La lluvia en la ventana del bar
7 minLa lluvia en la ventana del bar
La lluvia golpeaba suave contra el cristal del bar *La Esquina del Silencio*, como si alguien hubiera olvidado cerrar bien la ventana de una casa vieja. El bar estaba casi vacío: solo dos mesas ocupadas, el barman fregando vasos con lento ritmo, y ella sentada en el banco del fondo, los codos apoyados en la madera pulida, mirando cómo el agua arrastraba las luces de la calle hacia el fondo del charco. Llevaba puesta una blusa negra, un poco arrugada por la humedad del día, y el cabello, suelto, le rozaba los hombros como una promesa incumplida.
Se llamaba Valeria. O eso decía la etiqueta que había dejado sobre la mesa, escrita con tinta negra, como si temiera que el nombre se le olvidara al volver a casa. Tenía los ojos cansados, pero no por falta de sueño: por haber llorado en silencio durante treinta y cinco minutos en el baño del edificio donde trabajaba, y luego haber salido sin rumbo fijo, dejándose llevar por el instinto y el mal humor.
Entró él a las 20:47, según el reloj del celular que ella vio reflejado en la botella de aguardiente detrás del bar. Llevaba una camisa blanca algo húmeda en los hombros, el pelo ligeramente despeinado, y una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos. Se llamaba Esteban —lo supo por la placa del celular que dejó sobre la mesa, boca arriba, como si estuviera esperando que alguien lo mirara. No era guapo a la manera clásica: tenía las cejas un poco más altas a la izquierda, una pequeña cicatriz en la mejilla derecha, y las manos grandes, con venas visibles que se movían como serpientes bajo la piel cuando se pasaba los dedos por la nuca.
—¿Puedo sentarme? —preguntó, sin mirarla directo, pero con la voz baja, como si temiera romper algo.
Ella asintió, sin decir nada. Él se acomodó, ordenó una cerveza, y por unos segundos el silencio fue tan denso que se oía el goteo del grifo del baño, al fondo.
—Llueve como si el cielo hubiera perdido a alguien —dijo él, finalmente.
Ella levantó la vista. Lo miró bien. Lo miró como si lo estuviera midiendo, como si quisiera saber si esa frase había salido de verdad de su cabeza o si era solo un truco viejo que usaba con otras. Él no retrocedió. Solo bebió un trago de cerveza, sin apartar la mirada.
—A veces llueve porque el cuerpo se olvida de hacerlo —respondió ella.
—¿Y tú? ¿Te olvidaste de hacerlo? —preguntó él, y por primera vez, la sonrisa le llegó a los ojos, con un brillo de complicidad y ganas.
Valeria no contestó. Solo se llevó la mano al cuello, como si el sudor le hubiera salido de golpe. Él notó el gesto, y se inclinó un poco hacia adelante, los codos en la mesa, las manos entrelazadas.
—Yo me olvido todo el tiempo. De todo menos de lo que no debería olvidar.
Ella sonrió, apenas. Una sonrisa de esas que nacen del agotamiento y terminan en algo más peligroso.
—¿Y qué es lo que no te olvidas?
—Lo que duele. Lo que se queda. Lo que te hace sentir que estás vivo aunque el mundo parezca haberse olvidado de ti.
Hubo un silencio. El barman encendió un cigarro tras el mostrador, aunque no fuera necesario, y dejó la puerta entreabierta, para que entrara un poco de aire húmedo y olor a tierra mojada.
—¿Quieres que te cuente una cosa? —preguntó él, y esta vez, la voz le tembló, aunque apenas.
—Sí —dijo ella—. Cuéntamela.
Él se levantó, caminó hasta la puerta, la abrió del todo, y dejó que la lluvia entrara, con su frescor y su olor a hojas mojadas y calles mojadas. Volvió, se sentó, y esta vez se sentó al lado de ella, no enfrente.
—Hace años que no llueve así en Medellín —dijo—. No como hoy. Como si el cielo hubiera decidido abrirse de una vez, y no importa si nos mojamos: es necesario.
Ella no dijo nada. Solo se inclinó hacia atrás, como si le gustara que la lluvia le tocara la nuca. Él se acercó, lentamente, como si estuviera cruzando un puente de hielo. Su mano rozó la suya, y ella no la retiró. Solo cerró los ojos, y dejó que sus dedos se entrelazaran, sin fuerza, sin urgencia, como si estuvieran aprendiendo una canción nueva.
—¿Te parece si lo hacemos? —preguntó él, y por "lo hacemos", ella supo exactamente qué quería decir: no solo besarla, no solo tocarla, sino irse juntos, sin más plan que el deseo y el cuerpo.
—Sí —dijo ella, y esta vez la palabra le salió con un sonido casi de suspiro, como si hubiera estado esperando que alguien se la sacara de adentro.
Él se puso de pie, y ella lo siguió, como si estuviera soñando despierta, pero sin miedo. Pagaron, salieron bajo la lluvia, y caminaron cinco calles sin decirse nada, solo con la mano de él en la de ella, y el corazón de ella latiendo con fuerza, como si estuviera aprendiendo a latir de nuevo.
Llegaron a su casa, un departamento pequeño en el tercer piso de un edificio viejo, con paredes amarillentas y una ventana que daba al parque de la vereda de enfrente. Él cerró la puerta, se sacó la camisa, y la dejó sobre el respaldo de una silla, como si no fuera a volver a usarla esa noche. Ella se quitó los zapatos, se desató el cabello, y se acercó a él sin prisa.
—¿Te acuerdas del primer beso? —preguntó ella, mientras sus dedos le desabotonaban el pantalón.
—No —respondió él—. Pero recuerdo el momento en que supe que iba a recordarlo para siempre.
Ella rió, baja, con la garganta apretada. Le pasó la mano por el pecho, sintió el calor de su piel, el latido bajo el esternón. Él la tomó de la cintura, la levantó con facilidad, como si fuera una pluma, y la sentó sobre la mesa de la cocina, la única superficie limpia del departamento.
—¿Te importa si te miro? —preguntó él.
—Sí —dijo ella—. Me importa mucho. Pero hazlo igual.
Él la miró como si nunca hubiera visto una mujer antes, como si su cuerpo fuera una pintura que necesitaba ser descifrada, letra por letra. Le deslizó las manos por las piernas, subiendo despacio, hasta que sus dedos rozaron el borde de su falda. Ella se inclinó hacia atrás, apoyada en las manos, y lo miró con los ojos entrecerrados.
—Me encanta cómo me miras —dijo ella—. Como si supieras lo que le pasa a mi cuerpo cuando me tocas.
—Es que lo sé —respondió él—. Lo sé porque me pasa lo mismo.
La besó entonces, lentamente, con la boca abierta y la lengua tibia, como si estuvieran compartiendo un secreto que nadie más debía escuchar. Ella le metió las manos bajo la camisa, le rozó la espalda con las uñas, y él gimió, bajo, como un perro que sabe que va a perderse en su dueño. Le desabotonó el sostén con precisión, como si le estuviera quitando una armadura, y le besó los pechos uno por uno, como si estuviera rezando.
—¿Te gusta? —preguntó él, y la voz le temblaba.
—Sí —dijo ella—. Mucho. Pero no me preguntes si me gusta… pregúntame si me duele.
—¿Te duele?
—Sí —dijo ella—. Pero es un dolor que se siente bien.
Él la tomó de la cara, la miró a los ojos, y le dijo:
—Te quiero ver. Te quiero oír. Te quiero sentir todo.
Y así fue. Él se quitó la ropa con prisa, pero sin romper el contacto. Ella se acercó a él, lo tomó por la cintura, y lo guio hacia ella, con una lentitud que era más intensa que cualquier apuro. Se metió dentro de él como si estuviera entrando a un refugio, como si supiera que allí estaba lo que había estado buscando sin saberlo.
Él la miraba mientras se movía, y ella le devolvía la mirada, con los ojos húmedos, con la boca entreabierta, con los dedos clavados en sus brazos. Él la levantó, la sentó sobre sus piernas, y ella se inclinó hacia atrás, apoyándose en las manos, y él la tomó por las caderas y la movió sobre él, lento, con una ternura que no tenía nada que ver con la vergüenza, y todo que ver con el deseo.
—Estás hermosa —susurró él.
—No —dijo ella—. Estoy libre.
Y entonces, cuando ella sintió que se venía encima, que el cuerpo le temblaba y la garganta
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