La fiesta en casa de los vecinos
Yo nunca pensé que algo así me pasaría a mí, la verdad. Siempre he sido más bien de amores tranquilos, de miradas largas y caricias a escondidas, no de esas cosas fuertes que uno ve en películas o que se cuentan en voz baja en las fiestas. Pero la vida, como dice mi mamá, te da sorpresas cuando menos te las esperas. Y esta fue de esas que te cambian el pulso, el aliento y hasta el color del alma.
Todo empezó con una invitación. Nada del otro mundo: “Fiesta en casa, sábado, sin pretensiones, traigan ganas de pasarlo bien”. La enviaron los vecinos nuevos, los que se mudaron hace como tres meses al apartamento de al lado. Él se llama Andrés, es arquitecto, alto, bien parecido, con una sonrisa que te quita el aliento. Ella es Valeria, bajita, morena, con un culo que parece hecho a mano y unos ojos que te miran como si ya supieran tus secretos. Desde que llegaron, hubo algo… raro, pero bonito, entre nosotros. Como una complicidad sin palabras, como si los tres supiéramos que algo iba a pasar, pero nadie se atrevía a decirlo.
Esa noche, me puse un vestido negro, corto, ajustado, de esos que te quedan como segunda piel. Me pinté los labios de rojo oscuro y me recogí el pelo en un moño despeinado, como si no me hubiera esforzado mucho, aunque en realidad me había demorado una hora decidiéndome. Cuando toqué a su puerta, Valeria me abrió con una copa en la mano y una sonrisa pícara.
—¡Ay, Fernanda! Pasá, hija, pasá. Estábamos esperando por ti —dijo, y me dio un beso en la mejilla que me encendió la piel.
Andrés estaba en la cocina, sirviéndose un trago. Llevaba una camisa abierta hasta el tercer botón, y se notaba el vello del pecho, oscuro, sedoso. Me miró de arriba abajo sin disimular.
—Coño, Fernanda, te pusiste para matar —dijo, y me pasó una copa de vino tinto—. Brindemos por lo que venga.
Y ahí empezó todo. No hubo discursos, ni juegos raros, ni miradas forzadas. Fue como si el aire mismo se hubiera puesto más espeso, más caliente. Nos sentamos en el sofá, los tres juntos, y empezamos a hablar de cosas sin importancia: del barrio, de la comida, de unas vacaciones que habían planeado. Pero las manos… las manos ya andaban sueltas. Primero fue un roce de pierna contra pierna. Luego, Valeria, sin decir nada, puso su mano sobre mi rodilla. Y yo, en vez de retirarla, me abrí un poco más, como si mi cuerpo ya supiera lo que venía.
Entonces ella se acercó y me besó.
No fue un beso de amiga, ni de vecina amable. Fue un beso hondo, con lengua, con ganas, con sazón. Me agarró la nuca y me metió la lengua como si me conociera desde siempre. Yo, que nunca había besado a una mujer con esa intensidad, me quedé sin aire, pero no quise parar. Sentí la mano de Andrés en mi espalda, bajando, acariciando mi culo por encima del vestido.
—¿Te gusta? —me preguntó al oído, mientras Valeria seguía devorándome la boca.
Yo asentí, con los ojos cerrados, el corazón a mil.
—Sí… sí me gusta —dije, casi en un susurro.
Y entonces pasó lo que tenía que pasar. Valeria se puso de pie, se quitó el vestido con un solo movimiento y quedó en ropa interior: un brasier negro y unas bragas pequeñas, de encaje. Tenía los pezones parados, duros, y el vientre liso, con ese hoyuelo en el ombligo que da ganas de mordisquearlo. Se sentó en la mesa de centro, se abrió las piernas y dijo:
—¿Quién quiere probar?
Andrés no lo pensó dos veces. Se arrodilló frente a ella y le bajó las bragas con los dientes. Yo me quedé viendo, con la respiración entrecortada, mientras él empezaba a chuparle el coño como si fuera un manjar. Yo nunca había visto algo así en vivo, y menos con alguien que conocía. Pero no sentí asco, ni vergüenza. Sentí… deseo. Un calor que me subía desde el bajo vientre hasta la garganta.
—Ven, Fernanda —me llamó Valeria—. Acércate. No te quedes ahí como turista.
Me paré, temblando un poco, y me quité el vestido. Quedé solo con el brasier y las bragas. Andrés me miró con los ojos brillantes.
—Coño, qué ricura —dijo—. ¿Puedo?
Asentí. Él se levantó, me tomó de la cintura y me besó. Sentí su lengua, su aliento, su pito ya duro contra mi pierna. Mientras me besaba, me desabrochó el brasier y me tomó los senos con las manos. Me acarició los pezones con los pulgares, y yo gemí. Valeria se acercó por detrás, me abrazó, me besó el cuello, me mordió el hombro.
—Eres un manjar, Fernanda —me dijo al oído—. Rico, rico.
Entonces me bajó las bragas despacio, con cuidado, como si fuera algo sagrado. Y allí, en medio de la sala, con la música de fondo y las luces bajas, me quedé desnuda entre ellos dos. Andrés se quitó la ropa rápido, sin ceremonias. Su pito era grande, grueso, con una venita azul que recorría un lado. Valeria lo tomó con la mano y lo acarició un momento, antes de arrodillarse y empezar a mamárselo.
Yo no podía creer lo que veía. Estaba allí, desnuda, viendo a mi vecina chuparle el pito a su marido, mientras yo sentía el calor de su cuerpo contra mi espalda. Entonces Valeria me miró, con el pito de Andrés en la boca, y me hizo una seña con la cabeza para que me acercara.
—Ven, mi amor —dijo, cuando se lo sacó un momento—. Quiero que lo sientas también.
Me acerqué, temblando, y me arrodillé a su lado. Ella tomó mi mano y la puso sobre el pito de Andrés. Estaba caliente, duro, palpitante. Entonces, sin pedir permiso, abrí la boca y lo metí. Era grande, y al principio me costó, pero poco a poco fui acostumbrándome. Lo chupé mientras Andrés gemía, mientras Valeria me acariciaba el pelo y me besaba el cuello.
—Así, mi vida, así —me decía—. Chúpalo rico.
Después de un rato, Andrés nos pidió que nos acostáramos en el sofá. Él se puso detrás de mí, me abrió las piernas y me metió un dedo en el coño. Yo estaba mojada, muy mojada, como si mi cuerpo hubiera estado esperando esto toda la vida. Valeria se acostó frente a mí, y yo empecé a chuparle los senos, a morderle los pezones, a lamerle el cuello.
—Quiero probar tu coño —le dije, con la voz entrecortada.
Ella sonrió y se abrió más. Yo bajé, besé su monte, su clítoris, y empecé a chuparla. Tenía un sabor dulce, salado, rico. Mientras yo la comía, sentía el dedo de Andrés moviéndose dentro de mí, y luego, poco a poco, lo sentí: su pito entrando.
Entró despacio, con cuidado, como si supiera que era la primera vez que lo hacía así. Pero una vez estuvo adentro, empezó a moverse. Yo gemía, con la boca llena del coño de Valeria, mientras él me penetraba por detrás. Ella gritaba, se retorcía, me agarraba del pelo.
—¡Sí, mi vida, así! —gritaba.
Y entonces, sin que nadie lo dijera, todos supimos lo que iba a pasar. Andrés me sacó el pito y me pidió que me diera vuelta. Me acosté de espaldas, con las piernas abiertas, y él volvió a entrar. Valeria se subió sobre mi cara, y yo seguí comiéndoselo, mientras él me penetraba con fuerza. Sentía el pito de Andrés, el coño de Valeria, sus manos en mis senos, sus besos en mi cuello.
—Voy a venirme —dijo Andrés, con la voz ronca.
Y yo, sin parar de chupar a Valeria, le dije:
—Hazlo dentro.
Entonces él se corrió dentro de mí, con fuerza, con ganas, y yo sentí el calor, el líquido, todo. Pero no se salió. Siguió moviéndose, mientras yo seguía comiendo a Valeria, hasta que ella también se vino, gritando, temblando, con los dedos clavados en mis hombros.
Después, nos quedamos así, sudados, respirando fuerte, abrazados en el sofá. Nadie dijo nada. No hacía falta. Solo nos miramos, sonreímos, y nos besamos, despacio, como si acabáramos de descubrirnos.
—¿Y esto… se repite? —pregunté, medio en broma, medio en serio.
Valeria me acarició la cara y dijo:
—Cuando quieras, mi vida. Cuando quieras.
Y yo supe, en ese momento, que no había vuelta atrás. Que algo se había encendido en mí, algo que no se apaga así no más. Que ya no soy la misma Fernanda de antes. Que ahora soy otra, más libre, más completa, más… feliz.
Porque no hay nada más rico que sentirse deseada, tocada, amada por más de una persona al mismo tiempo. No hay nada más íntimo que compartir tu cuerpo, tu piel, tu sudor con alguien que te mira como si fueras lo más bello del mundo.
Y si eso es pecado, entonces que me condenen mil veces. Porque yo quiero más. Quiero otra fiesta. Otra noche. Otra vez.
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