La huéspeda del cuarto oscuro
Hace tres noches que no duermo como debería. No desde que ella llegó. No desde que Natalia, con su mirada de humo y labios que parecen hechos para tragar más que palabras, se instaló en la habitación de al lado. La escuché deshacer la maleta, deslizar los tacones por el piso, abrir el grifo de la ducha. Y luego, silencio. Un silencio tan pesado que se me clavó en la entrepierna.
Yo no soy de los que espias, pero esa noche, sin poder evitarlo, me acerqué a la pared que compartíamos. Pegué la oreja, no por curiosidad, sino por necesidad. Y entonces la oí. Un gemido bajo, gutural, como si se mordiera la lengua para no gritar. Seguido del crujido húmedo de un cuerpo que se frota. Me bajé los pantalones allí mismo, sin pensarlo, y empecé a masturbarme con los ojos cerrados, imaginando sus dedos entre los pliegues, separando esos labios hinchados que no había visto pero que ya sabía que eran míos.
Al día siguiente bajó al jardín con un vestido corto que no tapaba nada. Caminaba como si cada paso fuera una promesa. Me miró y sonrió, apenas, con una comisura. No dijo nada. Yo tampoco. Pero algo se encendió en el aire, algo espeso y caliente, como el humo antes del incendio.
Esa noche, tocaron a mi puerta. Abrí y allí estaba, con una camisa negra abierta hasta el ombligo, sin sostén, los pezones erguidos como si ya supieran que los iba a lamer. No dije nada. Ella tampoco. Entró, cerró la puerta con el pie y se acercó hasta que sentí su aliento en el cuello.
—¿Me oíste anoche? —preguntó, ronca.
—Sí —respondí—. Me vine escuchándote.
Sonrió. Luego me empujó contra la pared y me bajó el pantalón con una sola mano. Me agarró la polla con fuerza, dura, caliente, y empezó a moverla con lentitud, mirándome a los ojos.
—Quiero que me la metas así —dijo—. Que me la metas fuerte, que me duele.
No esperé más. La tomé del cuello, la giré y la lancé sobre la cama boca abajo. Le subí el vestido de un tirón y vi su culo redondo, prieto, con una tanga diminuta que apenas cubría su raja. Se la arranqué con los dientes. Luego pasé la lengua por el surco, lento, desde el ano hasta el clítoris, saboreando el sudor, el sexo, el miedo y el poder mezclados.
—Abre las piernas —le ordené—. Más.
Lo hizo. Vi su coño hinchado, brillante, palpitando. Me puse de rodillas y empecé a chuparla como si fuera mi último aliento. Le separé los labios con los dedos y metí la lengua hasta el fondo, lamiendo su interior, probando cada pliegue, cada gota de su humedad. Gritó, se corcó, se corrió en mi boca con un espasmo que me hizo tragar, tragar como si fuera vino y yo un condenado a sed.
Cuando se calmó, la tomé del pelo y la puse de rodillas. Me paré frente a ella, con la polla tiesa, hinchada, con una vena palpitando en la base. Se la metió en la boca sin pedir permiso, me la chupó con avidez, con hambre, con ganas de que le doliera. Sentí su garganta abrirse, sus dientes rozándome, su lengua envolviéndome. Me corrí en su boca, sin avisar, sin pedir permiso. Se tragó todo. Todo.
Luego se dio vuelta, se acostó boca arriba, abrió las piernas y me miró.
—Ahora aquí —dijo, señalando su coño—. Ahora adentro.
Entré de un solo empujón. Gritó. Volvió a gritar. Me clavó las uñas en la espalda mientras yo le daba por detrás, con fuerza, con rabia, con amor. Sentía su culo golpeándome las pelotas, su coño apretándome como un puño. Me corrí dentro de ella, sin condón, con todo, llenándola como si fuera mía. Y lo era.
Ahora duerme a mi lado. Su respiración es lenta. Yo no puedo dormir. Porque sé que esto no acaba aquí. Porque sé que mañana, cuando se despierte, me va a mirar con esos ojos de humo y me va a decir: *otra vez*. Y yo voy a decir que sí. Porque ya no soy dueño de nada. Solo de este deseo que nos quema.
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