La huella del aguacero

@el_forastero ·10 de enero de 2026 · ★ 4.0 (17) · 153 lecturas

En un rincón olvidado de Oaxaca, donde el aire espeso de julio carga el aroma del tierra mojada y el maíz maduro, una casa de adobe se encorvaba entre los naranjos como si rezara. Tenía techumbre de teja roja, desconchada por el sol y el tiempo, y puertas de madera que crujían al menor soplo. Allí vivía Lucía, de treinta y ocho años, viuda desde hacía dos, con el pelo largo y negro como el ala de cuervo, y una manera de caminar que hacía que las caderas marcaran el ritmo de un tambor que nadie más oía. No era bonita por las reglas de la capital, pero tenía una presencia que encendía el aire. Sus ojos, pequeños y brillantes, parecían leer más allá de las palabras.

Una tarde, cuando el cielo se puso de color plomo y el primer trueno retumbó como un pedazo de montaña cayendo, llegó una forastera. Se presentó con el nombre de Maité, aunque nadie supo si era verdad. Llevaba una mochila de lona gastada, botas de montar llenas de barro y una mirada que no pedía permiso. Dijo que era fotógrafa, que venía a retratar los tejidos de las ancianas del pueblo, pero todos sabían que eso era solo un pretexto. Maité no venía por los tejidos. Venía por algo que ni ella misma entendía.

Lucía la recibió con un café espeso servido en una taza de loza. No hubo muchas palabras. Solo miradas que se cruzaron como cuchillos en la penumbra de la sala. Maité tenía el cuerpo de quien ha caminado mucho: piernas fuertes, manos curtidas, y una espalda ancha que se adivinaba bajo la camisa abierta hasta el tercer botón. Su piel, tostada por el sol, brillaba con un sudor fino que no era solo del calor. Lucía notó cómo los pezones se le marcaban bajo la tela, pequeños y duros, como si ya supieran lo que vendría.

—Puedes quedarte en el cuarto de atrás —dijo Lucía, sin levantar la vista de la taza—. Pero no hay luz eléctrica. Solo velas.

—No importa —respondió Maité—. Me gusta la oscuridad.

Llovió toda la noche. El aguacero golpeaba el techo como si quisiera entrar. Y dentro de la casa, entre las sombras que bailaban con las velas, las dos mujeres se fueron acercando sin prisa, como si el tiempo fuera un río lento y ellas ya supieran hacia dónde fluir.

A la mañana siguiente, el sol salió con furia, pero el aire seguía húmedo, pegajoso. Maité salió al patio con la cámara colgada del hombro. Lucía estaba sentada en una silla de palo, pelando una naranja con los dedos. El jugo le corría por los dedos y ella se los chupaba despacio, sin prisa, como si el sabor fuera lo único que importara en ese instante.

—¿Puedo retratarte? —preguntó Maité.

Lucía levantó la vista, con un trozo de naranja entre los labios.

—¿Y qué vas a hacer con la foto?

—Guardármela. Acariciarla. Soñar con ella.

Lucía se rió, una risa baja, de garganta.

—Entonces toma lo que quieras. Pero no me pidas que sonría.

Maité se acercó. Ajustó el enfoque. Pero no encuadró la cara. Enfocó las manos, los dedos mojados, el cuello blanco que se perdía bajo el escote del vestido. Clic. Clic. Clic. Hasta que la luz cambió y el calor se volvió insoportable.

—Voy a bañarme —dijo Lucía, poniéndose de pie—. El pozo está fresco. ¿Vienes?

Maité asintió.

El pozo estaba en el fondo del patio, rodeado de piedras lisas y helechos que crecían entre las grietas. Lucía se quitó el vestido sin pudor, quedándose en ropa interior de algodón blanco, desgastada por el tiempo. Sus nalgas eran redondas, firmes, como dos mitades de luna asomando bajo la tela. Maité no apartó la vista. Solo dejó la cámara en una piedra y se desvistió también. Su cuerpo era más delgado, pero fuerte. Tenía un tatuaje pequeño en la cadera: una mariposa negra.

Se metieron al agua una tras otra. El pozo era profundo, frío como el aliento de la tierra. Pero el sol caía sobre sus hombros desnudos, calentando la piel mojada. Lucía se sumergió, salió con el pelo pegado a la cara, el agua resbalando por sus senos. Maité la miró y, sin decir nada, se acercó. Le pasó los dedos por el hombro, bajó por el brazo, rozó el pecho izquierdo con la yema del índice.

Lucía no se movió. Solo cerró los ojos.

—¿Tienes miedo? —preguntó Maité.

—No —respondió Lucía—. Solo espero.

Entonces Maité la besó. No fue un beso violento, ni apurado. Fue un beso de prueba, de reconocimiento. Sus labios se encontraron como si ya se conocieran de antes. La lengua de Maité entró despacio, como si explorara un templo. Lucía respondió con un gemido bajo, casi un suspiro. Sus manos subieron por la espalda de la forastera, acariciando los músculos tensos, los hombros anchos.

Salieron del pozo sin hablar. El agua les corría por el cuerpo, mezclándose con el sudor del calor. Lucía tomó a Maité de la mano y la llevó al cuarto de atrás. Cerró la puerta. Encendió una vela. La luz tembló en las paredes.

Se quitaron lo que les quedaba de ropa. Ahora estaban desnudas, frente a frente, en el silencio que solo rompía el zumbido de los moscos. Maité acarició el vientre de Lucía, bajó por el ombligo, rozó el monte de vello oscuro y rizado. Lucía se estremeció.

—Tócame —dijo—. Como si ya me conocieras.

Maité se arrodilló. No fue un acto de sumisión, sino de devoción. Le separó los muslos con cuidado, como si abriera una flor. El sexo de Lucía brillaba con la humedad del pozo y del deseo. Maité acercó la boca. Primero un beso en el muslo, luego en la ingle. Después, la lengua recorrió el pliegue exterior, lento, pausado. Lucía apoyó las manos en la cabeza de Maité, sin forzar, solo guiando.

—Sí… así… más…

La lengua entró. Maité chupó el clítoris con suavidad al principio, luego con más fuerza, con hambre. Lucía se arqueó, soltó un gemido que no intentó callar. El sonido se perdió en el aire caliente, entre las paredes de adobe. Maité metió un dedo, luego dos, moviéndolos como si escribiera una historia dentro de ella. Lucía empezó a mover las caderas, al ritmo de la lengua, al ritmo del corazón.

—Voy a venirme —dijo, entre dientes.

Y cuando llegó, fue con un espasmo largo, profundo, como un terremoto bajo la tierra. Su cuerpo se tensó, las nalgas se apretaron, las piernas temblaron. Maité no se detuvo hasta que todo hubo pasado, hasta que Lucía cayó sentada en el suelo, respirando con fuerza.

—Ahora tú —dijo Lucía, levantándose.

Maité se acostó en el petate. Lucía se subió encima, a horcajadas. Le quitó el sostén que aún llevaba, y tomó un pecho en la boca. Mordió suavemente el pezón, que ya estaba duro como una piedra. Bajó con besos húmedos por el vientre, por el ombligo, hasta llegar al sexo rasurado, brillante de humedad.

—¿Te gusta? —preguntó Maité.

—Me encanta —respondió Lucía, antes de hundir la cara.

Su lengua era distinta a la de Maité: más precisa, más profunda. Sabía dónde presionar, cómo hacer que el placer se acumulara sin explotar. Maité se retorció, agarró las sábanas, gritó un nombre que nadie oyó. Lucía metió dos dedos, luego tres, mientras seguía chupando el clítoris con movimientos circulares, lentos, interminables.

—¡Chíngame! —gritó Maité—. ¡Hazme tuya!

Lucía no respondió con palabras. Solo aumentó el ritmo, clavó los dedos más adentro, chupó con fuerza. Y cuando Maité llegó, fue con un grito que pareció salir de lo más hondo, como si algo se rompiera y volviera a formarse.

Se quedaron abrazadas en el suelo, sudorosas, respirando al mismo compás. La vela se apagó. Entró una brisa fresca por la ventana. El pozo, afuera, brillaba bajo la luz del atardecer.

A la noche, cenaron en silencio. No hubo preguntas. No hubo promesas. Solo el crujido de los chapulines tostados, el sabor del mezcal en la boca, el roce de un pie descalzo bajo la mesa.

Después, volvieron al cuarto. Esta vez fue Maité quien tomó a Lucía, pero de otra manera. Le ató las muñecas con una cinta de seda negra, la puso de rodillas. Le separó las nalgas con las manos y le metió un dedo lubricado con aceite de almendras. Lucía gimió, no de dolor, sino de placer. Maité entró despacio, con cuidado, pero con firmeza. El ano de Lucía se abrió como una flor oscura, húmeda, caliente.

—Sí… sí… —susurró Lucía—. Lléname.

Maité empujó más adentro, con el dedo, con la boca, con las palabras que le decía al oído: “Eres mía. Toda mía. Nadie te ha cogido así. Nadie te ha visto así.”

Lucía lloró. No de tristeza, sino de liberación. Como si algo que llevaba años encerrado saliera por fin a flote. Maité la penetró con los dedos, con la lengua, con la voz. Y cuando Lucía volvió a correrse, fue con un llanto silencioso, con el cuerpo temblando como una hoja en el viento.

Amanecieron desnudas, enredadas en las sábanas. El sol entraba por la ventana, dorando los cuerpos. Maité acarició la cicatriz en el costado de Lucía, una marca de la operación de hace años.

—¿Duele?

—Ya no —dijo Lucía—. Solo cuando pienso en él.

—No pienses en él —dijo Maité—. Piensa en esto.

Y la besó. Un beso lento, profundo, como si sellara algo.

A los tres días, Maité se fue. No dijo adiós. Solo dejó la cámara sobre la mesa, con una foto impresa: Lucía, desnuda, de espaldas, saliendo del pozo. El agua le resbalaba por las nalgas, por la espalda, por las piernas. En el dorso, había escrito con tinta roja: “La huella del aguacero”.

Lucía guardó la foto en el cajón de arriba. Cerró la casa. Siguió viviendo entre los naranjos, esperando el próximo aguacero.

Porque sabía que, cuando volviera a llover, algo en ella se abriría de nuevo.

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