogar, nena”, dijiste riendo. Y empecé.
Tu sexo era distinto al de los hombres. Más suave, más húmedo, con un sabor que no supe cómo describir: salado, dulce, terroso. Lo lamí con devoción, con hambre, con el corazón en la garganta. Tú gemías, movías las caderas, me jalabas el pelo. “Sí, así, mete la lengua más adentro”, me rogaste. Y lo hice. Te chupé el clítoris con suavidad, luego con fuerza, hasta que gritaste mi nombre y tu cuerpo se tensó como una cuerda de violín.
Cuando te viniste, fue como si el mundo se hubiera detenido. Temblabas, sudabas, llorabas. Yo te abracé, te besé en la frente, te acaricié el pelo. “Eres chimba”, me dijiste entre lágrimas. “Eres lo más rico que he probado en la vida.”
Nos quedamos abrazadas, desnudas, con el aire de la madrugada entrando por la ventana del norte. El cielo empezaba a clarear, y tu cuerpo brillaba con la luz tenue del amanecer. Te miré, y supe que nunca iba a poder olvidarte. No por el sexo, que fue el mejor que he tenido, sino por la manera en que me hiciste sentir: vista, deseada, completa.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora nada —dijiste—. Ahora solo esto. Solo nosotros dos, aunque seamos dos mujeres, aunque el mundo diga que no se puede.
Y en ese momento, con tus caderas aún temblando contra mi piel, supe que no necesitaba más. Que el milagro no era el sexo, ni el orgasmo, ni siquiera tu cuerpo. El milagro eras tú. Y yo. Y lo que hicimos juntas, en silencio, con la luz del norte iluminando nuestras almas.
¿Te ha gustado? Valóralo