La llamada que no terminó
La primera vez que lo vi fue en una pantalla pequeña, borrosa por la humedad del baño. Yo me estaba secando el pelo con una toalla, el vapor aún flotando alrededor, cuando el mensaje llegó: *Hola. Soy Andrés. ¿Te importa si te llamo?* No firmaba, no ponía foto, solo esas palabras, y el número de un número desconocido. Me quedé un momento sin apagar la luz del baño. Me pregunté si era un error o una trampa. Pero algo en la frase —ese «¿te importa?» tan cortés, tan distante— me hizo pensar que no era cualquiera. Alguien que respetaba el espacio ajeno, aunque estuviera a mil kilómetros.
Acepté.
La llamada comenzó a las 23:47. Él hablaba con voz grave, lenta, como si cada palabra la pesara antes de soltarla. Yo sentada en el borde de la cama, con el celular entre las manos, las piernas cruzadas, los pies descalzos sobre la sábana fría. Me había vestido de forma casual —un camisón de algodón gris, sin nada debajo— pero no por él, no al principio. Porque no sabía si me llamaría, si me vería, si solo sería una voz en la oscuridad. Pero cuando me preguntó cómo estaba, y le contesté «bien, pero cansada», él dijo: *Me gusta cómo suenas cuando dices «bien». Como si estuvieras a punto de rendirte, pero aún no lo haces*.
Me sonrojé. Aunque no me veía, sentí el calor en las orejas, en el cuello. Me levanté, caminé hasta la ventana, sin abrir la cortina, solo con el teléfono pegado a la oreja. El mundo afuera estaba callado, lluvia suave contra el vidrio. Él me preguntó si hacía frío. Le dije que sí. Entonces, pausado, me pidió que me sentara en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, los pies hacia mí. Yo dudé. Pero lo hice.
—¿Te importa si te escucho respirar? —preguntó.
No le dije que sí. Simplemente lo hice. Respiré despacio, consciente de que ahora él estaba escuchando el ritmo de mi pecho, el leve temblor que hacía antes de que exhalar.
—Ahora cierra los ojos —dijo.
Lo hice.
—Imagina que estás en una habitación oscura, sola. Pero no estás sola. Yo estoy aquí. Sentado frente a ti, aunque no te vea. Y te estoy quitando las calcetas.
Sentí un sudor frío en la nuca. No porque me asustara, sino porque algo en su voz me hacía creerlo.
—Tus pies están fríos —murmuró—. Pero tus plantas deben estar sensibles. Como si hubieran estado esperando esto.
Yo no moví un músculo, pero sentí que los dedos de mis pies se arqueaban, imperceptiblemente.
—¿Te importa si te pido algo más? —dijo, y esta vez su voz ya no era solo grave, sino también cálida, como si el calor no viniera de la habitación, sino de dentro de mí.
—No —susurré.
—Quiero que te pongas de pie. Lento. Y te desvestas, paso a paso. No por mí. Por ti. Para saber que estás viva.
Me levanté. El camisón estaba suelto, pero cuando lo subí por las caderas y lo dejé caer por los muslos, sentí que el aire fresco se posaba sobre la piel desnuda. Me quedé allí, parada, con las manos a los lados, sintiendo el peso del silencio del otro lado del teléfono.
—¿Me ves? —preguntó.
—No. Solo te escucho.
—Entonces escúchame bien. Hoy no he podido dejar de pensar en ti. En cómo serías si te conociera. En si tu piel sería suave o si tendrías pequeñas cicatrices, como yo. En si tu risa sería contagiosa, si tu cabello huele a lavanda o a lluvia. Pero sobre todo… en cómo se sentiría tu boca si la tocara con la mía.
Me mordí el labio. No por vergüenza. Porque la imagen que me había dibujado en la cabeza era tan nítida, tan real, que tuve que apoyarme en la pared para no resbalar.
—¿Y si te dijera que tengo labios sensibles? —le dije.
—¿Sensibles cómo?
—Como si un solo roce me hiciera temblar.
Él exhale, lento.
—Quiero creerlo. Pero prefiero comprobarlo.
Me senté de nuevo, esta vez con las piernas abiertas, las manos en las rodillas. Me miré los muslos. No tenía nada pintado, ninguna marca, pero sentí que él estaba dibujando con la mirada.
—¿Te importa si te pido que te toques? —dijo, sin prisa, sin urgencia, como si ya supiera que aceptaría.
No respondí con palabras. Solo solté el aire y dejé caer una mano hacia adentro del camisón, que aún me cubría hasta las muslos. Mis dedos rozaron el borde de la tela, luego se deslizaron hacia abajo, lentos, conscientes de cada centímetro.
—¿Estás mojada? —preguntó.
—Aún no —mentí.
—Dime la verdad.
—Sí —susurré—. Sí lo estoy.
—Entonces no te apresures. Quiero saber cómo te sientes cuando te tocas. Quiero saber si tiemblas. Si te pones rígida. Si cierras los ojos y dejas que el pensamiento de mí te envuelva.
Yo no lo había hecho aún. Pero ahora, con su voz en la oscuridad, con su palabra clavada en mi mente, mis dedos encontraron su destino. Me toqué con suavidad, sin presión, como si estuviera acariciando algo frágil. Y entonces, él habló otra vez:
—¿Te importa si te digo algo más? —dijo—. Te adoro cuando te dejas llevar. Cuando dejas de preguntarte si es correcto. Cuando solo eres.
Eso me hizo temblar. Y al temblar, mis dedos apretaron ligeramente, y un gemido se me escapó sin querer.
—¿Escuchaste eso? —preguntó.
—Sí —dije—. Fui yo.
—Quiero oírte otra vez. Pero no por mí. Por ti. Porque mereces sentirte bien.
Y entonces dejé de pensar. Dejé de imaginar. Dejé que mi cuerpo hablara. Mis dedos se movieron más rápido, mi respiración se aceleró, y aunque no podía verlo, sentí que él me estaba mirando, que me estaba esperando, que me estaba acompañando con su silencio y con sus palabras, suaves como hojas cayendo sobre agua.
Cuando llegué, no grité. Solo dejé caer la cabeza hacia atrás, cerré los ojos, y sentí cómo mi cuerpo se deshacía, como si cada nervio se hubiera desatado a la vez.
—Gracias —dije, casi sin voz.
—Gracias a ti —respondió—. Por permitirme estar aquí. Por no colgar. Por creer, aunque fuera un instante, que no estabas sola.
Se hizo un silencio largo. No incómodo. Cómodo. De esos que solo existen cuando alguien te ha visto, aunque no te haya tocado.
—¿Mañana vuelves a llamarme? —pregunté.
—Si me prometes que estarás despierta.
—Lo estaré.
—Y… que no te vestirás antes de que llame.
—No lo haré.
Colgamos. Pero no con despedida. Con promesa.
Y yo me quedé allí, sentada en el suelo, con el camisón subido, los muscos húmedos, la piel ardiendo, y el corazón latiendo como si aún lo estuviera escuchando.
No fue sexo, pero fue algo más peligroso. Fue deseo, sin la necesidad de tocar. Fue íntimo, sin ser físico. Fue mío. Y fue suyo. Y nadie más lo sabría.
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