La Fuerza del Cuerpo al Amanecer
6 minLa Fuerza del Cuerpo al Amanecer
La luz del sol aún no había roto el horizonte, pero en el dormitorio de Ana, el aire ya vibraba con el calor que no necesitaba del sol para existir. Lucas estaba tendido boca arriba, los músculos del pecho hundidos en el colchón, los pies descalzos apoyados en la sábana fría que se alzaba en picado por el peso de su cuerpo. Ana lo observaba desde la cama, sentada a su lado, con una taza de café humeante entre las manos. No decía nada. Solo lo miraba. Y él, aunque con los ojos cerrados, sentía esa mirada como una caricia lenta, que recorría desde la curva de su tobillo hasta la línea de su mandíbula, pasando por el vello húmedo en el pecho, por las cicatrices antiguas en las costillas, por el ombligo profundo que parecía una pequeña cueva.
—¿Todavía no duermes? —preguntó él, voz ronca, sin abrir los ojos.
—No. Estoy contigo.
Él abrió los párpados. La luz del amanecer se deslizaba por la ventana, dorada y tenue, bañando su rostro y el de ella en un tono cálido, casi sagrado. Ana se inclinó hacia adelante y colocó la taza en la mesita de noche. Su falda de seda negra se deslizó por sus muslos al moverse, dejando al descubierto la curva suave de sus rodillas, los elásticos de la lencería que contrastaban con la piel clara. Lucas se incorporó lentamente, con los codos apoyados en las rodillas, los hombros caídos, la espalda arqueada, mostrando la fuerza contenida de su cuerpo. Sus manos, grandes, nudosas, con venas marcadas como raíces bajo la piel, se posaron sobre las de ella cuando ella se acercó para sentarse entre sus piernas.
—Hoy no tienes prisa —dijo él.
—No. Hoy tengo todo el día.
Ella se inclinó y besó su ombligo. Él exhaló, un sonido bajo, gutural, que no era exactamente placer, sino una rendición anticipada. Ana se despojó de la falda y se quitó la camiseta con un movimiento seco, dejando al descubierto sus pechos pequeños pero firmes, con pezones oscuros y erectos, como dos nódulos de fuego en la penumbra. Lucas los tomó con las manos, los rodó suavemente entre sus dedos, los apretó con delicadeza, y luego los mordió uno por uno, con una presión que dolía pero que ella no evitó. Gimió, sí, un gemido breve, casi imperceptible, pero Lucas lo escuchó como un latido más en el silencio de la habitación.
Se separó un instante para desabrocharle la camisa, bajarle la cremallera del pantalón, y sacarle la ropa interior. Su pene emergió, pesado, tibio, con la punta húmeda y ligeramente roja, como si ya hubiera empezado a palpitar con anticipación. Ana no lo miró con apuro. Lo miró con curiosidad, como si lo descubriera cada vez por primera vez. Pasó el pulgar por el glande, rozó el prepucio, y luego, con una lentitud deliberada, lo envolvió en su puño y lo jaló hacia abajo, hasta que el pene se estiró completamente, brillante de preseminal.
—Dime qué sientes —susurró.
—Siento que me estás sacando de mí mismo —respondió él, con la respiración cortada.
Ella se levantó, se arrodilló frente a él, y se inclinó hacia adelante, hasta que su boca rozó el escroto, y luego, con la lengua, bajó por el surco del perineo, hasta tocar los testículos, que palpitaban bajo su contacto. Lucas cerró los ojos y apretó los dientes. Ana abrió la boca y lo tomó dentro. No de golpe. Primero la punta. Luego el glande, lento, hasta que su garganta se contrajo y lo aceptó todo, hasta la base. Lucas soltó un gruñido, agarró su cabello con fuerza, pero no para detenerla, sino para guiarla, para pedirle más. Ella se movió, subiendo y bajando, con un ritmo que no era mecánico, sino instintivo, como si su cuerpo supiera exactamente dónde estaba el punto más sensible, dónde el pene más se hinchara, dónde el deseo se volvía inevitable.
Cuando lo soltó, su pene colgaba, más grueso, más brillante, con gotas que escapaban de la uretra como lágrimas de fuego. Ana se inclinó, puso las manos sobre sus muslos y lo giró suavemente hacia ella, hasta que quedó acostado boca arriba, con las piernas abiertas. Ella se subió sobre él, con las rodillas a los lados de su cabeza, y se sentó sobre su erecto miembro, dejándolo entrar poco a poco, hasta que su cuerpo se hundió completamente en el suyo. Lucas exhaló un suspiro profundo, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante horas.
Ella se movió con lentitud, al principio apenas desplazando su pelvis, apenas rozando el pene dentro de su vagina. Lucas le tomó las caderas, los pulgares presionando el borde de sus huesos, y la miró fijamente a los ojos mientras ella subía y bajaba, con una cadencia que cada vez se hacía más rápida, más desesperada. Su vagina se cerraba alrededor de su pene, apretándolo, masajeándolo, chupándolo con cada movimiento. Lucas comenzó a empujar hacia arriba, con fuerza, hasta que su pubis rozaba el clítoris de ella, hinchado y sensible.
—Más —dijo ella, voz rota.
Él le tomó los pechos, los apretó, los mordió, y luego la levantó, la giró, y la puso boca abajo, con las rodillas dobladas, las caderas elevadas, el culo redondo y húmedo hacia él. Se colocó detrás de ella, sujetó sus caderas con fuerza, y se introdujo en su vagina con un solo impulso, hasta la base. Ana gritó, un grito agudo, desatado, que resonó en la habitación como una nota musical rota. Lucas comenzó a moverse, con golpes largos y profundos, cada uno de ellos hundiéndose hasta el fondo, arrancándole gemidos que no intentaba contener.
El sudor les perlaba la frente, el pecho, las axilas. El olor a sexo y a salitre les cubría la piel. Lucas, con una mano, le apartó el cabello de la nuca y lo mordió, no con crueldad, sino con posesividad. Ana se movía al unísono, empujando sus caderas hacia atrás, recibiendo cada embestida como si fuera una orden. Cuando Lucas sintió que el orgasmo se acercaba, que sus testículos se contraían y subían, que su pene se hinchaba como un nudo de fuego, la tomó por las caderas con más fuerza y se detuvo un instante, con el pene dentro de ella, y then empujó una última vez, profundamente, mientras le decía, voz quebrada:
—Me voy a correr dentro de ti. Quiero que lo sientas.
Ana no respondió con palabras. Solo asintió con la cabeza, y arqueó la espalda, mostrándole su cuerpo, su confianza, su entrega. Él comenzó a correrse, con golpes cortos y rápidos, vaciándose dentro de ella, sembrándola con su semilla, con su calor, con su poder. Ana lo siguió, un segundo después, con un grito ahogado en el colchón, su cuerpo estremeciéndose, su vagina contrayéndose en espasmos que chupaban el pene de Lucas, obligándolo a quedarse dentro, a no moverse, a dejar que todo se desbordara.
Cuando todo terminó, Lucas se retiró lentamente, y se dejó caer de lado. Ana se volvió hacia él, se acurrucó entre sus brazos, y él la abrazó con fuerza, como si temiera que desapareciera. Afuera, el sol ya había salido por completo, y la luz bañaba la habitación en dorado. No dijeron nada. Solo respiraban, juntos, con el cuerpo aún húmedo, el corazón latiendo al unísono, el cuerpo aún conectado por el calor que no había terminado de desvanecerse.
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