La habitación de al lado

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El calor del verano se pegaba a la piel como una segunda ropa. En la casa vieja de la abuela, donde las ventanas crujían al abrirse y las paredes guardaban el eco de años sin contar, dos figuras se movían en silencio entre las sombras del pasillo. No había fiesta, no había música. Solo el murmullo distante del televisor encendido en la sala, y el abanico del techo girando con lentitud, como si el tiempo mismo se hubiera detenido.

Carla, de veintitrés años, se había quedado a dormir. Su hermano mayor, Diego, ya estaba allí desde hacía dos días. No era raro. Solían visitar juntos la casa familiar los fines de semana largos, sobre todo cuando el resto de la familia no estaba. Era un refugio, un espacio de intimidad donde nadie preguntaba, nadie juzgaba. Pero esa noche, algo era distinto.

Diego, de veintisiete, salió del baño con una toalla alrededor de la cintura. El agua aún brillaba en su pecho, y el vaho del baño se deslizaba tras él como un velo. Carla estaba sentada en el borde de su cama, en pijama corto, leyendo una novela que ya no le prestaba atención. Alzó la vista. Sus ojos se encontraron por un instante, y en ese instante pasó algo: una corriente.

—¿No tienes calor con eso puesto? —preguntó él, señalando su camiseta de tirantes y el short de algodón.

—Sí —respondió ella, sin apartar la mirada—. Pero no tengo otra ropa.

Él sonrió, apenas un leve movimiento de labios.

—Yo tampoco.

Se sentó en la cama de al lado. La habitación de al lado. La que siempre había estado allí, separada por una pared delgada, apenas un tabique de madera y yeso que no detenía los sonidos, ni los pensamientos.

Carla cerró el libro y lo dejó en el suelo. Se recostó despacio, mirando al techo. Diego no se movió. El silencio se llenó de respiraciones contenidas, de miradas que se cruzaban sin pedir permiso.

—¿Te acuerdas cuando éramos chicos y jugábamos a escondernos aquí? —dijo él, con voz baja.

—Claro —sonrió ella—. Me escondía en el armario y tú fingías no encontrarme.

—Y yo sabía exactamente dónde estabas.

—Lo sé.

Hubo otro silencio. Más denso. Más cálido.

Diego se levantó. Fue hacia la puerta, la cerró con llave. Luego regresó, despacio, sin apuro. Se sentó de nuevo, esta vez más cerca.

—¿Y si esta vez no fingiera? —preguntó.

Carla no respondió con palabras. Solo lo miró. Y en esa mirada, él vio lo que necesitaba ver.

Se acercó. Con una mano, le apartó un mechón de cabello del rostro. Ella no se movió. Él bajó los dedos hasta su cuello, luego a su hombro. La tela del tirante se deslizó con suavidad.

Carla cerró los ojos.

Él besó su hombro. Luego el cuello. Lento. Como si estuviera descubriendo algo que siempre había estado allí, pero que nunca había tenido permiso para tocar.

Las manos de ella subieron hasta su pecho, temblorosas al principio, luego seguras. Lo tocó como si lo hubiera soñado mil veces. Porque así era.

Diego la recostó con cuidado. Le quitó la camiseta sin prisa, como si cada movimiento fuera un pacto. Ella lo dejó hacer. Cuando sintió el aire en la piel, no tuvo frío. Solo deseo.

Sus pechos eran firmes, de piel suave, los pezones ya erguidos por la caricia del aire y la mirada de él. Diego bajó la boca lentamente. Besó uno con devoción, con hambre contenida. Carla contuvo un gemido.

—Diego… —dijo, apenas un susurro.

—Shhh… —respondió él, sin dejar de besarla—. Esto es real.

Ella asintió.

Él bajó las manos hasta el borde del short. Lo desabrochó. Lo deslizó por sus piernas. Quedó desnuda ante él, con la luz tenue del pasillo entrando por debajo de la puerta.

Diego se quitó la toalla. Su cuerpo era fuerte, marcado por el sol y el ejercicio. Carla lo miró con deseo abierto, sin vergüenza.

Se acostó sobre ella. No de golpe. Con cuidado. Con respeto. Sus pieles se encontraron por primera vez sin ropa, sin barreras. Fue como si algo en el mundo encajara.

Carla rodeó su cintura con las piernas. Lo atrajo.

Él buscó su entrada.

Entró despacio.

Un gemido salió de ambos al mismo tiempo. Como si el placer fuera compartido, como si el cuerpo de uno fuera un eco del otro.

Movió las caderas con lentitud, midiendo cada instante. Carla arqueó la espalda, buscando más profundidad.

—Más… —pidió.

Él obedeció.

El ritmo fue creciendo, pero sin prisa. Era como si supieran que tenían toda la noche. Como si el tiempo no existiera más allá de esa habitación.

Carla sentía cada roce, cada embestida, como si fuera la primera vez. Pero también como si fuera el cumplimiento de algo que llevaba años esperando.

Diego bajó la boca a su cuello, a sus pechos, a su boca. La besó con hambre, con ternura, con necesidad.

—Te amo —dijo, sin saber si era una confesión o una justificación.

—Lo sé —respondió ella—. Yo también.

No era un amor que podía decirse en voz alta fuera de allí. No era un amor que el mundo entendería. Pero allí, en la oscuridad, con sus cuerpos unidos, era real. Era suyo.

El clímax llegó como una ola. Carla se tensó, luego se deshizo en un gemido largo, profundo. Diego sintió cómo se estremecía, cómo lo apretaba, y no aguantó más. Se dejó ir dentro de ella, con un jadeo ronco, como si entregara algo más que placer.

Se quedaron quietos. Sudorosos. Abrazados.

Nadie habló. No hacía falta.

Fuera, el mundo seguía girando. La abuela dormía en su cuarto, ajena. El abanico seguía girando.

Pero allí, en esa habitación, todo había cambiado.

Diego se apartó con suavidad. Se acostó a su lado. Ella se acurrucó contra su pecho.

—Mañana —dijo ella—, todo será como antes.

—Sí —respondió él—. Pero esto pasó.

Y pasó.

No fue un error. No fue un desliz. Fue un acto consciente, deseado, consensuado. Entre dos adultos que se conocían desde siempre, que se habían visto crecer, que habían compartido juegos, secretos, y ahora, esto.

No había culpa. Solo conciencia.

Carla levantó la cabeza. Lo besó en los labios. Un beso corto, dulce.

—Gracias —dijo.

Él no respondió con palabras. Solo la abrazó más fuerte.

Y así se quedaron, hasta que el sueño los venció.

Al día siguiente, todo sería normal.

Pero esa noche, en la habitación de al lado, algo sagrado y prohibido se había cumplido. Con ternura. Con deseo. Con verdad.

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