La lluvia en el cristal

La lluvia en el cristal

@nocturna ·8 de junio de 2026 · ★ 4.7 (23) · 91 lecturas · 10 min de lectura

Me llamás Lucía, ¿sí? Yo sé que no es mi nombre verdadero—nadie lo usa ya—pero desde que apareciste en ese bar de Palermo Hollywood, con ese abrigo negro demasiado largo y los ojos que brillaban como el asfalto mojado después de una tormenta, me sentí capaz de dejarlo caer. No era un capricho: era una necesidad, como respirar con los pulmones llenos de vapor del subte en invierno.

Era viernes, y llovía con esa tenacidad rioplatense que no te deja elegir: o te mojás hasta los huesos o te quedás. Yo me quedé. En ese bar, entre el humo del tabaco barato y el aroma a café quemado, vos te sentaste frente a mí sin pedir permiso. No hubo miradas de reojo, ni sonrisas forzadas, ni excusas de cortesía. Solo vos, con los codos apoyados en la mesa de madera oscurecida por tantas copas vacías, y yo, con las manos entre las piernas como si temiera que mi cuerpo me traicionara antes de que vos dijeras una sola palabra.

—¿Te importa si me sentó? —preguntaste, y tu voz tenía ese tono grave que en Argentina solo tienen las voces que han aprendido a hablar despacio, para que cada sílaba pese.

—Si no querés, te mando al diablo —le dije, y vos te ríste, no con desdén, sino con complicidad, como si ya supieras que ambos estábamos cansados de andar rodeando el tema.

Te miré bien cuando te sentaste. No era alta, pero tenés una presencia que hace que el aire se detenga: hombros estrechos, cintura marcada como si la vida te hubiera dado un cuchillo y vos lo hubieras usado para esculpirte. El pelo castaño, suelto, con mechas rubias por el sol de Mar del Plata que te habías dejado crecer sin cuidado, como si supieras que la belleza no se cuida, se vive. Viste una blusa blanca, algo transparente cuando la luz del bar la tocaba de lado, y debajo se adivinaba el borde de una teta redonda, firme, cubierta por esa tela fina que se humedecía con el calor de tu piel.

—Vos tenés los ojos de quien ya se acostó con alguien hoy —dijiste, y me di cuenta de que no te estaba mirando a la cara, sino al cuello, al hueco donde latía mi pulso.

—Y vos los tenés de quien ya pensó en hacerlo otra vez —respondí, y vos apretaste los labios, como si estuvieras conteniendo algo más grande que una sonrisa.

El tiempo se deslizó entre los vasos vacíos y los tragos que volviste a pedir. No hablamos de trabajo, ni de infancias rotas, ni de ex que nos hicieron daño. Hablamos de cosas que no importan: del olor del asfalto mojado en la avenida Corrientes, del sabor del vino tinto que te gustaba cuando estudiabas en Córdoba, del sonido que hace una cama vieja cuando alguien se mueve despacio.

Y cuando por fin me tendiste la mano, no fue para tomarme la mano: fue para que yo te la tomara.

—Vamos —dijiste, y te paraste sin prisa, como si ya supieras que no iba a negarme.

Fuimos caminando hasta tu casa en Recoleta. La lluvia había cesado, pero el aire seguía cargado de humedad, y cada paso que dábamos hacía que el silencio entre nosotros se volviera más denso, más íntimo. No tocaste mi brazo, ni me pellizcaste la nuca, ni me susurraste nada al oído. Simplemente caminaste a mi lado, con tus zapatillas negras que crujían sobre el pavimento húmedo, y yo sentí tu respiración igual que sentía el latido de mis propias sienes: lento, seguro, inevitable.

Tu departamento no era grande, pero tenía luz natural que entraba por el balcón, y una biblioteca alta hasta el techo llena de libros con lomos desgastados por el uso. En la pared del living, una foto en blanco y negro: una mujer con pelo rizado y labios rojos, sentada en un banco del cementerio de Chacarita, con un cigarro entre los dedos y una sonrisa que decía “no tengo nada que perdonar”.

—Es mi abuela —dijiste, y me ofreciste un vaso de agua con hielo.

—¿Y vos qué le heredaste? —pregunté, tomando el vaso con ambas manos, como si el frío me ayudara a contener lo que ya me temblaba en la sangre.

—Todo menos la valentía —respondiste, y vos te sentaste en el sofá, cruzando las piernas lentamente, como si cada movimiento fuera un verso que estuvieras escribiendo en el aire.

Me acerqué sin prisa. No era un ataque, era una aproximación: como cuando se lee un poema que ya conocés de memoria, pero lo volvés a leer igual, porque cada palabra tiene un sabor distinto si lo hacés con los ojos cerrados.

—Decime algo —dije.

—¿Qué querés que te diga?

—Lo que te venga. Lo que sientas. Lo que te pida el cuerpo.

Y vos, entonces, te paraste. No con brusquedad, sino con una calma que era peor que cualquier urgencia: porque sabía que no ibas a arrepentirte.

—Quiero que me mires mientras te quito la camisa —dijiste.

Y vos me miraste mientras yo lo hacía. No con esa mirada de quien quiere poseer, sino de quien quiere reconocer. Como si estuvieras descubriendo una ciudad antigua bajo el concreto, una por una, las calles que nadie más había visto.

Después, vos te quitaste la blusa, y tus pechos aparecieron suavemente iluminados por la luz del balcón: redondos, firmes, con pezones morenos y hinchados ya, como si me hubieran estado esperando. No los tapaste, no los escondiste: los mostraste como quien ofrece un regalo, sin vergüenza, sin exceso, solo verdad.

Me acerqué despacio, y te toqué con la punta de los dedos: primero la curva del cuello, después el borde de la clavícula, luego el pezón, que se endureció al instante, como si me reconociera desde antes de que yo supiera que lo hacía.

—Sí —murmuraste, y vos te inclinaste hacia adelante, ofreciéndome más.

Te besé ahí, en el pecho, con los labios cerrados, y sentí cómo tu corazón latía más fuerte, no de miedo, sino de confianza.

—¿Ves esto? —te dije, y vos bajaste la mano hasta mi entrepierna, donde ya me sentía apretado, hinchado, listo para estallar.

—Sí —dijiste, y vos te agachaste un poco más, como para olerme, como para saborear el aire que yo exhalaba.

—Es por vos —dije.

—Yo sé —respondiste, y vos me tomaste de la mano y me llevaste hacia tu habitación.

La habitación era pequeña, con una cama de matrimonio vieja, pero limpia, con sábanas blancas que olían a lavanda y a sol. En la mesita de luz, un frasco de aceite de almendras, y vos lo tomaste sin pedir permiso, como si ya lo hubieras planeado desde antes de que entrara.

—¿Me permitís? —preguntaste, abriendo el frasco con la palma de la mano.

—Sí —dije, y vos te sentaste en el borde de la cama, con las piernas ligeramente separadas, y me hiciste una señal con los ojos: *vení*.

Te desabroché los jeans lentamente, y vos me ayudaste, pero sin prisa. Cuando los bajaste hasta tus muslos, vos te inclinaste un poco más, como para que yo pudiera ver lo que ya estaba listo para mí: tu concha, redonda, húmeda, con los labios hinchados y oscuros, como si el cuerpo te hubiera estado escribiendo una carta que solo yo podría leer.

Me arrodillé frente a vos, sin dudar, sin esperar. Te abracé la cintura con las manos, y vos me empujaste la cabeza contra tu vientre, como para que te olfateara.

—Huele a mi —dijiste, y vos te arqueaste un poco, ofreciéndome más.

Y entonces, te lamí. Con la lengua suave, primero, como para probar, como para saludar. Y vos te tensaste, con las uñas clavadas en mi hombro, pero sin apretar, como para que yo supiera que no era un castigo, sino una invitación.

Después, te abrí con los dedos, despacio, y te tocaste vos misma mientras yo te lamía de nuevo, más profundo, más húmedo. Te sentí temblar, te sentí gemir tu nombre, y luego *yo*, y luego *dame más*, y entonces vos me dijiste:

—Cogeme. Ya.

Y vos te sentaste en la cama, con las piernas abiertas, con los pechos subiendo y bajando, con la mirada fija en la mía, como para que yo no olvidara quién te estaba tocando, quién te estaba llenando, quién te estaba haciendo gritar tu nombre como una oración.

Me desabroché los pantalones, y vos me agarraste el pene con la mano, sin prisa, con la palma cálida, y vos lo apretaste un poco, como para que me recordaras que también yo tenía algo que dar.

—Estás durísimo —dijiste, y vos te inclinaste hacia adelante, y me besaste en el glande, como para bendecirlo.

Me cubrí con el condón lentamente, mientras vos me mirabas, como si estuvieras aprendiendo cada línea de mi cuerpo.

—Vení —dijiste, y vos te acostaste, con las piernas más abiertas, con las manos a los lados.

Te penetré despacio, tan despacio que vos me dijiste: “más”, y yo lo hice más lento, porque quería sentir cada centímetro, cada pliegue, cada calor. Te sentí cerrarse a mí, como si me estuviera abrazando desde adentro, como si me estuviera reteniendo, como si no quisiera que me fuera nunca.

Y cuando empecé a moverme, vos te inclinaste hacia atrás, con los pechos hacia afuera, con los ojos cerrados, y vos te dejaste llevar. No pediste nada. No pediste que te golpeara, ni que te hiciera daño, ni que te gritara. Solo querías sentirme, solo quería sentirte, solo quería sentir que esto era real, que esto era nuestro, que esto era verdad.

Te toqué los pechos mientras me movía, con la mano derecha, y vos me tomaste la mano izquierda y me apretaste los dedos, como para que no me perdiera.

—Sí —dijiste cuando te toqué ahí, donde más te dolía bien, donde más te gustaba mal.

Y vos te arqueaste, y vos te cerraste a mí, y vos te quedaste sin aliento, y vos me dijiste: “ya”, y vos me dijiste “no pare”, y vos me dijiste “sí, sí, sí”, como si cada palabra fuera una clave, como si cada sonido fuera una puerta que se abría.

Yo sentí que me iba, que me perdía en vos, y vos me dijiste: “soltá todo”, y yo lo hice: te llené con todo lo que tenía, con todo lo que no sabía que tenías, con todo lo que no sabía que querías.

Y vos te tensaste una última vez, con los ojos abiertos, con la boca entreabierta, con las uñas clavadas en mis glúteos, y vos me dijiste:

—No me olvides.

—Nunca —dije, y vos me besaste, con la lengua, con la boca, con todo, como para sellar la promesa.

Después, te acosté a mi lado, con la cabeza sobre mi pecho, y vos respiraste tranquila, como si el mundo ya no te hiciera daño.

—Hoy no me iba a acostar con nadie —dijiste, como si fuera una confesión importante.

—Yo tampoco —respondí, y vos te ríste, con la nariz contra mi cuello.

—Entonces… ¿qué nos pasó? —preguntaste.

—Nada —dije—. Solo que hoy llovía. Y vos tenías ganas de volver a sentir. Y yo tenía ganas de que vos lo sintieras bien.

Y vos te quedaste dormida así, con mi mano sobre tu cintura, con la pierna cruzada sobre la mía, con el aliento tibio en mi cuello, como si ya no hubiera más miedo, como si ya no hubiera más prisa, como si el mundo pudiera esperar.

Y cuando despertaste, la luz ya no era la misma. Era otra.

—¿Te quedás? —preguntaste.

—Sí —dije.

Y vos me besaste otra vez, más lento, más profundo, como si ya no hubiera más palabras que decir.

Solo la lluvia en el cristal, y vos, y yo, y el silencio que ahora sabe a vos.

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@nocturna

Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.

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