La luz de agosto
El aire de la casa olía a madera vieja y a gardenias, como si el tiempo se hubiera detenido entre las paredes de piedra y las cortinas de lino que ondeaban con la brisa tibia de la tarde. Clara, de cuarenta y siete años, se desató el cabello con un movimiento lento, dejando que la trenza oscura se deshiciera entre sus dedos. No se miró al espejo, pero sabía cómo lucía: los pómulos marcados por el sol del verano, los labios un poco secos por el viento del sur, los ojos claros que parecían contener el cielo de agosto entero.
Había llegado esa mañana al pequeño caserío en las afueras de Cusco, huyendo del bullicio de la ciudad, de las reuniones interminables, del teléfono que no dejaba de sonar. Quería silencio. Quería respirar. Y lo encontró en esa casa prestada, entre montañas que se alzaban como dioses antiguos, cubiertas de niebla y pájaros de plumas doradas.
Al segundo día, llegó él.
Se llamaba Mateo, tenía cincuenta y tres, y traía en la mirada esa paz que solo da haber sobrevivido a algo grande. No fue un choque, sino una llegada: apareció en el sendero que bordeaba el jardín, con una caja de herramientas en la mano y una sonrisa tímida. Venía a arreglar la cañería del baño, dijo. Ella asintió, le ofreció agua de lima y se sentó en la mecedora del porche a observarlo trabajar.
No hablaron mucho al principio. Solo frases sueltas: el calor, la lluvia que no llegaba, el canto de los colibríes. Pero entre cada palabra, había una mirada. Una pausa. Un roce accidental cuando él le pasó la botella de agua y sus dedos se rozaron. Clara sintió algo en el estómago, como un latido extraño, profundo. No era joven, no era tonto, pero era intenso.
A media tarde, cuando el sol ya caía sobre las colinas, Mateo entró a la casa para revisar la tubería. Ella lo siguió, sin prisa, con una bandeja de frutas cortadas. Lo encontró arrodillado frente al lavamanos, con el torso ligeramente inclinado, la camisa abierta en el cuello, dejando ver un vello canoso que bajaba suave hacia el pecho.
—¿Todo bien? —preguntó ella, apoyándose en el marco de la puerta.
—Solo un poco oxidado —dijo él, sin mirarla—. Pero se arregla.
Clara dejó la bandeja en el alféizar. Se acercó. No por necesidad, sino por impulso. Por algo que no había sentido en años: la curiosidad del cuerpo.
—Déjame ver —dijo, arrodillándose a su lado.
Sus rodillas desnudas rozaron la tela del pantalón de él. Mateo levantó la vista. Por primera vez, se miraron sin excusas. Ella vio en sus ojos una pregunta. Y él, en los de ella, una respuesta.
Entonces, sin decir nada, Clara alargó la mano y tocó su mejilla. La piel era áspera por la barba de un día, cálida como la tierra al atardecer. Mateo cerró los ojos. Ella repitió el gesto, esta vez con los dedos extendidos, bajando por la mandíbula, el cuello, hasta el primer botón de la camisa.
Él no se movió. Solo respiró más hondo.
Ella desabrochó el botón. Luego otro. Y otro. Hasta que la tela cedió y pudo ver el pecho, surcado por venas finas y cicatrices pequeñas, marcas de una vida larga. Puso la palma sobre el corazón. Sentía los latidos, fuertes, desordenados.
—No tengo prisa —dijo ella, suave.
—Yo tampoco —respondió él, con la voz ronca.
Entonces fue él quien se acercó. La tomó por la cintura, despacio, como si temiera romper algo. Ella se dejó llevar. Sus bocas se encontraron sin estruendo, sin urgencia. Solo un beso lento, húmedo, profundo. Sabía a sal, a lima, a tiempo detenido.
Cuando se separaron, ella se quitó la blusa. No con vergüenza, sino con certeza. Sus pechos, firmes aún, se alzaron bajo la luz dorada. Mateo los miró como si fueran un regalo. Se acercó, besó uno con cuidado, luego el otro, mientras sus manos recorrían su espalda, la curva de las caderas, la piel suave de los muslos.
No hubo prisas. Solo respiración, tacto, miradas que se enredaban. Se tendieron en el suelo, entre la luz oblicua y el aroma de las gardenias. Cada caricia era un descubrimiento. Cada gemido, una revelación.
Y cuando al fin se unieron, fue con la lentitud de las cosas verdaderas. Con la certeza de que no era un error, sino un encuentro.
Después, mientras el sol se escondía tras las montañas, yacieron uno junto al otro, sin hablar. Solo el latido del mundo alrededor.
Clara sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió completa.
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