La huella del ámbar
Yo, que he vivido entre sedas que acarician más que manos y espejos que devuelven solo lo que quiero ver, nunca creí que un cuerpo pudiera desarmarme con tanta lentitud. Pero vos, Lucio, lo hiciste. No con violencia, no con urgencia, sino con esa quietud que a veces tiene el poder: el silencio de quien sabe que ya ganó.
Entraste aquella tarde como si el salón te perteneciera, aunque fuera mío. Yo te había citado en mi casa de San Isidro, una estancia que heredé de un tío que murió sin entender que el mundo ya no era de los hombres, sino de las mujeres que saben esperar. Traías un traje oscuro, impecable, pero desabrochado el cuello, como un desafío disimulado. Y tenías esa mirada, la de los que no piden permiso: clara, fija, sin miedo. Me asustaste un poco. Y eso, Lucio, es raro en mí.
—Pasá —te dije, y mi voz sonó más baja de lo que quería—. Servite algo si querés. Yo tomo un coñac.
—Ya lo sé —me contestaste—. Me dijeron que vos tomás coñac a esta hora. Y que fumás habanos cuando estás sola.
Sonreí. Me gustó que alguien se hubiera tomado el trabajo de observarme. De estudiarme.
—¿Y vos? ¿Qué querés?
—A vos —dijiste—. Desde hace rato.
No hubo seducción, no hubo juego de palabras. Solo eso. Y me gustó. Porque no era un halago, era un hecho. Como si dijeras el clima. *Hoy llueve. Hoy quiero coger con la condesa.*
Me acerqué. Apenas un paso. Pero fue suficiente para que sintieras el calor que despedía. No me tocás, pero tuviste que notar cómo se me tensaron los pezones bajo la seda negra del vestido. Yo, que siempre controlo todo, sentí que algo se deslizaba, como un guante que se escapa del dedo.
—¿Y si no quiero que pases? —te pregunté, aunque ya sabía que ibas a pasar igual.
—Entonces me quedo acá —dijiste—. Mirándote. Hasta que cambies de idea.
Y te quedaste. De pie, en el centro de la sala, con el vaso de coñac en la mano, sin apurarte. Yo me senté en el sillón de terciopelo rojo, crucé las piernas despacio, muy despacio, dejando que la falda subiera apenas. Lo suficiente como para que vieras el encaje negro del borde de las medias. El muslo, terso, iluminado por la luz baja de las lámparas.
—¿Te gusta lo que ves? —te dije.
—Me fascina —contestaste—. Pero no es lo que más me gusta.
—¿Y qué es?
—Tu voz. Cómo decís “pija” cuando estás excitada. Cómo se te quiebra la respiración cuando fingís que no querés.
No fingía. Pero no lo iba a admitir así nomás.
Me paré. Caminé hacia vos. Cada paso era una decisión. Cada crujido del piso de madera, una advertencia. Me puse frente a vos, tan cerca que sentí tu aliento en el cuello. Olías a coñac, a tabaco, a sudor limpio. A hombre que no se perfuma para impresionar, sino para marcar.
—¿Y si te digo que no me gusta que me hablen así? —susurré.
—Me decís que no, pero tu concha se moja —me contestaste—. Y yo lo noto. Estás temblando.
Y era cierto. Temblaba. No de miedo, de anticipación. De saber que algo se rompía, y que no iba a volver a ser lo mismo.
—Desvestime —te ordené.
No fue una súplica. Fue una orden. Porque yo necesitaba que fueras tú quien deshiciera cada botón, cada broche, cada promesa de tela. Y lo hiciste. Con lentitud, con cuidado, como si desarmaras una joya. El vestido cayó al suelo como una hoja seca. Quedé en ropa interior: un corset de encaje negro, medias sujetas con ligueros, zapatos de tacón alto. Nada más.
—Dame tu mano —te dije.
Tomé tu mano y te la llevé al pecho. No al corazón. Al pezón. Sentí cómo se endureció bajo tu dedo, y cómo vos, con una sonrisa apenas insinuada, lo pellizcaste. Suave. Doloroso. Perfecto.
—Ahora —te dije—, bésame el cuello. Pero no como si me quisieras. Como si me dominaras.
Y lo hiciste. Con la boca, con los dientes, con la lengua. Me mordiste justo donde late la sangre, donde late el miedo, donde late el placer. Gemí. Bajo. Largo. Y vos, sin soltarme, me empujaste contra la pared. Sentí el frío del yeso en la espalda, el calor de tu cuerpo contra el mío. Tu pija, dura, marcando la tela del pantalón, presionando mi vientre.
—¿Querés que te coja acá? —me dijiste al oído.
—No —te contesté—. Quiero que me garches en la cama. Pero antes, quiero que me chupes la concha hasta que grite.
Sonreíste. Me tomaste en brazos como si no pesara, y me llevaste al dormitorio. La cama era grande, de hierro forjado, con sábanas de hilo egipcio. Me tiraste encima con fuerza, pero sin brusquedad. Me abriste las piernas con una mano, y con la otra me bajaste la tanga de un tirón. Sentí el aire frío sobre la piel húmeda.
Y entonces te arrodillaste.
Tu lengua fue directo al clítoris. No jugaste. No exploraste. Fuiste al grano, como quien conoce el terreno. Chupaste, lamiste, mordiste. Con movimientos circulares, luego verticales, luego profundos, como si quisieras sacarme el alma por ahí. Grité. Sí. Grité tu nombre, aunque no quería. Me corrí con fuerza, con espasmos que no pude controlar. Y vos, sin detenerte, metiste dos dedos dentro de mí. Largos, firmes, certeros.
—Lucio… —dije—. Por favor…
—¿Qué? —me preguntaste, sin dejar de chupar.
—Quiero tu pija. Ahora.
Te paraste. Te desvestiste rápido. Camisa, pantalón, calzoncillos. Y allí estaba. Tu pija. Grande, gruesa, con una vena que palpitaba como un reloj. Me miraste, como pidiendo permiso. Y yo asentí.
Te subiste encima de mí. Me abriste las piernas más. Y entraste. De una. Hasta el fondo. Sentí cómo se me estiraba, cómo se me llenaba, cómo se me quebraba algo por dentro. Grité otra vez. Pero esta vez fue un grito de victoria.
—Movete —te dije—. Cogéme como si no me quisieras volver a ver.
Y lo hiciste. Con fuerza. Con ritmo. Con saña. Cada embestida era un latido. Cada jadeo, un poema. Me agarraste los pechos, me mordiste el hombro, me dijiste al oído cosas que no puedo repetir. Cosas sucias, bellas, necesarias.
Y cuando sentí que iba a correrme otra vez, vos te detuviste. Saliste de mí. Me hiciste dar vuelta. Me pusiste a cuatro, como a una perra. Y volviste a entrar. Por atrás. Más profundo. Más intenso.
—Esta concha es mía —me dijiste—. Y vos lo sabés.
Y era verdad. En ese momento, lo supe. No era yo la que dominaba. Era vos. Y yo, la condesa, la dueña de todo, me rendí. Con gusto. Con placer. Con entrega.
Cuando terminamos, caíste a mi lado. Sudado, respirando fuerte. Yo me acurruqué contra tu pecho. No dijimos nada. No hacía falta.
Al amanecer, te fuiste. Sin despedida. Como si nada hubiera pasado. Pero yo sabía que algo había cambiado. Que había dejado una huella. Como el ámbar, que atrapa el tiempo en su interior.
Y ahora, cada vez que me miro al espejo, veo tus marcas. En el cuello. En el alma. Y sonrío. Porque sé que, si vos volvés, yo voy a estar lista. Para que me cojas. Para que me garches. Para que me rompas. Otra vez.
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