La línea del tren de Cuautla

@santiago_vera ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

En el andén del ferrocarril de Cuautla, donde el sol de la una se clavaba como un cuchillo en la nuca, Santiago observó por primera vez a la mujer que cambiaría el ritmo de su sangre. No era de por allá. Su piel, oscura como el cacao tostado en comal, brillaba distinta bajo el sol de Morelos. Llevaba un vestido floreado, ajustado en la cintura, que se le pegaba a las caderas anchas como si hubiera sido cosido sobre ellas. Caminaba con una cadencia que no conocía: una lentitud cadenciosa, como si el tiempo no le importara, como si el calor no fuera más que una caricia. Se llamaba Amina, y había llegado desde Nueva York, mitad marroquí, mitad jamaicana, con una voz que sonaba como ron añejo derramándose sobre hielo.

Santiago, de treinta y ocho, piel canela y ojos pequeños que no perdían detalle, se sentó en la banca de madera desconchada, fingiendo leer un libro que no había abierto. La miraba de reojo, con la respiración contenida. Ella se acomodó a unos metros, cruzó las piernas y el vestido se le subió hasta mitad del muslo. Tenía las piernas largas, torneadas, con venas azules marcadas bajo la piel tersa. Llevaba sandalias sin taco, y uno de sus pies se movía al ritmo de una música que solo ella escuchaba.

—Hace un calor que pela, ¿verdad? —dijo ella, sin mirarlo.

Santiago tragó saliva. No esperaba que le hablara.

—Como si el dios del sol se hubiera enojado con nosotros —respondió, en un tono que quiso ser desenfadado, pero le salió ronco.

Ella sonrió. Tenía dientes blancos, grandes, y cuando reía, se le formaban hoyuelos en las mejillas. Le ofreció una botella de agua.

—Tómala. Parece que necesitas más que yo.

Él aceptó. El contacto de sus dedos fue breve, pero suficiente para que un escalofrío le bajara por la espalda. Bebió lento, sin quitarle la vista. Ella no se incomodaba. Al contrario, lo miraba con una fijeza que lo desnudaba.

—¿Vas a la capital? —preguntó ella.

—Sí. A entregar unos manuscritos.

—¿Eres escritor?

—De esos que nadie lee, pero que escriben como si el mundo fuera a explotar si no lo hacen.

Amina rio. Un sonido grave, cálido, que le vibró en el pecho a Santiago.

—Me gusta. Yo bailo. O mejor dicho, trato de bailar. Vine a buscar a mi madre. Ella es de aquí, de Cuautla. Hace años que no la veo.

—¿Y ahora sí la vas a ver?

—Mañana. Hoy solo me dejo llevar por el aire caliente y por miradas como la tuya.

Santiago sintió que el piso se ablandaba. Ella no coqueteaba. Ella *cogía* con la mirada. Y él, sin saber cómo, ya estaba adentro.

El tren llegó con retraso, humeante, chirriante. Subieron juntos. No había muchos pasajeros. Encontraron un vagón casi vacío. Se sentaron frente a frente. Santiago no podía dejar de verla. Ella, con una tranquilidad que lo exasperaba, se desabotonó dos botones del vestido. El escote dejaba entrever la curva de sus senos, morenos, firmes, con pezones oscuros que se marcaban bajo la tela.

—¿Te incomoda que te mire así? —preguntó ella.

—Me encanta —dijo él, sin mentir.

—Entonces no dejes de hacerlo.

El tren tomó velocidad. Las vías crujían. El calor entraba por las ventanas abiertas. Amina se levantó, se acercó a él, se sentó a su lado. Su muslo rozó el de Santiago. Él sintió la temperatura de su piel, como si estuviera ardiendo por dentro.

—¿Sabes qué es lo más erótico del mundo? —susurró ella, cerca de su oído.

—¿Qué?

—Que alguien te mire como si pudiera verte desnudo, y que tú sepas que lo desea, pero que ninguno diga nada.

Santiago no respondió. Solo alargó una mano, lento, como si temiera despertar un animal salvaje, y le tocó el dorso del brazo. Ella no se movió. Él subió los dedos hasta su hombro, luego hasta el cuello. Ella cerró los ojos. Él sintió el pulso en su yema, fuerte, como un tambor.

—¿Y si te digo que quiero chingarte ahora? —dijo él, en voz baja.

—Entonces deberías hacerlo —respondió ella—. Porque si no lo haces, me voy a creer que no tienes agallas.

No hubo más palabras. Santiago la tomó del brazo, la llevó al último vagón, donde las ventanas estaban empañadas y el ruido del tren cubría cualquier sonido. Cerró la puerta con pestillo. Amina se apoyó en la pared de madera. Él se acercó, le alzó el vestido de un jalón. No llevaba ropa interior. Sus nalgas eran redondas, llenas, con una hendidura profunda que invitaba a perderse. Santiago le pasó las manos por las nalgas, las separó, vio el hoyo oscuro, el vello rizado y húmedo entre las piernas.

—Qué culo —murmuró.

—Ponle nombre —dijo ella, riendo.

Santiago se quitó el pantalón. Su verga estaba dura, gruesa, con una gota de líquido en la punta. Amina se dio vuelta, se inclinó, apoyó las manos en la pared. Abrió más las piernas.

—Entonces cógeme —dijo—. Antes de que el tren pare.

Él no esperó. Se acercó, guió la punta entre sus labios hinchados, resbaladizos, calientes. Entró de un empujón. Amina soltó un gemido largo, gutural. Santiago se quedó quieto, sintiendo cómo su verga era envuelta por el calor húmedo de su coño. No era estrecha. Era profunda, como si hubiera sido hecha para él.

Comenzó a moverse. Lento al principio, luego con fuerza. Cada embestida hacía que las nalgas de ella rebotaran. El sonido de la carne chocando contra carne se mezclaba con el traqueteo del tren. Santiago le sujetó las caderas, hundió los dedos en la piel morena, marcándola. Amina gemía en inglés, en español, en un idioma que parecía inventado. Le decía que sí, que más, que no parara.

—Voy a correrme —dijo él, entre dientes.

—Hazlo adentro —pidió ella—. Quiero sentirlo.

Santiago empujó más fuerte, más rápido. Su cuerpo se tensó, el placer subió desde los testículos, le recorrió la espalda, explotó. Se corrió dentro de ella, con un gemido que salió desde el fondo del pecho. Ella se estremeció, se apretó alrededor de su verga, y aunque no llegó al clímax, se quedó temblando, con la respiración agitada.

Santiago salió despacio. Ella se dio vuelta, lo miró con ojos brillantes.

—No fue un simple polvo —dijo.

—No —respondió él—. Fue como si el mundo se hubiera detenido solo para vernos.

Se abrocharon la ropa en silencio. El tren se acercaba a la estación. Amina tomó su bolso, le dio un beso en la boca, lento, húmedo, con sabor a sal y deseo.

—Si vuelves a Cuautla, búscame —dijo.

—Lo haré —prometió él.

Cuando el tren se detuvo, ella bajó sin mirar atrás. Santiago se quedó viéndola alejarse, con el corazón todavía desbocado, sabiendo que no olvidaría nunca el color de su piel, el sabor de su sudor, ni la línea exacta donde el tren se convirtió en un altar de carne y deseo.

También en: RománticoVoyeurismo

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