La fiesta en la casa del lago
7 minLa fiesta en la casa del lago
Nunca creí que llegaría a estar allí. No por el lugar —una casa moderna, de vidrio y madera, al borde del lago, rodeada de pinos que susurraban con el viento—, sino por lo que estaba por suceder. Yo, que siempre había sido tímido, reservado, casi escéptico ante todo lo que olía a exceso, me encontraba de pie en el umbral, con el corazón latiendo con fuerza pero con una sonrisa que no podía contener. Había aceptado la invitación sin pensar mucho, convencido de que era una broma. Pero no lo era.
La luz entraba por los grandes ventanales, dorada y cálida, iluminando el interior con una suavidad que parecía invitar a la intimidad. Ya había gente. Cinco personas, en total: tres mujeres y dos hombres. Nadie me miraba con hostilidad. Al contrario: todos tenían esa expresión serena, casi solemne, de quienes saben exactamente por qué están allí y qué esperan. La anfitriona, Camila, me saludó con una sonrisa que no era solo amable, sino casi cómplice. Camila era alta, de cabello oscuro recogido en un nudo bajo la nuca, piel olivárea y ojos que parecían tener su propia luz. Llevaba un vestido negro ajustado que dejaba al descubierto sus hombros y la curva de su espalda, y un collar de cuentas pequeñas que rozaba su clavícula mientras hablaba.
—Bienvenido —dijo, acercándose. Su voz era grave, pausada, como si cada palabra fuera una decisión consciente—. Te estaban esperando.
No pregunté quién me estaba esperando. Ya lo entendía por el modo en que sus ojos se posaron sobre mí, no con exigencia, pero sí con una certeza que me hizo sentir, por primera vez en años, deseable.
—¿Estás listo? —añadió, y me tendió la mano.
La tomé. Su piel era suave, tibia. Me guío hasta el centro de la sala, donde los demás ya se habían reagrupado en un círculo informal. Una de las mujeres —Lía— me sonrió con una intensidad que me hizo tragar saliva. Tenía el cabello rojo, despeinado de forma deliberada, y un tatuaje pequeño en el cuello que decía *confía*. Lía no usaba maquillaje, pero sus labios estaban brillantes, rojos como cerezas maduras. La otra mujer, Valeria, estaba sentada en un sillón bajo, con las piernas cruzadas y una copa de vino en la mano. Su mirada era más calculadora, observadora, como si me analizara en silencio desde antes de que yo hubiera cruzado la puerta. Valeria tenía el cuerpo esbelto, de músculos definidos por el yoga, y su voz, cuando habló por primera vez, era como una melodía grave: —Nos gustaría que te relajaras. Aquí no hay reglas, solo límites que respetamos.
Hubo un momento de silencio. No incómodo, sino esperanzador. Como si el aire mismo estuviera pendiente de lo que pasaría a continuación.
Camila se deslizó detrás de mí, y sus manos —delgadas, firmes— me desabrocharon la camisa, uno por uno, los botones. Sentí el frescor del aire al descubrir mi pecho, pero también el calor de sus dedos al rozarlos, una y otra vez, mientras los botones caían al suelo con un sonido casi inaudible. No era una presión, sino una invitación. Una promesa.
—¿Te gusta que te toquen así? —susurró al oído, y su respiración me erizó la piel.
No respondí con palabras. Asentí, apenas, y entonces ella me giró suavemente hacia el círculo.
Lía se acercó entonces. No con urgencia, sino con una lentitud deliberada, como si estuviera acostumbrada a medir el tiempo. Se detuvo frente a mí, me tomó la barbilla con delicadeza, y me obligó a mirarla. Sus ojos eran verdes, casi brillantes, y en ellos leí algo que no era deseo solo, sino reconocimiento.
—Eres hermoso cuando te dejas ver —dijo.
Y entonces me besó.
No fue un beso rápido ni casual. Fue profundo, lento, con una lengua que exploraba sin prisa, como si quisiera aprenderme. Sentí sus manos subir por mis brazos, luego por mi cuello, y cuando sus dedos se hundieron en mi cabello, supe que ya no había vuelta atrás. Camila, mientras tanto, me desabrochaba los pantalones, ayudándome a quitármelos sin perder el ritmo de lo que sucedía frente a mí.
Valeria se puso de pie. Caminó hacia mí con los ojos fijos en los míos, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, me llevó la mano a su pecho. Sus mamas eran firmes, redondas, con pezones oscuros y hinchados por la excitación. Sentí el latido de su corazón bajo la palma, y cuando la presioné con suavidad, ella exhaló un suspiro largo, casi doloroso.
—Sí —dijo—. Hazlo.
Y yo lo hice. Con la mano, con la boca, con los ojos. Con todo.
Más tarde, todos estaban en el suelo, sobre una manta gruesa y oscura, rodeados de velas que habían encendido sin que yo me diera cuenta. Camila estaba entre mis piernas, con su vestido subido hasta la cintura, y su entrepierna era una línea oscura, húmeda, con labios que se abrían al ritmo de su respiración. Lía la observaba, y cuando Camila me tomó en la boca, yo cerré los ojos y dejé que el calor me dominara.
Valeria se acercó por detrás, y sus dedos separaron mis nalgas con una ternura que me hizo temblar. Sentí su aliento en el perineo, luego un beso en la base de mi columna, y luego —suave, lento— la punta de su lengua rozando mi ano. No era invasión, sino exploración. Una advertencia silenciosa de lo que podría venir.
—Estás tenso —dijo ella, y su voz era un murmullo.
—Sí —confesé.
—Entonces déjate llevar —respondió Camila, sin soltarme.
Y así lo hice.
Lía se puso de rodillas frente a Camila y comenzó a besarla, primero en los pechos, luego en el vientre, hasta que su rostro quedó entre los muslos de Camila. Valeria me rozó el pene con los labios, y yo arqueé la espalda, con los dedos hundidos en la manta. Sentí que el momento se estiraba, se hacía infinito: Camila con la lengua dentro de Lía, Lía con las manos en las caderas de Camila, Valeria con la boca abierta, esperando, y yo, temblando, en el centro, como un eje que gira sin control.
Fue Valeria quien me tomó por primera vez. Se colocó sobre mí, con las rodillas a los lados de mi cadera, y bajó lentamente hasta que su cuerpo se unió al mío. Su respiración era entrecortada, y sus ojos estaban cerrados, como si estuviera escuchando algo que solo ella podía oír. Sentí cómo su interior me abrazaba, cálido, húmedo, perfecto. No hubo empuje brusco. Solo una presión constante, un movimiento lento, como si el tiempo estuviera hecho de aceite.
Camila y Lía, mientras tanto, se habían unido: Lía con las piernas abiertas, Camila entre ellas, entrando en ella con una lentitud que hacía temblar a ambas. Las oí gemir al unísono, una mezcla de sonidos guturales y susurros, como si estuvieran rezando. Valeria se inclinó sobre mí, y sus pechos rozaron mi pecho mientras me besaba en el cuello. Sentí su lengua recorriendo la línea de mi mandíbula, luego mi oreja, luego mi cuello, y cuando mordió con suavidad, yo le agarré la cintura con fuerza.
—Más —dije.
Y lo hizo.
El ritmo aumentó, pero no la ternura. Al contrario: cada golpe de cadera parecía una disculpa por el deseo que sentíamos. Camila se incorporó de golpe, y Lía la tomó del pelo, tirando con suavidad para que su cabeza se inclinara hacia atrás. Valeria y yo seguimos moviéndonos, pero ahora con los ojos abiertos, mirándonos, como si quisieramos guardar cada expresión, cada contracción, cada lágrima que no era de tristeza.
Fue Lía quien vino primero, con un grito ahogado que sonó como una risa. Camila la siguió segundos después, agarrando su muslo con fuerza, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Valeria y yo llegamos juntos, cuando ella se inclinó sobre mí y me besó con una urgencia que no tenía nada de sentimental, pero todo de verdad.
No hablamos después.
Nos quedamos allí, en la manta, los cuerpos entrelazados, sudorosos y cansados, mientras la luz del lago comenzaba a filtrarse por las ventanas, teñida de amanecer. Nadie dijo nada. Nadie lo necesitaba.
Porque en ese silencio, en ese calor compartido, había algo más que sexo: había una especie de perdón. Perdón por haber estado solos, por haber dudado, por haber temido lo que no se había probado
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Me gustan las noches largas y lo que se esconde en ellas. Dominación, control y esa tensión elegante de quien sabe lo que quiere.