La hora del agua

@nocturna ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

En la penumbra espesa del cuarto, donde el aire olía a salvia quemada y a sudor de mujer reciente, la luz del farolillo de papel apenas dibujaba contornos. No era necesaria: él conocía ya cada curva de ella, cada hueco donde esconder los dedos, cada rincón donde el silencio se volvía más denso que el humo. Ella estaba sentada en el borde de la cama, con las piernas abiertas apenas lo suficiente para que él imaginara lo que no veía. No lo miraba. Tenía la mirada clavada en el suelo, en un charco de agua que se formaba bajo sus pies descalzos. Había llovido fuerte esa tarde, y el techo de lámina goteaba con insistencia, como si el cielo mismo quisiera escuchar lo que no debía.

—¿Y si alguien te escucha? —preguntó él, con la voz ronca, la verga aún dura bajo el pantalón, pero sin prisa por sacarla.

Ella alzó el rostro. Tenía los ojos oscuros, como pozos que no se sabía si tragaban o devolvían. Sonrió sin mostrar los dientes.

—Que escuche —dijo—. A ver si aprende.

No había miedo en su voz. Solo una calma peligrosa, como la que antecede al rayo. Él se acercó despacio, sin apagar el cigarrillo que sostenía entre los dedos. El humo se enredaba con el olor a sexo y a tierra mojada. Se arrodilló frente a ella, sin dejar de mirarla, y puso las manos sobre sus muslos. La piel caliente, ligeramente húmeda. Ella no se movió. Solo inclinó un poco la cabeza, como si lo invitara a ir más allá.

—¿Y si me digo todo? —preguntó él, acercando el rostro al centro de sus piernas—. ¿Si te confieso lo que pienso cuando te veo caminar?

Ella entreabrió más las piernas. El movimiento fue lento, casi imperceptible, pero suficiente para que él sintiera el calor que despedía.

—Dilo —pidió—. Pero no con palabras.

Él dejó el cigarro en el piso, sobre una hoja de papel que alguien había dejado olvidada. El fuego chisporroteó al tocar la humedad, pero no se apagó. Con ambas manos ahora, le separó más las piernas, hasta que el aire entre ellos fue solo un hilo tenso de respiración contenida. No la tocó aún. Solo miró. El vello oscuro, húmedo, el pliegue que brillaba bajo la penumbra. Y más arriba, sus nalgas, redondas, firmes, como dos mitades de luna a punto de salir.

—Sabes —dijo él, sin dejar de mirar—, hay días que me paro en la esquina del mercado y te veo pasar. Con esa falda que se te pega cuando llueve. Y pienso: hoy. Hoy voy a cogerte hasta que no puedas ni recordar tu nombre.

Ella soltó una risa baja, gutural. No de sorpresa, sino de reconocimiento.

—Ya lo hiciste —dijo—. La semana pasada, en el cuarto de atrás del puesto de tamales. Cuando el viejo dormía la siesta.

—Pero no así —respondió él—. No con tiempo. No con calma.

Se inclinó y besó el interior de su muslo, justo donde latía la vena más oscura. Ella tembló. No de frío, sino de anticipación. Él sabía que no tenía que apurarse. Sabía que el placer más profundo no viene del acto, sino del camino que lo precede. Del suspenso. De la promesa que se repite sin cumplirse.

—¿Y si ahora me digo que te quiero chupar hasta que grites? —preguntó, alzando la vista.

—Dilo con la boca —respondió ella—. No con la voz.

Él sonrió. Entonces, sin más advertencia, la tomó por las caderas y hundió el rostro entre sus piernas. Ella arqueó la espalda, pero no gritó. Solo soltó un jadeo largo, contenido, como si quisiera guardarlo para sí. Él no se detuvo. Usó la lengua como si tallara madera: con paciencia, con firmeza, con conocimiento. Sabía el punto exacto donde hacer presión, dónde lamer para que ella se deshiciera. Y ella, poco a poco, fue cediendo. Las manos en su cabello, las piernas temblando, el respirar cada vez más agudo.

—No pares —pidió, aunque él no tenía intención alguna.

Siguió hasta que ella se corrió, con un gemido que no llegó a convertirse en grito, pero que llenó el cuarto como un eco. Cuando terminó, él se apartó despacio, limpiándose los labios con el dorso de la mano. Ella seguía con los ojos cerrados, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando con lentitud.

—Ahora —dijo él— quiero que me mires.

Ella abrió los ojos. Y en ellos no había vergüenza, ni culpa. Solo una luz distinta, como si acabara de despertar de un sueño largo.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora —respondió él—, quiero que me digas todo lo que has pensado de mí. Desde que me viste por primera vez.

Ella se levantó, sin prisa. Se paró frente a él, desnuda, con el cuerpo brillando bajo la luz tenue. Caminó hasta la ventana, donde el agua seguía cayendo del cielo. Se asomó, y por un momento él pensó que diría algo sobre el clima, sobre la lluvia, sobre cualquier cosa mundana. Pero no.

—Te vi —dijo— el día del entierro de mi tía. Estabas al fondo, con el sombrero bajo, sin llorar. Y pensé: ése no viene por respeto. Viene por lo mismo que yo.

Él no dijo nada. Solo se puso de pie, despacio, y se acercó a ella por atrás. Le puso las manos en las nalgas, las apretó, la pegó a su cuerpo.

—Y entonces —preguntó—, ¿qué pensaste?

—Pensé que si algún día te veía solo, iba a quitarte ese sombrero y te iba a chingar contra la pared más cercana.

Él rio. Fue un sonido bajo, gutural, como el de un animal que reconoce a su par.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque no estabas solo —respondió ella—. Estaba mi primo, y mi abuela, y media colonia. Pero ahora —volteó para mirarlo—, ahora sí estás solo conmigo.

Él no esperó más. La tomó por la cintura, la giró y la empujó contra la pared. Ella no resistió. Abrió las piernas, como si ya supiera lo que venía. Él se desabrochó el pantalón, sacó la verga, dura, hinchada, y sin más ceremonia, la metió. Ella gimió, pero no de dolor. De alivio. Como si hubiera estado esperando ese momento desde el primer día que lo vio.

Empezó a moverse despacio, con empujones profundos, medidos. Ella le clavó las uñas en la espalda, le mordió el hombro, le dijo cosas al oído que nadie más debería escuchar. El sonido de sus cuerpos al chocar se mezcló con el goteo del techo, con el viento en la lámina, con el jadeo de ella que ya no se contenía.

Y cuando ella se corrió de nuevo, esta vez gritando su nombre, él no se detuvo. Siguió hasta que sintió que ya no podía más, hasta que el mundo se redujo a ese cuarto, a esa mujer, a ese instante. Entonces, con un último empujón, se corrió dentro de ella, sin sacarla, sin separarse.

Quedaron así, pegados, sudando, respirando el mismo aire. Fuera, la lluvia amainaba. El charco en el piso ya no crecía.

—Mañana —dijo ella, sin soltarlo—, quiero que me digas otra confesión.

Él sonrió contra su cuello.

—Mañana —respondió—, te digo todas las que guardé desde el entierro.

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