La llamada que no terminaba
5 minLa llamada que no terminaba
Esa noche, el teléfono vibró contra mi muslo como una promesa silenciosa. No era la primera vez que recibía una llamada de Lucas, pero sí la primera que no colgaba tras los primeros saludos. Había algo distinto en su voz: más lenta, más cálida, como si cada sílaba se hubiera empapado de humo y miel antes de llegar a mí.
—¿Estás cómoda? —preguntó, y el tono no era de curiosidad, sino de cuidado. Como si estuviera midiendo la distancia entre su voz y mi piel.
Me recosté sobre la cama, con la almohada doblada bajo la espalda, la sábana apenas cubriendo las caderas. En la habitación, el aire estaba espeso, cargado de la luz tenue del velador y del olor a incienso que aún persistía en el aire. La pantalla del celular brillaba frente a mí, pero no mostraba su rostro: solo su nombre, escrito con letra minúscula, como si él hubiera querido que ese gesto no sonara como una invasión, sino como una entrada discreta.
—Estoy cómoda —respondí, y dejé que la pausa se llenara de lo que no decíamos.—. Pero no tengo ni idea de qué hacer ahora.
Rió, bajo, gutural. Un sonido que no escuchaba desde hacía semanas, desde que nos conocimos en aquella conferencia de escritura en línea, donde ambos habíamos compartido fragmentos de textos y luego, con el tiempo, de ideas más íntimas.
—Entonces… te ayudo a descubrirlo —dijo.
No fue inmediato. No hubo palabras de consentimiento ni promesas audaces. Solo una pausa, larga, y luego un suspiro.
—¿Me dejas ver tu mano?
Me miré. Tenía los dedos apoyados sobre mi estómago, ligeramente curvados, como si ya estuviera acariciando algo invisible. Le mostré la cámara.
—Sí —dijo, y su voz se volvió más grave, como si cada sílaba le costara un poco más de control.
—¿Y si te digo que hoy me puse ese vestido negro que te gustó?
—Dilo.
—Es muy ceñido. Tiene una costura en la entrepierna que… se siente como una caricia constante.
Escuché cómo su respiración cambió. No era solo el aire que entraba y salía: era un temblor, una tensión que viajaba por la línea telefónica y se aferraba a mi cuello, a mi piel.
—¿Lo llevas puesto ahora? —preguntó, y por primera vez, su voz tembló.
—No. Lo tengo colgado en el respaldo de la silla.
—¿Por qué no te lo pones?
No respondí de inmediato. Me levanté con lentitud, como si cada movimiento fuera parte de un ritual. El vestido era ligero, de seda oscura, y al deslizarlo sobre la piel, sentí ese escalofrío inicial, el que precede a cualquier contacto real. Me lo ajusté hasta que las costuras rozaron mi piel, y luego volví a sentarme, con las piernas juntas, las manos sobre los muslos.
—Lo tengo puesto —dije.
—Abre las piernas —susurró—. Solo un poco.
No dudé. No me avergonzaba esa obediencia silenciosa. Al contrario: era como si él hubiera sido el primero en darme permiso para desear sin miedo, sin disfraz.
Lo hice. Mis muslos se abrieron con una lentitud deliberada, y el vestido se arrugó entre ellas, apretado, como si quisiera contener lo que estaba por emergir.
—Ahora… coloca tu mano sobre el interior del muslo. Sí, así. Suave.
Sentí el pulso en la yema de los dedos, la tensión que subía desde la ingle hacia el centro. No me tocaba, pero su voz era una caricia invisible, un rastro de humedad en la piel.
—¿Sientes esa presión? —preguntó.
—Sí.
—No la sueltes.
Supe que no era solo una sugerencia. Era una orden, pero una orden dada con tanta ternura que no me sentí dominada: me sentí deseada. Como si él estuviera allí, con las manos en mis caderas, con la mirada clavada en mi cuerpo, como si pudiera ver cómo mi respiración se aceleraba, cómo el vestido se empapaba de calor.
—¿Cuándo fue la última vez que te tocaste? —preguntó.
No mentí.
—Hace tres días. Pero… no fue lo mismo.
—Porque no estabas pensando en mí.
Me reí, baja, casi un susurro. Pero tenía razón.
—Tal vez.
—Dime qué sentiste aquella vez.
—Una punta de ansiedad. Un deseo que no sabía adónde ir.
—Esta vez no —dijo—. Esta vez, yo voy a guiarlo.
Apagó la cámara.
—¿Por qué?
—Porque ahora… necesito que solo escuches.
Y entonces, el silencio. No era vacío: era denso, cargado de expectativa. Escuché su respiración, más lenta ahora, más profunda, como si estuviera preparando algo.
—Inclínate un poco hacia adelante —susurró—. Apoya los codos en las rodillas.
Lo hice. El vestido se subió un poco, dejando al descubierto la curva de mis muslos, la suavidad de mi piel. Y entonces, escuché el rozamiento de su propia ropa.
—¿Qué haces? —pregunté, con la voz más quebrada de lo que pretendía.
—Solo… imagina lo que haría si estuviera aquí.
—Dime qué harías.
—Te tocaría aquí —dijo, y su voz se volvió más grave, más cargada—. Con la palma abierta, lento. No con prisa. Con calma. Como si cada pulgada de piel mereciera un ritual.
Sentí un cosquilleo en la ingle. No era imaginación. Era su voz, su intención, su deseo hecho palabra.
—Y luego, subiría la mano… hasta el borde del vestido. No lo movería. Solo lo tocaría con la punta de los dedos, como si fuera a deslizarlo… o como si me estuviera pidiendo permiso.
Me lamí los labios. El aire se había vuelto espeso, húmedo. Mis dedos aún estaban sobre mi muslo, inmóviles, como si fueran un puente entre él y yo.
—¿Y si yo te digo que ya no quiero esperar?
—Entonces —dijo, y su voz era ahora un susurro ahogado, casi un gemido—… yo te diría: hazlo tú. Pero no con prisa. Hazlo como si cada movimiento fuera un beso.
Respiré hondo. Mis dedos se separaron del muslo. Subieron lentamente, rozando el borde del vestido, el borde del deseo.
—¿Lo sientes? —preguntó.
—Sí —susurré—. Lo siento.
—¿Y ahora?
—Ahora… quiero que me digas qué más harías.
Y así, entre palabras y silencios, entre susurros y respiraciones entrecortadas, la noche se fue deshilachando como una seda que se desliza despacio por la piel, dejando tras de sí solo el eco de lo que hubiera podido ser… y lo que, en la oscuridad de la pantalla, ya era real.
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