La lluvia y el té de manzanilla

@el_forastero ·5 de junio de 2026 · ★ 4.1 (3) · 65 lecturas · 7 min de lectura

La lluvia comenzó a las cinco y veinte de la tarde, justo cuando Elena cerraba la puerta del taller de costura. No era una tormenta repentina, sino una lluvia tibia, persistente, como si el cielo hubiera decidido deshacerse con calma de un peso acumulado durante días. Las gotas se arrastraban por los cristales empañados de la ventana del salón de su casa, donde Sofía ya estaba sentada, envuelta en una manta de lana color miel, con las piernas recogidas bajo ella y un libro abierto en el regazo.

—Llegaste justo a tiempo —dijo Elena, secándose el pelo con la manga de la camisa.

—O tú llegaste justo a tiempo —corrigió Sofía, cerrando el libro con un gesto lento—. Yo llegué a las cinco menos cuarto. El tráfico se detuvo en la esquina.

Elena sonrió, dejando caer las llaves en el recipiente de cerámica junto a la puerta. Se desabrochó el abrigo con movimientos pausados, como si cada botón fuera una promesa que se deshacía con cuidado. Bajo él, llevaba una blusa de algodón celeste, un poco arrugada, que se le pegaba ligeramente a los hombros por la humedad.

—¿Té? —preguntó.

—Sí. Manzanilla. Siempre manzanilla.

Sofía no era de té negro, ni de mate, ni de café fuerte. Solo manzanilla. Elena lo sabía desde aquella primera vez, hacía ya tres meses, cuando Sofía apareció en su puerta con un par de mangas de vestido que necesitaban un ajuste urgente. Entonces, Elena le había servido manzanilla en una taza blanca con bordes dorados, y Sofía había mantenido las manos alrededor de la taza como si fuera un amparo. No hablaron mucho esa tarde. Solo de costuras, de telas, de las dificultades de encontrar algodón de buena calidad. Pero cuando se fue, dejó una huella invisible: el recuerdo de sus dedos, largos y finos, rozando los bordes de la taza; el leve fruncido que hacía cuando probaba el té y lo encontraba demasiado fuerte; el modo en que su cabello, rubio ceniza, le acariciaba las mejillas cuando se inclinaba hacia adelante.

Esa tarde, mientras el agua hervía en la tetera de aluminio, Elena se volvió hacia Sofía. Estaba sentada en el sofá, ahora con los pies descalzos, los dedos curvados sobre el cojín. La luz del atardecer se filtraba a través de las cortinas mojadas, dibujando líneas doradas y grises sobre su rostro.

—¿Te acuerdas de la primera vez que viniste? —preguntó Elena, sirviendo el té en dos tazas.

—¿Te refieres a cuando me dijiste que la costura era una forma de amor callado? —Sofía levantó la vista, y su sonrisa fue lenta, como el vapor que ascendía de la tetera.

—No. Me refiero a cuando te quedaste media hora más de la cuenta.

Sofía no respondió de inmediato. Tomó su taza, sopó suavemente, y bebió un sorbo. Sus ojos, de un gris claro casi translúcido, se fijaron en los de Elena.

—Me gustó el silencio —dijo por fin—. Y el olor a lluvia en la ventana.

Elena se sentó a su lado, dejando su taza sobre la mesa baja. No se tocaron. Pero el espacio entre sus brazos, cuando Elena cruzó las piernas y Sofía lo hizo con las manos, pareció llenarse de algo que no era solo aire.

—Hoy no traje mangas —dijo Sofía, bajando la voz—. Traje otra cosa.

Elena no preguntó. Solo esperó, con las manos apoyadas sobre sus muslos, los dedos ligeramente separados.

Sofía se inclinó hacia atrás, como si estirara el cuerpo entero, y sacó un sobre del bolso. No era grande. De papel kraft, con un lazo de hilo color crema. Se lo tendió a Elena, pero no lo soltó de inmediato. Sus dedos se rozaron: una fricción breve, casi accidental, pero que hizo que ambos respiraran más profundamente.

—Ábrelo —susurró Sofía.

Elena deshizo el lazo con cuidado, como si fuera un regalo. Dentro, había una tela: una pieza rectangular de seda negra, con un brillo sutil, casi vivo bajo la luz tenue.

—Es para mí —dijo Elena.

—Para ti —confirmó Sofía—. Pero solo si me dejas ayudarte a hacerlo.

Elena levantó la mirada. No había duda en su expresión. Solo curiosidad. Y algo más, algo que empezaba a brillar como un fuego lejano, en lo más hondo de sus pupilas.

—¿Qué necesitas que haga?

—Que me enseñes a medir.

Elena se puso de pie. Le tendió la mano. Sofía la tomó sin titubear.

En la habitación de atrás, detrás de una cortina de lino gris, había una mesa de cortar, una cinta métrica enrollada, y un espejo de cuerpo entero con marco de madera oscura. Elena se situó frente al espejo, dejando que Sofía se posicionara a su espalda.

—Ponte detrás de mí —dijo—. Pero no me toques aún. Solo respóndeme. ¿Sientes el aire entre mis hombros?

—Sí —susurró Sofía.

—Ahora imagina que tus dedos están ahí. ¿Cómo sería?

Sofía cerró los ojos. Sus manos, antes frías, ahora temblaban ligeramente. Se acercó aún más, hasta que su pecho rozaba la espalda de Elena.

—Tú primero —dijo Elena.

Sofía colocó sus manos sobre la cintura de Elena, con las palmas planas, los pulgares tocando la piel que quedaba bajo la blusa. No presionó. Solo esperó, como si estuviera midiendo el latido de algo invisible.

—Es suave —dijo—. Como si estuviera cubierta de polvo de estrellas.

Elena se giró entonces, lentamente, y puso sus manos sobre las de Sofía. Las atrajo hacia sí, guiándolas hacia arriba, hasta que sus pulgares se encontraron en la curva de sus clavículas.

—Aquí —dijo—. Donde se detiene el tiempo.

Sofía la besó entonces. No fue un beso apresurado. No fue un beso de urgencia. Fue un beso que venía de muy lejos, de todas esas veces que habían cruzado miradas en el mercado, en la calle, en la fila del supermercado, como si ya se hubieran reconocido antes de hablar.

Elena sintió el sabor del té manzanilla en los labios de Sofía, y también el sabor de la lluvia, de la tela negra sobre la mesa, del papel kraft que aún yacía sobre el sofá.

—¿Quieres que siga? —preguntó Sofía, separándose apenas, lo suficiente para que sus frentes se tocaran.

Elena no respondió con palabras. Solo rozó con los labios el ángulo de la mandíbula de Sofía, y luego bajó, muy despacio, hasta su cuello.

—Sí —dijo—. Pero primero, desabórtame.

Sofía lo hizo con calma. Cada botón era una promesa. Cada movimiento, una espera. Cuando la blusa se abrió, Elena no se cubrió. Solo se quedó quieta, con el aire frío rozando su piel, y con los ojos fijos en los de Sofía, que la miraba como si estuviera descubriendo algo que había estado esperando siglos.

—¿Tienes miedo? —preguntó Elena.

—Sí —confesó Sofía—. Pero no de esto.

—¿De qué, entonces?

—De que esto termine algún día.

Elena la atrajo hacia sí, esta vez sin pausa. Y cuando sus labios se encontraron de nuevo, fue como si la lluvia hubiera entrado por la ventana y se hubiera quedado allí, entre ellas, como un secreto compartido.

No hubo prisa. Solo el tacto, el aliento, el calor que se acumulaba poco a poco.

Sofía deslizó una mano por la espalda de Elena, hacia abajo, hasta la cintura de sus jeans. La apretó contra ella, sin fuerza, con una ternura que dolía. Elena suspiró, y su cabeza se inclinó hacia atrás, dejando su cuello expuesto, vulnerable, pero no por eso menos hermoso.

—Dime qué más quieres —murmuró Elena.

—Quiero que me digas lo que sientes —respondió Sofía—. Aunque sea solo una palabra.

Elena la miró a los ojos. Y por primera vez, su voz tembló.

—Lo siento todo. Todo lo que no sabía que había dejado de sentir.

Sofía la besó entonces como si no hubiera mañana. Como si la lluvia nunca cesara. Como si el tiempo se hubiera detenido, de verdad, en aquella habitación, entre las paredes de lino gris y el espejo que reflejaba sus cuerpos, ya sin separación, ya sin miedo, ya sin palabras innecesarias.

Solo el calor. Solo la seducción. Solo el lento, eterno, ineludible despertar.

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