La herencia del fuego
3 minLa herencia del fuego
Yo siempre supe que Catalina era diferente. No por ser mi hermanastra menor —solo tres años me separaban—, sino por cómo me miraba cuando nadie más veía. Como si me conociera desde antes de nacer, como si me hubiera esperado. Ella vivía con nosotros desde los diez, después de que mi papá se casara con su mamá. Una mujer amable que murió de cáncer cuando Catalina cumplía diecisiete. Y desde entonces, el calor de la casa cambió. Ella no lloraba en público, no se encerraba. Solo caminaba más despacio, se peinaba con más cuidado, y sus ojos… diablos, sus ojos me devoraban cuando lavaba los platos, cuando se agachaba a recoger algo, cuando se estiraba en el sofá después de ver una película.
Todo empezó una noche de lluvia. El cable se cortó, llovía a cántaros y el calor era asfixiante. Nos encontramos en la cocina, ella con una camiseta mojada que le pegaba a los pechos pequeños pero firmes, y short de algodón que dejaba ver el contorno del culo redondo, húmedo por el vapor. Me ofreció un vaso de agua. Le dije que sí con la voz más baja que pude. Cuando pasó frente a mí, su cadera rozó mi abdomen. El choque fue eléctrico. No apartó la mirada. En cambio, sonrió —esa sonrisa que solo se usa cuando se sabe que el mundo se va a derrumbar— y me dijo, con ese acento paisa que me hacía temblar: —¿Tú también sientes este calor, hermano?
No le respondí. Le tomé la muñeca. No se resistió. Solo me dejó llevarla al cuarto de invitados, ese que nadie usaba desde que mi mamá murió. Cerré la puerta. Ella se volteó, con las manos detrás de la nuca, los codos hacia afuera, los pechos hacia arriba. Me acerqué despacio, pero no tanto. Le quité la camiseta con un solo jalón. No llevaba sujetador. Los pezones ya duros, oscuros, llamándome. Le pasé la lengua por uno, luego por el otro, mientras ella suspiraba, «¡ahhh, sí, así!», y me agarraba del pelo con fuerza.
Me desabrochó el pantalón y sacó mi pito, ya medio duro solo con el olor de su piel. Lo frotó contra su culo, contra su entrepierna, contra su boca. Se lo metí en la boca. Me miró a los ojos mientras me lo chupaba, lento, húmedo, con la lengua rozándome la cabeza. Me corrió un hilo de puro gusto por el pene. Le ordené: —Date vuelta.
Lo hizo. Se arrodilló frente a la cama, agarrándose de los barrotes, el culo en alto, la vulva ya brillante. Le separé las nalgas con las manos, la entraña oscura y húmeda, los labios abiertos, listos. Le metí dos dedos. Se arqueó. Gritó: —¡Joder, Marco… ya me estás metiendo!
No esperé. Le empujé el pito, ya duro como una roca, contra su entrada. La violé con amor. La follar como si no hubiera mañana. Cada embestida la hacía gritar, «¡sí, más fuerte!», «¡no pares!», «¡me la estás rompiendo!». Sentí su cuerpo apretarse, su vagina temblar, y cuando sentí que se me iba, la agarré del pelo y le exploté dentro, hondo, con ganas, con ansias de años. Me corrió en la garganta, en los ojos, en el alma. Me derrumbé encima de ella, sudado, temblando. Ella se volteó, me besó, y me dijo, con la voz rota: —Esto no se olvida, hermano. Esto es nuestra herencia.
Y sí. No se olvida.
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